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Etiquetas:   Contar por no callar   -   Sección:   Opinión

Música de viento para el himno

Rafa Esteve-Casanova
Rafa Esteve-Casanova
@rafaesteve
domingo, 17 de mayo de 2009, 08:14 h (CET)
Me pongo a escribir estas líneas justo cuando el Club de Fútbol Barcelona cómodamente sentado en casa acaba de proclamarse campeón de Liga viendo cómo el Real Madrid, su eterno rival, ni siquiera con la ayuda de Mejuto González, arbitro del partido entre el equipo mesetario y el Vilareal, conseguía aplazar el alirón blaugrana. Estoy contento, en cuatro días los culés hemos tenido una amplia gama de satisfacciones, primero fue la Copa ganada en buena lid en Mestalla ante un sufrido y valiente Atlétic de Bilbao y ahora este título que corrobora la buena marcha de un equipo que ha demostrado a lo largo de la temporada que haciendo buen fútbol se pueden conseguir grandes logros. Barcelona comienza a arder, y no como en la Semana Trágica, de la que ahora se cumple el centenario, los cohetes estallan de alegría en el cielo primaveral de la capital catalana mientras por debajo de mi ventana pasan motos y automóviles haciendo sonar cláxones y bocinas al tiempo que sus ocupantes ondean al viento banderas catalanas y del Barcelona camino de la Plaza de Catalunya y la Fuente de Canaletas en plenas Ramblas donde miles de personas ya están celebrando una gran fiesta.

Me imagino las caras tristes, cariacontecidas y llenas de odio y rabia de todos aquellos que desde el pasado jueves están pidiendo, y no sólo desde las páginas de los periódicos de la llamada “Brunete mediática” que tanto el Atlétic como el Barcelona abandonen los campeonatos españoles de fútbol, y todo debido a la sonora pitada que inundó el campo de Mestalla en Valencia cuando al inicio del partido en el que se dirimía el ganador de la Copa del Rey sonó el himno español, algo que tanto la prensa vasca como la catalana esperaba que sucediera. No fue una minoría la que entonó música de viento para saludar el himno que de forma desaforada sonaba por la multitud de altavoces que, a todo decibelio, habían sido colocados en el campo. Tampoco en la Federación Española de Fútbol eran ignorantes de que este hecho pudiera acontecer, en previsión de ello en cuanto se conoció el nombre de los dos equipos finalistas se habló de que el volumen de los altavoces de Mestalla debía estar a su máxima potencia con el fin de acallar las posibles protestas de viento por parte de los seguidores vascos y catalanes. Pero les salió mal la jugada y prácticamente todo Mestalla mostró su protesta a pesar de que desde Televisión Española se dedicó al darla en diferido a mostrar la imagen de un seguidor del Atlétic siguiendo firmemente y con la mano en el corazón las notas del himno español.

No creo que a estas alturas sea necesario recordar que la libertad de expresión nos ampara a todos desde que el viejo dictador nos dejó dejando todo “atado y bien atado”, cuando Franco presidía la Copa, que entonces llevaba su nombre y ahora a heredado el Borbón, una mínima protesta hubiera dado con los maltrechos huesos de los protestones en los lóbregos calabozos de la temida Brigada Política Social siendo acusados, como mínimo, de masones y comunistas. Ahora, en democracia, todos tenemos el derecho a expresar nuestra opinión, incluso a protestar por la presencia del Rey, sea en un estadio de fútbol o sea en la calle. En el sueldo que le pagamos todos los españoles con nuestros impuestos, y que le da para vivir confortablemente a él y al resto de su familia, va implícito este peaje. La incongruencia no reside, como algunos han afirmado, en que Atlétic de Bilbao y Barcelona jueguen la denominada Copa del Rey, el error está en llamar de esta manera a un torneo futbolístico, en mezclar churras con merinas, es decir en poner en el mismo saco a la Casa Real y al deporte. En la transición se perdieron muchas sabanas en cada lavada y ésta fue una más, heredar la Copa del Generalísimo y llamarla Copa del Rey fue un craso error de los directivos deportivos y políticos.

Muchos de los que protestaban lo hacían para mostrar su reprobación por el hecho de que a Catalunya y Euzkadi no se les permita tener selecciones nacionales en las competiciones deportivas internacionales donde sólo el nombre de España está permitido, aunque, tal vez, en el firmamento futbolístico poco brillarían sus selecciones cuando, excepto el Atlétic de Bilbao, la resta de equipos de primera están plagados de mercenarios extranjeros que, generalmente, tan sólo defienden los colores de su club por el suculento estipendio. Otros, quizás, emitieron sus silbidos o se volvieron de espaldas al terreno de juego para de esta manera mostrar su repudio a una monarquía a la que los españoles nunca dieron su voto. Unos y otros estaban en su derecho.

Al menos la retrasmisión por la televisión pública de este partido ha servido para comprobar que en Televisión Española todavía existen al frente de algunos departamentos personajes que añoran los viejos tiempos de la censura. Censuraron por dos veces el concierto de pito, y el único silbato que se escuchó fue el del árbitro del encuentro. Primero, al comienzo del partido, conectaron con Bilbao y Barcelona omitiendo la realidad que pasaba en Mestalla, después, durante la media parte quisieron arreglarlo retransmitiendo la interpretación del himno pero subieron los decibelios del mismo mientras hacían desaparecer los silbidos y en plano corto mostraban a un vasco emocionado escuchando la música de uno de los pocos himnos nacionales sin letra de arenga marcial. Muchos espectadores quedarían extrañados al ver que aquellos que mostraban su repulsa al himno español no llevaban capuchas ni metralletas, eran gente normal y corriente, como ellos mismos. Y es que en España sigue habiendo un gran desconocimiento de las realidades vasca y catalana.

Los valencianos no estaban en Mestalla, sus autoridades si. Por allí pude ver a Francisco Camps al que ya le deben quedar pocos partidos de fútbol que presenciar desde el palco del Valencia Club de Fútbol.

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