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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Esa felicidad encontrada

María Romo de Oca
Redacción
sábado, 9 de mayo de 2009, 14:04 h (CET)
De entrada, hoy me acuerdo de Pablo. Era un chaval de nueve años que cogió una hepatitis y vivía enjaulado en su habitación. La madre, una periodista amiga, me contó el susto. Fue a ver a Pablo y lo encontró de codos en el alfeizar de la ventana, mirando la calle. ¡Pero hijo! A la cama. ¿Qué haces ahí? Y Pablo contestó sin inmutarse: “Veo la vida pasar”.

Ver la vida pasar. ¿Alguien ha hecho la prueba? Os invito. Dios mío, que cosa tan inefable. Yo también estuve cinco días encerrada, por prescripción del médico de cabecera de la Seguridad Social. Tal vez por la crisis, han suprimido en todas las corporaciones, incluida TVE, las aseguradoras médicas. Se acabó el lujo de que te recibieran en urgencias con los brazos abiertos.

Estoy encantada porque, sin yo saberlo, me han encontrado la garganta hecha polvo. Tres antibióticos de caballo y a vivir otra vez. ¿Habéis sido enfermos convalecientes? Ahí es donde Doctoyeski borda al ser humano.

Se abre un poquito el balcón, entra un rayo de luz, se ve saltar el polvo, como partículas de oro, ¡qué espectáculo! Que bello es vivir. Yo lo comprobé paseando por el Madrid antiguo. Está de dulce. Por primera vez, el calor de la tarde llegaba hasta los huesos. Y pude ver, como Pablo, la vida pasar.

Ver la vida pasar es una mezcla extraña. Es una felicidad, con algo de nostalgia pero que no quita la alegría. Y esto debe alegrarnos a todos. No tenemos perdón de Dios si, a pesar de los pesares, no somos felices. Porque la felicidad, es algo tan sencillo como respirar el aire fresco de los días buenos.

Y, como todo cambio de estación supone un relanzamiento, se trata de hacer algo distinto de lo habitual, encontrar hueco a esos pequeños deseos absurdos que todos tenemos, esas raíces dormidas que tienen derecho a brotar.

No hay mejor remedio que sacudir la monotonía cotidiana, romper con los compromisos y prejuicios que nos roban lo mejor de nosotros y ponerse en marcha.

No se por qué, recuerdo la entrevista de un famoso autor teatral, creo que Henry Miller. Para él, el único afán de su vida había sido la felicidad. Le parecía tocarla con los dedos tras el éxito, la ambición o el amor.

Por desgracia, nunca pudo conquistarla del todo. Y, al final, comentaba feliz que la había encontrado donde nunca se le habría ocurrido buscarla: en las pequeñas cosas cotidianas. Una revista, una charla entre amigos, un paseo en calma, una copa, unas flores, pequeñas cosas que disfrutaba, de vuelta a sí mismo.

Me pregunto por qué todos tenemos la manía de sentirnos imprescindibles, de creer que si no hacemos esto o aquello el mundo entero se viene abajo. Es esta eficiencia calculada la que nos impide descubrir el enorme gozo de lo inútil.

Entre las obligaciones que todos nos hemos creado, hay que conseguir momentos en blanco para ver la vida pasar y reírnos un poco de todo, incluidos nosotros. Para amarlo todo, de una manera nueva, sin crispaciones ni ansiedad.

Cada ciudad esconde caminos increíbles que nos asombrarán cuando queramos relajarnos. Y tiendas que nos encantan con su moda “vintage”, sus anticuarios modestos y esos mesones deliciosos, a la hora de tomarse un vinillo, porque, ya se sabe, con pan y vino se anda el camino.

Hay que buscarle a la vida su pequeña y su gran aventura. Sentir el corazón ilusionado latiendo por todo. Sólo a golpe de corazón descubrimos la ruta de los sueños.

De repente, nos sentimos felices. Eso es todo.

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