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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group   -   Sección:   Opinión

Tank, el perro consumado

Ruth Marcus
Ruth Marcus
miércoles, 20 de mayo de 2009, 11:15 h (CET)
El perro se comió mi columna.

No literalmente, aunque solo Dios sabe si también lo habrá hecho. Sus gustos no son deliciosamente selectivos, pero sí tiene un hondo aprecio a la prensa.

No, el perro se comió mi columna metafóricamente. Ha reducido mis horas de sueño, mi tiempo de lectura de la prensa y exigido atención incondicional desde que llegara hace dos semanas.

Lo adoro. También mis hijos. También -- o por lo menos le escuché tararear el otro día -- mi marido, lo que es bastante asombroso dadas las circunstancias de llegada del perro, que trataré más adelante.

Debería estar escribiendo una columna sobre esos memorandos Rumsfeld "Adelante, soldados cristianos" espeluznantemente manipuladores. ¡Hablando del líder de la jauría! O la paradoja de Nancy Pelosi. ¿Cómo puede haber tropezado tan gravemente en el tema de la asfixia simulada la presidenta de la Cámara más poderosa en décadas? ¿Está librando algún diestro pulso para iniciados entre bambalinas pero uno desastroso en el escenario? No lo sé -- estoy demasiado ocupada vigilando que nuestro inquilino más reciente de cuatro patas no tenga que salir.

Esta aventura comenzó, igual que tantas cosas últimamente, en Internet. Yo era una madre de mediana edad felizmente casada con dos hijos cuando me aventuré en los anuncios por palabras de la red… para los perros. Estaba yo ociosa navegando por una página que enumeraba los perros disponibles en adopción en las perreras locales cuando me topé con Tank, una bola de algodón blanca y negra que es mitad caniche miniatura y mitad algo mucho más grandes. (Pregúnteme después de hacerle la ficha al perro.)

Hice el viaje de ida y vuelta de dos horas para verlo, después recogí a mis hijas del colegio para volverlo a visitar. Fue amor al primer mordisco -- primer pellizco en realidad.

Había un obstáculo importante: mi marido, que había decretado previamente que absolutamente, positivamente, bajo ninguna circunstancia podíamos tener perro. Mi trabajo es exigente; el suyo más. Las niñas prometieron hacer todo el trabajo. Ya. ¿Van a recoger la porquería del perro si no podemos conseguir que recojan su ropa?

Espeté la pregunta del perro después de que mi hermano comprara a Pimienta el beagle, y los Obama adquirieran a Bo el perro de aguas. Empezaba a captar el mensaje: La postura de mi marido con los perros no era ahora, era nunca.

Ninguno de nosotros crecimos con perro, pero sabía que necesitábamos uno. Teníamos demasiado de todo en nuestras vidas -- a excepción del tipo incondicional de amor que puede proporcionar un perro.

No voy a entrar en detalles, pero digamos solo que Tank llegó como una especie de (BEG ITAL)perro consumado(END ITAL). Cuando un perro irresistible se topa con un padre inflexible, ya se sabe quien cede. También quién va a recoger la porquería.

La mañana después de llegar el perro, Jon decía no poder creer que yo fuera tan cruel como para no dejarle subir a la cama -- al perro, no a él. No lo soy. Ese decreto duró cerca de 36 horas. (¿Ha oído hablar del Encantador de Perros? Soy yo -- en cuanto el perro encanta, renuncio. Lo sé, lo sé. Se supone que soy la líder de la manada.)

Tank -- conservamos el nombre de la perrera, incluso si, como precisó mi madre, suena a hijo de Sarah Palin -- ha transformado nuestras vidas, y no solo porque nuestro nuevo estilo de decoración interior incluye poner todas las papeleras en las mesas o encima de las encimeras.

Estamos en el ordenador -- en los cuatro separados -- menos. Rodamos más por el suelo del salón. Hablamos con los vecinos, no sólo agitamos la mano del coche a la fachada. Estamos en el patio, tirando el disco a Tank para que lo coja o, en el caso de Jon, corriendo a su lado; Tank, habiendo tenido el placer de acompañarlo en esta misión, ahora se niega a trasladarse hasta que Jon se levanta. El inteligente perro claramente ha distinguido entre “señora sedentaria que me da de comer” y “tío divertido que corre.”

Y somos más felices. Más cansados -- Jon dice haberme encontrado tumbada en el suelo del dormitorio junto al cajón de Tank, con las luces encendidas -- pero más felices. Cada mañana, llevamos a Tank al dormitorio de Julia para despertarla, y es una experiencia distinta al mal despertar general. Si hubiera sabido que lamer la cara era una técnica de despertador tan eficaz, lo habría hecho todos estos años.

Tras dos semanas de propiedad canina, tengo que decir que Jon estaba en lo cierto: nuestras vidas son demasiado tensas y desquiciadas para tener un perro. Pensándolo mejor, son demasiado tensas y desquiciadas para no tenerlo.

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Diario SIGLO XXI dispone de los derechos de publicación en exclusiva para medios digitales españoles de este y muchos otros columnistas del Washington Post Writers Group.

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