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Opinión
Etiquetas:   Carta al director  

México, EEUU y Canadá, del TLCAN a la ASPAN

Olga Esmeralda García (México)
Redacción
martes, 12 de mayo de 2009, 10:17 h (CET)
La historia de amor-odio entre México y Estados Unidos entró en una nueva fase desde el 1 de enero de 1994, fecha de la entrada en vigor del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN, o NAFTA por sus siglas en inglés) –cabe recordar que a lo largo de la historia, la relación entre México y Estados Unidos se ha visto empañada debido a los roces ocurridos en distintos episodios que han derivado en desconfianza, incomprensión y conflictos entre ambas partes. El establecimiento de un acuerdo de este tipo, a pesar de estar limitado teóricamente al plano comercial, podía representar la mejora en las relaciones generales entre ambos países–.

Como bien ha señalado la profesora e investigadora mexicana, Consuelo Dávila Pérez: “Un proceso integrador tiende a extender sus redes transnacionales a otras áreas no precisamente comerciales como serían ciertas políticas comunes de los socios comerciales o bien otros ámbitos sociales y políticos como las migraciones, el narcotráfico, lo laboral, la comunidad académica, el sector empresarial (…)”, y el caso del TLCAN –el cual incluye también a Canadá– no habría de ser la excepción; teniendo este acuerdo comercial de por medio, México y Estados Unidos se han visto en la necesidad de afrontar los temas comunes como el narcotráfico y la migración –y ahora la influenza humana– desde una nueva perspectiva de cooperación y mutuo reconocimiento.

Fue en el marco de esta nueva panorámica de las relaciones trilaterales, México-Estados Unidos-Canadá, que el 23 de marzo de 2005 los mandatarios de estos tres países, Vicente Fox Quesada, George W. Bush y el Primer Ministro canadiense Paul Martín, anunciaron la puesta en marcha de la Alianza para la Seguridad y la Prosperidad de América del Norte (ASPAN). Dicha alianza incluye temas como la protección al medio ambiente, la seguridad fronteriza y la cooperación regulatoria, entre muchos otros que van más allá del tema puramente comercial.

Y si bien los niveles de cooperación alcanzados por estos tres países distan mucho del nivel de integración logrado en la Unión Europea, cabe recordar que en el primer caso estamos hablando de países que cuentan con circunstancias bastante disímiles como son su nivel de desarrollo, poder, estructura política, composición étnica y religión, por citar algunas. El proceso de integración en Norteamérica sigue un curso mucho más lento y mucho menos estructurado que en Europa pero avanza a medida que los tres países –Canadá, Estados Unidos y México– aceptan su interdependencia y la importancia de la cooperación trilateral.

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