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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

Había una vez..., ti-tiro-tiro-tirí...

Ángel Ruiz Cediel
Redacción
viernes, 15 de mayo de 2009, 22:01 h (CET)
Cuando Guy Debord escribió en el 67 “La Sociedad del Espectáculo”, no hizo sino constatar de una forma aguda la deriva que empujaba a la sociedad hacia la apariencia y la ostentación al tiempo que se desnudaba de contenidos; pero aquella sociedad ha sido sobrepasada por la izquierda, dando en la Sociedad Freaky que nos concierne, y todavía en la Sociedad Circense, especialmente si hablamos de España.

Uno mira a su alrededor y se plantea cómo es posible que sociedades que han logrado avances tan memorables en la Ciencia y el conocimiento, puedan tener al frente de sus países a actores-presidentes como Berlusconi, Chaves, Obama, Brown o Sarcoçy, pero enseguida mira hacia el interior, piensa en Felipe González, Aznar en su segunda legislatura o el mismísimo Zapatero y no tiene otra que darse un puntito en la boca y aceptar que la naturaleza humana es así de caótica, que retrocedemos en inteligencia al doble de la velocidad con la que se incrementa el progreso. Será porque los dilemas ahora los pueden resolver las máquinas, los ordenadores y todo eso, y podemos los humanos dedicarnos a disfrutar de la estulticia y la incompetencia a tiempo completo, porque de otro modo es imposible entenderlo: ya precisamos entretenernos no sólo con el espectáculo, sino también con la política, con la estulta aberración de las leyes y con el mangoneo en las Instituciones rectoras de la sociedad, convirtiéndolas en un circo.

Algunos, desencantados con la banal y absurda izquierda real, hace tiempo que hicimos el hatillo y emprendimos un viaje desencantado desde la izquierda de la izquierda teórica y racional hacia el centro, pero también aquí encontramos cosas parecidas, incluso hasta el extremo de que protestan por los desafueros de esta izquierda-amarilla de mucha corrupción y más chiste pero no se comprometen a deshacer mediante los mismos procedimientos legales la artificiosa legalidad impuesta por estos sátrapas del espectáculo obrerista que parece haberse consagrado a la extinción de la vida, la exultación de los derechos del criminal y la destrucción de la familia como fundamento de la sociedad. De ganar el centro las elecciones y alcanzar el poder, por lo que se ve, a tenor de su mutismo se entiende que la legalidad seguirá siendo la misma, habiéndose participado de facto en la desintegración de la sociedad y en haber hecho burla, mofa y befa de la ciudadanía honrada, creyente y partidaria de la vida y de su colosal indignación. Si el centro y la derecha no se desmarcan pronto de esa izquierda-amarilla que representa el PSOE y se comprometen a derogar las barbaries que este nefando partido ha cometido contra toda lógica y coherencia, hemos de constatar obligatoriamente que nos hemos equivocado al recalar en estos puertos, y que entrambos se repartieron los papeles de la función, tirando unos las tartas y los otros recibiéndolas en sus rostros, pero para con el fin común de obtener simples risotadas del electorado mientras les metían las manos en los bolsillos para sisarles la entrada a su libertad burlada y vigilada.

Debate del Estado de la Nación. “¿Cómo están ustedes?...”, deberían decir los oradores (mejor sería decir lectores) en las sesiones parlamentarias del Parlamento en el que no se parlamenta al iniciar sus exordios para las audiencias televisivas o radiofónicas. “No os oigo. Otra vez: ¿cómo están ustedes?...” Y, a renglón seguido, con sus atuendos de pulchinelas de Armani ellos, o de Pierrot de Yves Saint Lorent ellas —ya me dirá alguien de dónde sale el enormísimo pastón que se gastan nuestros ministros, ministras, ministr@s, en estos tiempos de crisis para que no repitan modelito, especialmente considerando el precio que tienen—, leer el discurso que les haya garabateado el escribano correspondiente al poder al que sirven, el negro (por lo de escritor a sueldo) de engolado verbo diseñador de imagen intelectualoide para el político rapsoda, o aun la nena de cualesquiera de ellos (por la simpleza), quien escribió el discursito como tarea escolar después de volver del puesto de chuches de comprar gominolas y de pasar por la farmacia para adquirir un paquetito de píldoras abortivas o de hacerse un legrado.

Debates, debates, debates que, puesto que no se adquiere compromiso por parte de la oposición de derogar las legales aberraciones vigentes, parecen organizados como espectáculos de aparente controversia, no siendo sino justas de risibles dimes y diretes, pasteleros vuelos de florida labia que sobrevuelan el hemiciclo buscando el rostro del adversario, caritas con sonrisas pintadas y lágrimas negras bajo las blanquecinas ojeras de aparente sufrido postín, y todo ello celebrado por una clac fervorosa que gratifica con sentidos aplausos el ornamental jicarazo, la graciosa ocurrencia o la festiva ironía para que todo cambie siguiendo exactamente igual en su derrota hacia el abismo.

Así está la cosa: perfecta. Ahora que es primavera, además del intenso color de los atuendos y disfraces de mucha marca y más precio, y de los vivos estampados de los rostros y las telas, se echa de menos alguna flor, siquiera sea de ésas enormes que se cuelgan en la solapa y arrojan chorros de agua en el rostro del interlocutor. Y, para completar el espectáculo de aquello que nos hablaba Guy Debord, se podrían completar los atavíos con algunos zapatos de moda de la talla ciento seis o superior, y pompones, muchos pompones rojos en la nariz. La risa, sin duda, aplacará mejor que ninguna otra cosa la inenarrable amargura que produce vivir en la sociedad que habitamos.

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