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México en el mundo

Miguel Ángel Sánchez
Redacción
sábado, 16 de mayo de 2009, 00:23 h (CET)
México está –o debiera estar- en una etapa de redefinición de sus relaciones exteriores. El acercamiento con Washington alentado por el reconocimiento de que la guerra contra el crimen organizado debe ser una estrategia de los dos países, la actitud inusual que algunas naciones asumieron ante el manejo de la epidemia de influenza en nuestro territorio y una cada vez mayor acentuación de la globalidad, deben tener a los estrategas de la Cancillería y de Los Pinos muy ocupados en la revisión de nuestra política tradicional y la adopción de nuevos caminos multilaterales para la onceava potencia industrial del mundo.

El envío por primera vez de buques mexicanos a ejercicios militares organizados y conducidos por Estados Unidos tiene un valor simbólico tan importante como fue en su momento la participación del “Escuadrón 201” en la guerra del Pacífico, y anticipa un importante cambio doctrinal en nuestra política exterior. Que nadie se asombre si en el futuro cumplimos con nuestros compromisos internacionales -como socarronamente sugirió Sarkozy en su reciente visita- enviando tropas a las misiones de paz de la ONU.

En este contexto, Juego de ojos ofrece a nuestros expertos internacionales una modesta aportación, en el espíritu de George Santaya y Marc Bloch: un episodio del pasado del cual podríamos tomar algunos aprendizajes para el presente.

* * *
Cuando Franklin Delano Roosevelt juró como trigésimo segundo Presidente de los Estados Unidos el sábado 4 de marzo de 1933, ni su país ni el mundo eran lugares tranquilos. La “gran depresión” asolaba a la nación y en Europa soplaban vientos de guerra. Las relaciones con los vecinos de América Latina, en particular con México, no estaban en su mejor momento. El marcado intervencionismo norteamericano en la región, el asesinato de Madero bendecido por el embajador Wilson y la invasión de Veracruz en 1914, alimentaban una tensa relación entre los vecinos. El recuerdo de la guerra de 1847 y la consecuente pérdida de la tercera parte del territorio mexicano tampoco ayudaba. Eran tiempos de inseguridad real y emocional en ambos lados de la frontera. Aunque nunca faltaron individuos y grupos que trabajaban para sentar y fortalecer un trato respetuoso, digno y mutuamente provechoso, en términos generales el país de Jefferson y Franklin sufría de una inmadurez política congénita, un aturdimiento histórico, que le impedía ver en el pueblo del sur a un igual, mientras que de nuestro lado una inestable situación interna y nuestra propia inmadurez nos mantenía constantemente a la defensiva frente al “gigante” del norte.
Roosevelt parecía abrir las ventanas para airear la casa. Anunció una política que llamó “del buen vecino”. En su discurso inaugural el 4 de marzo de 1933, explicó así el sentido de esta doctrina: “En lo que toca a la política mundial, empeñaré a esta nación en la política del buen vecino –el buen vecino que por sobre todo se respeta a sí mismo y, porque lo hace, respeta los derechos de los demás; el vecino que respeta sus obligaciones y respeta la inviolabilidad de sus acuerdos en y con un mundo de vecinos”.
El nuevo gobierno tomó las riendas en momentos difíciles, a caballo entre la crisis económica de 1929 y el comienzo de la Segunda Guerra Mundial. Roosevelt no era precisamente un pacifista o un panamericanista, pero era un político experimentado y realista que vio la urgencia de enmendar y elevar el nivel de las relaciones con América Latina.
Con un país resquebrajado y un conflicto europeo que amenazaba mundializarse y que inevitablemente arrastraría a la nación pese a su declarado aislacionismo, el nuevo gobierno no podía cerrar los ojos a la necesidad de resanar sus relaciones en particular con el México post revolucionario. Al sur de la frontera se quería un gobierno aliado, fuerte y estable; así que para encauzar las relaciones con los impredecibles, orgullosos y volátiles mexicanos, Roosevelt, al igual que algunos antecesores suyos en el puesto, tomó la decisión de nombrar a un amigo cercano y aliado político como Embajador en México, en lugar de recurrir a los diplomáticos de carrera del Departamento de Estado. Designó al abogado, político y periodista demócrata liberal Josephus Daniels, quien había sido su jefe en la secretaría de marina y gozaba de una cercanía privilegiada con el nuevo Primer Mandatario.
El embajador Daniels fue así un delegado no tanto del gobierno, como del jefe del Poder Ejecutivo, inmune a los grilletes protocolarios y estratégicos del Departamento de Estado, institución más dispuesta a proteger los intereses de las grandes empresas que a consolidar políticas que respetaran los ideales y aspiraciones del vecino. No sólo se empeñó en fomentar un clima de amistad y mutua comprensión, sino que, para exasperación de los estrategas del Departamento de Estado y del establishment petrolero, una y otra vez se opuso a las maquinaciones para abandonar la “política del buen vecino” y volver a la probada y eficaz diplomacia del gran garrote.
La cercanía con Roosevelt permitía a Daniels una amplia capacidad de maniobra. En más de una ocasión desestimó instrucciones directas para presionar al gobierno de México. En el Departamento de Estado tenían claro que el jefe de la representación en México no era un empleado al que se pudiera corretear y exigir el expedito y acrítico cumplimiento de instrucciones. Su jefe formal y los subsecretarios frecuentemente se quejaban de que en México tenían que lidiar con un gobierno respondón “y con nuestro embajador”. Al igual que hoy en las relaciones entre ambos países, muy pocos funcionarios deseaban seguir políticas que pudieran ser interpretadas como indicio de un debilitamiento de los Estados Unidos en la región. Daniels fue un antagonista de los halcones de la Casa Blanca mucho antes de que la guerra en Vietnam acuñara adjetivos aviarios para los campeones del militarismo estadounidense.
El nombramiento levantó protestas en ambos lados de la frontera. En el establishment diplomático norteamericano se pensaba que Roosevelt había cometido un error por partida doble, ya que el puesto había sido prometido originalmente a una persona cercana a los círculos del poder económico y además protegida del Vicepresidente. En México, el tono airado con que se recibió la noticia (no se olvidaba que había sido Daniels quien en 1914 había ordenado la ocupación de Veracruz) hizo que el secretario de Estado, Arthur Bliss Lane, enviara una nota oficial al presidente Abelardo L. Rodríguez en la que subrayaba que el nominado era un “viejo, cercano y confiable amigo” de Roosevelt y que su nombramiento era prueba “del profundo interés” del Presidente de los Estados Unidos de “mantener buenas relaciones con México”.
Aparentemente la diplomacia mexicana se vio atrapada entre ofender al Presidente del poderoso país del norte y la posibilidad, por remota que pareciera, de que la “política del buen vecino” se instrumentara para sanear una relación herida entre las dos naciones. Parece que el presidente Rodríguez aceptó de mala gana, según consignó Blane en una carta a Herschel V. Johnson el 29 de marzo de aquel año: México se vio obligado en contra de su voluntad a aceptar el nombramiento de Daniels.

Molcajeteando…
El pasado 6 de abril Martín Caparrós publicó en el sitio web de Crítica de la Argentina, un texto sobre la relación México – Argentina. Dos párrafos:
“No estoy hablando de una historia de amor. Los mexicanos, por supuesto, nos odian un poco, porque todos los latinoamericanos nos odian un poco, con esa mezcla de envidia por razones cada vez más ilusorias y cabreo por nuestra insistencia en seguir creyéndonos lo que ya no somos –o quizá nunca fuimos: altos, rubios, lindos, inteligentes, educados, ricos, vivarachos. No nos aman pero nos respetaban y siempre nos trataron más o menos bien, y hasta tratan de no hacernos notar que su país, ahora, es tanto más grande, más poderoso, más importante que el nuestro en el famoso concierto de las naciones. Por eso resulta mucho más indigno, más bajo, que el gobierno argentino les haya contestado, en este momento complicado, con la grosería de suspender los vuelos entre Buenos Aires y México, los dos extremos de Sudaquia, las dos ciudades más populosas del castellano. En síntesis, cuando nosotros necesitábamos su solidaridad, nos la dieron; cuando ellos la necesitan, bruto corte de mangas por si acaso.
“Es ilusión del muro, o el espejismo de tapar el sol con las manos: la quimera de que alcanza con encerrarse en el cuartito del fondo para que el mundo no nos llegue, el tiempo no nos pase por encima. […] Pero ahora el gobierno hace lo mismo: ante la pobreza sanitaria de la Argentina, ante su incapacidad para contener cualquier epidemia –pregunten por el dengue-, lo único que se les ocurre es parar los aviones, cerrar la frontera. Si hay un país insoportable en sus regulaciones fronterizas es Estados Unidos, que tiene un tráfico con México unas 100,000 veces mayor que el argentino –y no cerró fronteras. En realidad no lo hizo casi nadie: en todo el mundo fuimos nosotros y Cuba, Perú, Ecuador, China”.

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Miguel Ángel Sánchez de Armas. Profesor – investigador en el Departamento de Ciencias de la Comunicación de la UPAEP Puebla. México.

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