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Mi pequeña granja (I)
Ángel Sáez
POR JESÚS ARTEAGA ROMERO
Hoy la abuela, como siempre, sigue firme allá en su silla,
observando a aquellos niños que, mirando su cajita,
no comprenden que una anciana de ella saque mil sonrisas.
La mirada de la abuela en su caja queda fija;
y le viene otro secreto de los muchos que tenía,
recordando que su casa era casi una granjita…
Una granja muy casera, ordinaria y pequeñita;
pero en ella hay un cerdito, unos patos y gallinas;
conejitos y faisanes y unas pocas palomitas;
por supuesto, no faltaba la mejor de sus amigas:
la perrita que en el bosque la encontró cuando era niña,
dominada por el sueño a la sombra de una encina.
Y la abuela se sonríe recordando a las gallinas
y a un gallito que tenía con su cresta alicaída…
Era poco como gallo y eran muchas las gallinas…
Y estas cosas a la abuela le producen más que risa,
pues tenía dos culecas que sus nidos sí que hacían;
y ponían hasta huevos, pero nada de hacer crías…
Era un gallo un poco gay y no le iban las gallinas;
y la abuela, siendo joven, no perita en picardías,
sí notaba que algo raro les pasaba a las pollitas;
y por culpa, como siempre, de ese gallo que tenía
una cresta colorada pero siempre alicaída…
Y la abuela, a carcajadas, recordaba sus malicias.
No eran muchos, mas bien pocos, los conejos que tenía;
pero cinco o seis al mes su familia se comía;
es su carne deliciosa y muy rica en proteínas;
y, además de carne fresca, era buena, blanda y fina…
Si triunfó con los conejos, fracasó con las gallinas
y por culpa del idiota de la cresta alicaída…
Y la abuela sonriendo con sonrisa sibilina…
Dos parejas de patitos pisoteaban su granjita;
eran pocos, pero majos; blancos unos y con pintas,
y los otros “perdigueros” como toros que se lidian.
(Continuará mañana.)
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