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Derecho de intimidad

Ángel Ruiz Cediel
Redacción
jueves, 14 de mayo de 2009, 09:35 h (CET)
Ningún derecho más sagrado que a la intimidad... para los gobernados, pero ninguno más inconveniente para los gobernantes. Mala cosa sería, por ejemplo, que el presidente de una nación fuera partidario de la esclavitud, de ofrecer víctimas humanas a sus dioses negros o tuviera negocios de tráfico de órganos o drogas, pongo por caso. Lo más importante en un gobernante, en un legislador o en un cargo público, y tanto más en una sociedad pretendidamente democrática, es la transparencia absoluta. A nadie podría extrañarle que un legislador pedófilo tratara de legalizar la pedofilia, que el diputado a sueldo de una organización privada procurara beneficiarla con información privilegiada o leyes convenientes para ella, que un servidor de Satán procurara rendir el Estado a su Señor o aun que un juez turuta no dejara de perpetrar locuras desde su tribunal. La transparencia de los servidores del Estado, en consecuencia, debería ser absoluta, cosa que de ninguna manera sucede, en buena medida debido al llamado derecho a la intimidad.

No se trata de que tengan que tener cámaras instaladas en su aseo o en su alcoba, sino de que primero que nada los ciudadanos puedan saber íntegramente a quién están eligiendo desde mucho antes de hacerlo, qué bienes tienen y qué fes profesan, cuáles son sus capacidades y cuáles son sus historiales, y de que quede un testimonio grabado de todos y cada uno de sus minutos que permanecerán al frente de sus responsabilidades públicas, a fin de poder rendir cuentas de lo hecho y las decisiones tomadas ante quienes les eligieron para servirles y les pagaron más que bien. Por otra parte, de lo modélico de su conductas vitales previas a la elección pueden los electores tender proyectivas de cómo gobernarán, legislarán o dirigirán. De no conocerlo con la antelación suficiente, el votante podría elegir por bueno a un ser abyecto, como justo a quien usa sombrero de papel y se pone la mano en el pecho, o simplemente como presidente o diputado a quien no está cualificado, sino respaldado por una hábil campaña de márquetin.

Actualmente se elige a ciegas, se opta por la cara linda o por la palabra altisonante. No es necesario que muestre su cualificación, que pase un simple exmen de estar medianamente equilibrado, que dé muestra alguna de justeza o probidad, o de que se sepa si milita en las huestes tenebrosas de la corrupción o le embargan intereses y servidumbres inconfesables. Como ciudadano, considero imprescindible saber con antelación suficiente a la elección todos y cada uno de los aspectos humanos e ideológicos de quien tomará decisiones tales sobre mi vida y la de los míos como si pagamos más o menos, si vamos o no a la paz o a la guerra o qué clase de sociedad vamos a construir. Los programas electorales actuales que a día de hoy es el único requisito, ya sabemos que no son más que palabras bellas que tanto da si se cumplen o no porque no tienen consecuencias y se pronuncian sin responsabilidad penal. Palabras, palabras y palabras que se lleva el viento, es lo que hoy se pide, sin duda porque la sociedad del espectáculo ha llegado a las más altas instancias del país.

La dirección de la nación, sin embargo, es más trascendente que una moda, un rostro lindo o una verborrea fácil y artificiosa. Quien desee optar a instituirse en rector del destino de un país debe asumir que su vida ha de estar expuesta como en una pecera, sin ángulos o esquinas oscuras u opacas. Ha de ser un modelo de rectitud, o en su defecto, declaradamente perverso, pero de una honestidad intachable con su propio ideario, exponiendo su esencia más íntima y veraz a los ojos de los electores de forma inapelable. Es fundamental saber si es masón o cristiano, si traficante de esclavos u honrado a carta cabal, con qué bienes llegó al poder y con qué bienes sale de él, que aspiraciones personales le mueven, a qué aspira en lo personal y en lo social: ha de ser víctima y no verdugo, y ningún capuz ha de ocultar ninguno de sus rasgos característicos. Conocer todos estos aspectos evitaría que nos gobernaran locos, desalmados, protagonistas con ínfulas de grandeza o maniacos con un hígado por cerebro. Y debiera ser así en cada uno de los puestos de relevancia pública, sea éste el de un juez, un fiscal, un diputado, un director general o un presidente. Y quien no estuviera dispuesto a asumir este sacrificio de transparencia y renuncia persobnal, no debiera merecer poder optar siquiera a pretender servir a la ciudadanía. Las sombras nunca dieron buena luz, y es en la tiniebla donde siempre se ha movido lo inconfesable.

El derecho a la intimidad en el ciudadano es libertad, en el dirigente es opresión, interés oculto, objetivo secreto. Toda alcanzadura requiere víctimas propiciatorias, y el bien de la mayoría exige el sacrificio de unos pocos. Así, sabiendo que van al sacrificio, sólo los héroes aspirarán al laurel del poder. Ningún otro podría merecerlo mejor, y los ciudadanos, entonces, dormiríamos más tranquilos. Tal y como estamos ahora, no sabemos qué demonios nos aguardan.

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