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Mi pequeña granja (II)
Ángel Sáez
POR JESÚS ARTEAGA ROMERO
(Sigue el de ayer.)
No era cosa de negocios; pues tener dos parejitas
era cosa de capricho, por si un día apetecía
ingerirse un pato asado o un huevito de patita
con su cáscara verdosa y dos yemas amarillas…
Y la abuela se sonríe destapando la cajita,
pues le vienen mil recuerdos de la granja que tenía.
Los faisanes, sólo un par, adornaban la granjita
contorneando con su cola y encogiendo sus alitas
simulaban paseíllos de las plazas más taurinas,
como aquel Paco Camino que sus pasos dirigía
al compás de las orquestas sobre arenas movedizas…
Esto sí que es un faisán, ¡cuántas veces repetía
recordando la elegancia cuando el macho presumía
y ofrecía sus amores a su esposa, tan sumisa,
convencida por “su hombre”, totalmente seducida...!
Y la anciana se nos ríe refrescando su carita
con caricias de los vientos que terminan en su esquina…
Y también con su cerdito maravillas ella hacía;
le seguía al regadío imitando a su perrita;
recogía las patatas, las acelgas, las endivias,
los melones y tomates y aun incluso hasta las guindas
que, maduras y pasadas, a la tierra se caían…
Un cerdito “diez” en todo, de presencia y gran valía.
Y la abuela le regala al cerdito una sonrisa
que ella cree, ya de anciana, que él muy bien la merecía.
Y me quedan las palomas… ¡Ay, mis pobres palomitas…!
No les falta trigo ni hiero ni los granos de negrita…
(Continuará mañana.)
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