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Emulando al hijo pródigo (II)
Ángel Sáez
POR JESÚS ARTEAGA ROMERO
(Sigue el de ayer.)
¿Y qué come nuestra joven que trabaja todo el día
con los perros de su dueña y sufriendo perrerías?
La señora le da orden de comer al fin del día,
cuando todo es un silencio sin la luz que el sol ponía…
Y lo que es comer, comer, una vez sólo por día;
y las sobras que los perros en sus tazas dejarían,
o también lo que tiraban con sus morros y patitas,
y quedaba allá en el suelo con su salsa y sus pajitas.
Mas la joven reacciona con urgencia y valentía.
Es preciso liberarse de una dueña tan nociva
y volver hacia su casa; que aunque no es su casa rica,
ella tiene allí el amor, el cariño y las caricias
de unos padres que en lo alto de una loma que allí había,
esperaban con confianza que algún día volvería.
Y a lo lejos ven que viene y qué grande es su alegría
viendo ya cerca de casa a la joven que era su hija.
Y les pide mil perdones a sus pies y de rodillas.
Mas lo padres no permiten ver a su hija compungida;
y la cogen con sus brazos, y la abrazan y acarician
porque ya tienen en casa a su hija que está viva.
La parábola se acaba y en la abuela no hay sonrisas;
la experiencia ha sido triste y está triste la cajita
que no ríe las miserias que pasó siendo mocita…
La sonrisa de la abuela, esta vez entumecida,
no regala a los curiosos ni la más pequeña risa…
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