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Etiquetas:   Opiniones de un paisano   -   Sección:   Opinión

El símbolo de Nikko

Mario López
Mario López
domingo, 10 de mayo de 2009, 08:52 h (CET)
La monarquía parlamentaria liderada por PP y PSOE nos tiene acostumbrados a demasiados malos usos, abusos y –lo que es peor- a la nefasta costumbre de vivir instalados en la mentira. Desde el rey Juan Carlos, sucesor e hijo político de Francisco Franco, hasta el alcalde del último pueblo perdido en la piel de toro, nos tienen acostumbrados a ver, oír y callar, que es la peor versión de lo que aconsejan los monos sabios del mausoleo de Toshogu.

Cuenta la leyenda que el símbolo de Nikko son los 3 monos sabios, que ocultan su sabiduría tapando con sus manos su boca, oídos y ojos. “No escuches ningún mal, no hables ningún mal y no veas ningún mal”. Nosotros llevamos treinta años viendo y oyendo muchos males y, curiosamente, lo único que hacemos es callar. En parte por complicidad, en parte por miedo, en parte por abulia. El sistema PP-PSOE es una poderosa máquina de cosechar votos que le permiten aplicar una rigurosa política pactada desde el franquismo. Y, como todo sistema monolíticamente instalado en el poder, genera una gran dosis de corrupción. Pero por encima de los muchos cohechos, prevaricaciones y desfalcos al erario público que hayan podido cometer nuestros sucesivos administradores -aún siendo ingentes-, la peor maldad que nos ha deparado este sistema es la capacidad que tiene de pervertir la verdad de las cosas con el consentimiento de la ciudadanía. Cada vez que les hace falta, el sistema PP-PSOE decide que el blanco es negro y que la noche la mañana, y la ciudadanía asiente con la más pasmosa mansedumbre. Hoy estamos asistiendo a la mayor eclosión de cinismo sistémico jamás recordado. El fraude electoral en Euskadi, la corrupción amparada por los gobiernos regionales de Madrid y Valencia, el aluvión de mentiras cruzadas entre los unos y los otros acerca de todos los asuntos que nos afectan. Es verdaderamente sobrecogedor y debería hacer que saltara el resorte de la responsabilidad ciudadana. Pero no es así. Es más que evidente que en una sociedad como la nuestra, regida por este sistema, es enormemente difícil plantearse una convivencia gratificante para la mayoría de la población. Pero mientras la ciudadanía no decida asumir el papel que le corresponde, no nos queda otra que bailar con la más fea.

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