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Objetivo: guerra a la familia y la vida

Ángel Ruiz Cediel
Redacción
lunes, 18 de mayo de 2009, 09:45 h (CET)
“Alcanzados los últimos objetivos, la liquidación del tejido industrial ha finalizado y la sociedad especulativa ha sido instaurada. Esta guerra ha terminado: se declara la ídem contra la familia y la vida.” Parodiando la declaración del fin de la Guerra Civil por parte del Estado Mayor franquista, ésta muy bien podría ser la declaración actual del Gobierno y el Partido Socialista; “Guerra a muerte a la odiosa familia, guerra a la vida: ¡Viva la muerte!”, el corolario, haciéndolo ahora de la de Millán-Astray.

Queda claro, a tenor de lo que se ve en las bancadas azules del Parlamento y de su partido, que a pesar de los carísimos trajes de diseño de las féminas gobernantas no abunda la belleza (para ver alguna habría que desviar la mirada al ala derecha del hemiciclo) ni siquiera el talento, pero aun suponiendo que no desearan éstas que se replique una nueva generación que porte en sus genes horripilancia semejante, nunca creí que les fuera necesario establecer como remedio el aborto. Sin embargo, algo personal debe tener este partido y estas personas contra la familia (¿debería añadir aquí el calificativo heterosexual?) en particular y contra la vida en general; algo, sí, porque parecen embarcad@s en una cruzada para extinguirla a como dé lugar. ¿Será que tuvieron infancias traumáticas y que Dios —o Marx— los crea y ellos se juntan?..., ¿será que les alicataron de collejas el occipucio en el cole y odian a la infancia y a quienes la procrean?... Pues no se sabe, pero ahí tiene usted los incontestables hechos, póngalos en fila, y ya me dirá si esto no es una guerra en toda regla para liquidarla, finiquitarla, extinguirla.

Nunca tuve nada contra quienes profesaban la tendencia sexual que su cuerpo les exigiera, siempre que no forzaran a nadie —tampoco, es cierto, preguntaba u ell@s ostentaban—, pero desde que les han colocado en puestos de competencia alternativa, y hasta da la impresión de que de predominancia sobre la heterosexualidad ya que están l@s más amanerad@s en todos los púlpitos sociales, qué quiere que le diga, como que me resultan muy pastos@s y antipátic@s, además de que no veo por qué ponerlos a competir con la familia (matrimonio) si era de todo punto innecesario. Lo cierto es que no pueden reproducirse per se, salvo que recurran al tupperware o al embarazo antinatural. En cualquiera de ambos casos, sean ellos, ellas, ell@s, la familia tradicional da con esto un vuelco y se funde el concepto en un algo aberrante. ¿Para qué reinventar lo que Dios o la Naturaleza ya había inventado, torciéndolo?... Listos son un montón, de eso no tengo duda, y son más que capaces, ahí están los hechos, de enmendar la plana a la Naturaleza, a Dios y al Santo Misterio. ¡Pues faltaría más! Un logro, en fin.

Que el aborto por causas extremas siempre ha existido, si bien nunca fue preciso legislarlo, es algo que queda más que claro y para corroborarlo basta con leer un poco de Historia, aunque canse. La legislación, en consecuencia, es sólo un artificio para la legalización de lo que muchísimos, casi todos los racionales, consideramos un simple asesinato, un pacto de sangre entre las hijas de Lilith que odian a la especie humana y las inocentes hijas de Eva que, en su inocencia, caen de su lado, forzándolas como en las dictaduras más tétricas al silencio, si no a la colaboración activa en esta aberración. Lógico que para evitar embarazos indeseados (criminal eufemismo políticamente correcto que justifica la barbarie que viene enjaretada: el aborto) bastaría con promover la abstinencia o, en su caso, la sexualidad muy responsable (las consecuencias probables lo son) y no este desmadre de darle a base de bien al gustirrinín con quien sea y como sea (así está el SIDA como está, y no es pandemia a pesar de los millones de muertos) que promocionan incesantemente desde todos los medios, series, teleseries y literatura de paja y calentón, quién sabe si con el fin no sólo de armar una descomunal orgía más que una sociedad madura, sino también con el objetivo minuciosamente estudiado de que cada vez más inocentes hijas de Eva sucumban a la perversión y firmen este tétrico pacto de sangre. Ley aprobada, objetivo alcanzado.

Y entre estos dos Jakim y Bohaz, ponga usted la cosa ésa de irrumpir en la familia imponiendo de qué forma o cómo ha de tratar con sus hijos, añada ese adoctrinamiento fascista y protervo que es la “Educación para la Ciudadanía”, sume que no sólo se entromete ese partido y esas hijas de Lilith sino que de facto rompe los vínculos y ascendencia familiar legislando para que las inocencias de nuestras nenas (las hijas de Eva) caigan en sus malignas manos, facilitándoles una supuesta autonomía para que manchen sus almas con sangre inocente al abortar, y colme la cosa de tan abyecto potaje con que estas mismas nenas puedan enlodar su alma desde su más ingenua infancia y cargar su misma psique con el débito impagable de crímenes menudos como lo de abortar en los días siguientes de un potencial embarazo por causa de una prematura relación sexual mediante el libre acceso a la píldora abortiva. Gominolas, regaliz y píldoras abortivas en el mismo rango de acceso, ¿qué le parece?... Ni con el Britapén se puede aspirar a tanto.

Visto lo visto, quien tenga ojos para ver que vea, si quiere; quien oídos para oír que oiga, si le da la gana; y quien cerebro para entender, que lo procese y me diga si este partido y estas hijas de Lilith no tienen algo personal contra la familia y la vida. Parecen ignorar, sin embargo y a pesar de su listura, que la fealdad que les aflora tan sin medida en el cuerpo no es sino una resonancia de la que incuban en sus almas. Su mal, al multiplicarlo por tantísimas veces como abortos y conflictos producen, las hará todavía mucho más horribles —aunque parezca imposible—, tanto que un día ni siquiera podrán soportar su propia imagen en el espejo. La cara, después de todo, no es más que un espejo del alma. Aunque no crean. Sin duda tendrán muchas encarnaciones y toda una eternidad para corroborarlo, al menos una por vida segada. Y no son pocas, precisamente.

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