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Mi pequeña granja (III)
Ángel Sáez
POR JESÚS ARTEAGA ROMERO
(Sigue el de ayer.)
Ni les faltan sus refrescos en vasijas cristalinas;
ni les faltan esos nidos donde duermen tan juntitas;
donde juntan sus piquitos y se besan sus mejillas,
casi, casi, medio a oscuras, algo así como a escondidas;
todo amor, todo cariño cuando ya son parejita
y deciden el proyecto de crear una familia...
Hay que ver con qué cariño alimentan a sus crías…
La ternura maternal no está sólo en la mamita;
pues también papá palomo aletea sus alitas,
y se lanza en raudo vuelo en bajadas y subidas,
rebuscando por el suelo los granitos de negrita
para darla en alimento a su joven parejita…
Nada falta a las palomas, nos recuerda la ancianita;
mas la abuela se lamenta que las pobres palomitas
nunca tienen libertad para abrir la ventanita
y salir revoloteando hasta el bosque de la ermita…
No son libres para hacer al enfermo una visita
y avisar a quien se deba por si no cura su herida,
o una fiebre les corroe la salud que está blandita.
No son libres para dar por el pueblo una vueltita,
y pararse en las ventanas para dar los ¡buenos días!,
e informarse por si pasa algo raro en las familias…
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