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Opinión

Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Libros y sexo

Eva N. Ferraz (Barcelona)
Redacción
martes, 12 de mayo de 2009, 10:22 h (CET)
En el reciente certamen del Día del Libro, una de las superventas se proclamó como un fresco del crimen y del castigo, un entramado de trampas financieras y de perversión sexual.

No tengo nada en contra de los negocios como tema, pero sí contra los instigadores de depravación, ganen o no los máximos galardones literarios. A poco que se mire, los delitos sexuales, sobre todo, los abusos infantiles reales o a través de internet son ya algo tan cotidiano como asumido. Literatura, arte, fotografía, prensa, TV y radio se han asociado para promulgar que el sexo ya no es un tabú, sino un ingrediente que cada uno se aliña a su gusto. Protejamos a los niños y a los jóvenes de la falta de censura: la pornografía en todas sus formas lleva al abuso y el abuso a segar el frágil equilibrio emocional de los que no deberían haber probado el sexo y que fueron forzados a ello por el descuido de los adultos, en un mundo de adultos más corrompidos que edificantes.

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La Constitución española no necesita ser interpretada respeto a la vigencia, en todo el territorio español, de la lengua que hablan más de 500 millones de personas: el castellano.

Banalización

Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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