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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group   -   Sección:   Opinión

¿Por qué sonríe ese hombre?

Kathleen Parker
Kathleen Parker
jueves, 14 de mayo de 2009, 10:35 h (CET)
No hay nada que tenga menos gracia que las bromas de la noche del sábado retrasadas al calor del light extra cargado de la mañana de los lunes.

Lo que es el motivo de que probablemente no haya que sacar punta a una comediante en el café cuando actuaba frente a un público cocido a cócteles.

Esa regla razonable parece no aplicarse, sin embargo, cuando el lugar elegido es la cena de la Asociación de Corresponsales Destacados en la Casa Blanca y uno de los presentes resulta ser el presidente de los Estados Unidos. Tanto si se ríe, sonríe o frunce el ceño, el peso político trasciende el momento.

El zumbido de la rumorología de Washington últimamente se ha convertido en el ruido de una motosierra.

En los días transcurridos desde la cena de corresponsales, la reacción de Barack Obama a los chistes de Wanda Sykes se ha ido transformando paulatinamente en un saco de quejas airadas. En qué infelices aburridos e hipersensibles nos hemos convertido.

¿Pienso que Sykes fue un monumento a la hilaridad? No, pero creo que estuvo bien la mayor parte del tiempo. ¿Creo que sus bromas a costa del locutor Rush Limbaugh fueron demasiado? Sí. Eso es lo que hacen los cómicos. ¿Creo que su interpretación -- y la diversión evidente de Obama -- suponen el declive de la civilización? No es una novedad en absoluto.

Creo que nos tomamos a nosotros mismos demasiado en serio -- y con demasiada literalidad.

Para aquellos que de alguna manera hayan logrado evitar la polémica, Sykes bromeó con que Limbaugh, a quien comparó con Osama bin Laden, podría haber sido el secuestrador número 20, pero "estaba tan colgado con la oxicodina que llegó tarde para embarcar.” También sugirió que Rush podría ser culpable de traición por esperar que las políticas de Obama fracasen.

En una floritura final, decía: “Rush Limbaugh, 'espero que el país fracase' -- espero que sus riñones fallen, ¿qué le parece? Necesita asfixia simulada, eso es lo que necesita.”

Ja-ja-ja. La audiencia, dicho sea de paso, no se echó a reír, al menos no en comparación con las demás bromas de la noche. Desde donde yo estaba sentada, la mayor parte de los que se reían reaccionaban a la exageración de la “broma.” Incluso Sykes reconoció que se había pasado, pero observaba que se hablaría de ella más tarde. En eso acertó.

Mi propia idea en aquel momento fue: "Vaya por Dios. Acaba de hacer a Rush el regalo de su vida.” Pero como anti-literalista decidida, presumí que Sykes realmente no cree que Rush sea un terrorista. Que no espera que sufra un fallo renal. Ni que necesite de asfixia simulada.

Rush Limbaugh es rico en sátiras -- y Sykes no tuvo ninguna. Que el Presidente haya sido grabado riéndose durante el número, lamentablemente, también fue un regalo al colectivo de los aquejados. Un momento regala un iPod a la reina, y al siguiente se ríe de bromas absurdas. ¿Qué será lo siguiente? ¿Invadir un país?

Seamos claros. La broma fue una estupidez. Pero a juzgar por la prisa de los asistentes se diría que estamos a punto de nombrar una Comisión Especial de Humor Aceptable. No se ría. A estas alturas, podría pasar.

Si Sykes merece críticas, es por pasarse de lista. Cierto, un chiste tiene que recoger cierta dosis de verdad enterrada en la mente colectiva. Como cuando Sykes dijo que no necesitaba asfixiar a Sean Hannity para obtener información, porque todo lo que necesitaría sería sentarlo en el asiento intermedio de un coche.

Eso sí divierte -- no porque deduzcamos que Hannity se comporte como una diva, sino porque (BEG ITAL)todas(END ITAL) las divas se sientan en el asiento intermedio del coche. Tenemos experiencias personales con esa especie de tortura. Durante un vuelo reciente de cuatro horas sentada entre dos personas incapaces aparentemente de decidir el postre, habría confesado lo que Sykes hubiera querido con tal de que me pasaran a primera.

Lamentablemente, la broma con Limbaugh no guarda ningún parecido con la realidad, y por tanto no fue divertida. No nos tocó la fibra sensible; nos golpeó en la cabeza con un garrote. Limbaugh no se parece a bin Laden ni es un secuestrador del 11 de Septiembre. Su aversión a las políticas de Obama y su esperanza en que fracasen no son equiparables a esperar que el país fracase. Nadie estaba tan bebido.

Dicho eso, las líneas maestras no eran tan desagradables como parecen ahora después de numerosas reproducciones. La vez número 27 no tiene nada de divertida. Lo que está claro, mientras tanto, es que hasta el humor se ha convertido en un tema partidista. Si no es oyente de Limbaugh, le haría gracia. Si no le gusta Obama, se sentirá ratificado en su convencimiento de que el presidente no tiene lo necesario.

Perdido en el escándalo queda el asunto más importante de nuestra intolerancia hipersensible y nuestra prisa reflexiva por ofendernos. Deberíamos recordarnos que los que no pueden soportar una broma son siempre fanáticos.

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Diario SIGLO XXI dispone de los derechos de publicación en exclusiva para medios digitales españoles de este y muchos otros columnistas del Washington Post Writers Group.

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