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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

La casa del trile

José Alfonso Romero
Redacción
sábado, 16 de mayo de 2009, 10:45 h (CET)
El trilero se sitúa ceremonioso frente a la mesa. En torno a él el ritual, a caballo entre el barroco decorado y los ávidos rostros de los ganchos, se antoja ciertamente decadente. Su engolada voz suena a milonga. Buscando embaucar, sus manos mueven ágiles los cubiletes, y no tarda en hacer acto de presencia en el aire de la cámara la sombra de la omnipresente pero eficaz dádiva. En el vertiginoso girar de los vasos la bola de la mentira desaparece bajo uno de ellos. Todos la ven y todos se aprestan a buscar fingir ante sus correligionarios que pueden seguirla, que son lo suficientemente listos para hacerlo.

El trilero les exhorta a que hagan sus apuestas, y uno a uno van eligiendo, de las manos de su grandilocuentes discursos, el vaso donde según ellos se halla la bola, para descubrir, lo que ya saben, que no se trata sino un miserable juego donde la única verdad es la certeza de la gran mentira que todas y cada una de sus bolas encierran.

Al caer la tarde el trilero ha conseguido hacer desaparecer a la vista de todos y en el corto callejero de un discurso jalonado por un puñado de promesas a cuatro millones de parados: de eso se trataba.

Lejos de la gran casa de apuestas, allí donde la mesa se prolonga, la discusión se mantiene en ese insultante ensueño para el olvido, y es que la cuestión es que gire la bola, que siga girando, y la bola gira, y de nuevo gana el trilero y sigue el juego, como en la calle el drama de los que día tras día van engrosando las listas del paro, ellos son hoy la bola de la triste verdad que rueda desaparecida bajo los blancos cubiletes de esta casta de trileros.

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