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Etiquetas:   Botella al mar   -   Sección:  

Envejecer es como escalar una gran montaña

Fernando Mendikoa
Fernando Mendikoa
miércoles, 20 de mayo de 2009, 09:02 h (CET)
Hay deportes y deportistas que me asombran profundamente, y a los que reservo, precisamente por ello, un gran respeto y admiración. Sin entrar a juzgar en qué categoría o nivel le corresponde estar a cada uno, y cuál de ellos es más meritorio, digno de elogio o de medallas (entre otras cosas, porque siempre he pensado que los rankings únicamente sirven para que no olvidemos que vivimos en un mundo donde todo debe pertenecer a una determinada jerarquía: también nosotros mismos, por supuesto), sí creo que hay gestas que merecen un capítulo aparte, y que deben ser reconocidas en justa proporción.

Y ese debe ser, entiendo, el caso de la ascensión al Kangchenjunga (8.598 metros) por parte de la expedición de la que forma parte la única mujer con doce ochomiles a sus espaldas, Edurne Pasaban, rompiendo además así el empate que mantenía con la italiana Nives Meroi y la austríaca Gerlinde Kalterbrunner (aunque la centroeuropea busca igualar esa cifra en el Lhotse). Para completar las catorce cimas que en nuestro planeta superan los 8.000 metros de altitud, a la alpinista guipuzcoana le restan tan sólo dos: el Shisha Pangma (ascensión que intentó sin éxito el año pasado) y el Annapurna (primer ochomil en ser coronado, allá por 1950). Edurne ha reconocido que “ha sido otro K2”, ya que hicieron asimismo cima de noche, y también por la dureza de la ascensión. En aquella ocasión, el descenso fue particularmente dramático, y tanto ella como Juanito Oiarzábal sufrieron la amputación de varios dedos, debido a congelaciones. Una cima que hollaba por primera vez el italiano Achille Compagnoni en 1954, y que la pasada semana fallecía a los 94 años de edad.

Pero el K2 guarda una particular maldición para las mujeres que lo ascienden. La polaca Wanda Rutkiewicz (aunque su localidad natal, Plungiany, pertenece ahora a Lituania, por esos criminales caprichos de las guerras) fue la primera mujer en coronar dicha cima en 1986. Este auténtico mito del alpinismo (con sus ocho ascensiones por encima de los 8.000 metros), así como las siguientes mujeres que lograron ese mismo objetivo de ascender el K2, murieron: la francesa Chantal Maudit y la propia Rutkiewicz en el ascenso a otros ochomiles (Chantal falleció en el Dhaulagiri, mientras que Wanda fallecía hace ahora 17 años, y curiosamente en ese mismo Kangchenjunga que el lunes coronaba Edurne Pasaban).

Otras alpinistas perderían asimismo la vida en el K2, una vez coronado (o bien tras renunciar al intento de hacer cumbre), y debido a avalanchas, congelaciones o caídas al vacío. Fueron los casos de las polacas Halina Kruger y Dobroslawa Wolf, y de las británicas Julie Tullis y Alison Hargreaves, así como de la francesa Liliane Barrard, quien formó parte de la expedición de 1986, y que hizo cumbre tan sólo horas después de Rutkiewicz: sin embargo, en el descenso le aguardaba la muerte, al caer junto a su marido por un precipicio. Edurne Pasaban sufrió igualmente los rigores de la considerada como la montaña más complicada de hollar (por su extrema y cambiante climatología), al sufrir amputaciones parciales en dos dedos de sus pies. Tras ella, la italiana Nives Meroi y la japonesa Yuka Komatsu parecen asimismo haber roto el maleficio.

Edurne comenzó joven. Con 16 años asciende el Mont Blanc (4.810 metros), el Cervino (4.478) y el Mont Rosa (4.614), todos ellos en los Alpes. Un año después, hace cumbre en el Chimborazo (6.310 m.), en Ecuador, añadiendo otras cinco ascensiones en los Andes por encima de los 5.000 metros. Y en 2001 se hacía ya con su primer ochomil, y no precisamente uno cualquiera. La tolosarra quiso comenzar por todo lo alto (y nunca mejor dicho), y se apuntó el Everest, el techo del mundo con sus 8.848 metros. A partir de ahí, Makalu y Cho Oyu en 2002; Lhotse, Gasherbrum II y Gasherbrum I en 2003; K2 en 2004; Nanga Parbat en 2005; Broad Peak en 2007; Dhaulagiri y Manaslu en 2008; y Kangchenjunga el pasado lunes. Shisha Parna y Annapurna saben ya que no podrán resistir mucho más la perseverancia y el coraje de Edurne Pasaban, convertida ya en una leyenda viva del alpinismo a nivel mundial. Y es que, como decía el guionista argentino Aldo Cammarota, “cuando una mujer se rinde, es porque ha vencido”.

Quizá haya quien incluso niegue la mayor, y ni siquiera admita que ascender una montaña merezca entrar en la categoría de deporte, sino en otra cosa. Y, seguramente, alguien que piense así añadiría que los que se meten (por su cuenta y riesgo, además) en peligros del todo innecesarios es porque no tienen nada mejor que hacer en la vida, y quizá también porque están un poco chalados. Vamos que, pudiendo caminar esos mismos ocho kilómetros en horizontal, no entienden esa enfermiza obsesión de hacerlo en vertical. Rebatir pensamientos propios es siempre complicado, pero sobre todo es estéril. Ni Edurne (ni tantos y tantas como ella) pretenderán nunca convencer a nadie de lo que significa formar parte de la Naturaleza (y de la manera más ancestral y virgen posible), ni los demás impedirán que lo sigan haciendo, incluso jugándose (como se juegan en cada envite) la propia vida.

Porque, en efecto, es su propia vida; y, precisamente por eso, sólo a ellos les pertenece, y a partir de ahí pueden hacer con ella lo que crean más oportuno y les dé la real gana. Y mientras puedan seguir haciendo lo que tanto aman, verán cada vez más cercanas las palabras que en su día pronunciara el gran Ingmar Bergman: “Envejecer es como escalar una gran montaña: mientras se sube, las fuerzas disminuyen; pero la mirada es más libre, y la vista más amplia y serena”. Los hay que envejecen escalando montañas, y lo hacen con una mirada más libre y una vista más amplia y serena. Y los hay que, simplemente, envejecen.

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