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Etiquetas:   Momento de reflexión   -   Sección:   Opinión

Vida biotecnológica

Octavi Pereña
Octavi Pereña
miércoles, 20 de mayo de 2009, 11:05 h (CET)
La evolución de las biotecnologías, dicen, pondrán a “la muerte en peligro de muerte”. Pronto se doblará la esperanza de vida que había a principios del siglo XX. Apoyándose en la esperanza que proporciona las células madre, la criogènia, el trasplante de órganos y otros avances médicos, algunos anuncian la muerte de la muerte. ¿Debemos alegrarnos de esta victoria a la vista?

Vivimos en el mundo de las cremas anti envejecimiento, de las píldoras para adelgazar, de los cosméticos para hombres canosos, de los yogures vigorizantes. En definitiva, vivimos en un mundo en el que no cesa de alargarse la esperanza de vida. De la misma manera que Barack Obama es una esperanza de regeneración política para Estados Unidos, los cambios en medicina nos adentran en una época en que educamos a los niños como si fuesen inmortales, haciendo que ignoren su mortalidad. Esto los introduce en un mundo fantástico que los perjudica más que beneficiarlos, porque les inyectamos una esperanza de vida inexistente. La regeneración física que se inicia con los cosméticos nos conduce a ver como se multiplican “generaciones de niños con cabellos grises”. También es espantoso ver como se diseña un futuro de generaciones de viejos con caras y cuerpos juveniles.

Finalizada la conversación que Dios mantuvo con Adán y Eva después de su desobediencia, dijo el Señor: “He aquí el hombre es como uno de nosotros, sabiendo el bien y el mal, ahora pues, que no alargue su mano y tome también del árbol de la vida, y coma y viva para siempre” (Génesis,3:22). Dios, que conoce lo que más nos conviene no cree oportuno que seamos inmortales en las condiciones morales adquiridas en la Caída. ¿Qué sentido tiene vivir eternamente en la condición de pecadores que tantos sufrimientos nos ocasiona? Por esto es que no permite que nuestros primeros padres coman el fruto del árbol de la vida.

Expulsados del jardín de Edén, el hombre “y vivió entre querubines al oriente del jardín de Edén y un fuego intenso a shekina guardaba el camino del árbol de la vida” (Génesis,3:24). Por el contexto inmediato y por el papel que jugaron los querubines en el tabernáculo en el desierto y posteriormente en el templo de Jerusalén, se deduce que Dios levantó un altar en donde el hombre pudiese ofrecer las víctimas, la sangre de las cuales, simbólicamente purificaba los pecados.

Ni tan siquiera los creyentes que en Cristo se nos han perdonado los pecados y recibido la vida eterna, deseamos la inmortalidad física en las actuales condiciones, ello nos mantendría indefinidamente en un estado de imperfección nada deseable. Al final del tiempo, en el día de la resurrección, cuando Cristo venga a buscarnos, y el cuerpo perecedero sea revestido de inmortalidad e incorruptibilidad y el pecado sea extirpado del todo, entonces el creyente en Cristo accederá en la Jerusalén celestial, donde “en medio de la calle de la ciudad, y a uno y otro lado del río, estaba el árbol de la vida que produce doce frutos, dando cada mes su fruto, y las hojas del árbol eran para sanidad de las naciones. “(Apocalipsis,22:2). El paraíso terrenal perdido en Adán se recupera en la eternidad, para no volverlo a perder, gracias a la victoria de Cristo sobre el pecado en el Gólgota.

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