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Emulando al hijo pródigo (I)
Ángel Sáez
POR JESÚS ARTEAGA ROMERO
Sentadita, como siempre, aparece la ancianita
en la esquina de su calle absorbiéndose la brisa
que los vientos le regalan
esperando su sonrisa…
Y recuerda una aventura que vivió de mayorcita;
era ya mayor de edad, pues dieciocho años tenía…
La parábola de un hijo que a su padre le pedía
esa parte de la herencia que sólo a él pertenecía,
le sugiere a ella la idea de marchar de casa un día…
No pidió a su padre nada porque en casa nada había.
Y la pobre se nos marcha sin saber ni a dónde iba;
pero empieza la aventura que muy mal acabaría…
Atraviesa varios pueblos aceptando la comida
que ofrecíale la gente por la pena que sentían,
viendo pobre y desdichada y con cara de mendiga,
a una joven condenada, para siempre y de por vida,
a vivir en la miseria por marchar de casa un día…
Y las horas van pasando y pasando van los días;
y se pasan las semanas sin la luz de cada día…
La experiencia es muy amarga y peor lo que aún vendría:
Una dueña de un palacio ser su sierva le ofrecía
y la joven lo aceptaba. ¡Qué remedio!, se decía.
Le encargó cuidar los perros y limpiar la perrería
siete veces por semana y dos veces cada día…
Y la joven, impotente, tal labor rechazaría,
mas para ella era imposible por el miedo que tenía
a la eterna represalia de la dueña que gruñía,
hasta incluso haciendo bien el trabajo que tenía.
Le obligaba a que a los perros repartiera su comida:
Una vez, por la mañana; otra, luego, al mediodía;
la tercera por la tarde y la cuarta al fin del día.
¿Cuándo come nuestra joven, ya criada y no mendiga?
Cuando estén todos sus perros cada cual en su cunita
y con todo preparado por si alguno pis se hacía;
y si alguno hiciera caca, ella todo limpiaría…
(Continuará mañana.)
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