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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group   -   Sección:   Opinión

El gran evasor fiscal desmitificado

Robert J. Samuelson
Robert J. Samuelson
sábado, 9 de mayo de 2009, 08:45 h (CET)
“(El código fiscal estadounidense está) lleno de vacíos corporativos que hacen totalmente legal que las empresas se salven de pagar su justa contribución.” Presidente Barack Obama, 4 de mayo.

Nos guste o no, el nuestro es un mundo de compañías multinacionales. Casi todas las empresas insignia de América (Coca-Cola, IBM, Microsoft, Caterpillar) son multinacionales, y el proceso funciona en ambos sentidos. En el ejercicio 2006, las operaciones estadounidenses de compañías extranjeras dieron trabajo a 5,3 millones de empleados. La inminente adquisición de Chrysler por parte de FIAT nos recuerda una vez más que gran parte del comercio es transnacional.

Para la mayoría de la gente, el de la empresa multinacional es un concepto preocupante. La lealtad pesa. Nos gusta pensar que "nuestras empresas" satisfacen el interés nacional en lugar de recorrer el mundo simplemente en busca de la mano de obra más barata, las regulaciones más distendidas o los impuestos más bajos. Y el asunto de los impuestos es especialmente espinoso: ¿cómo se puede cobrar a las multinacionales en concepto de los beneficios que ingresan fuera de los países donde están radicadas?

Escuche al Presidente Obama y el estatus quo parecerá una sima. "Vacíos" profundos ingeniados por "lobistas muy bien relacionados "permiten a las compañías estadounidenses salvar impuestos estadounidenses y deslocalizar puestos de trabajo a países con reglamentos fiscales menos estrictos. De forma que el presidente propone cegar los agujeros. Parte de los puestos de trabajo volverán a Estados Unidos, y las arcas estadounidenses crecerán alrededor de 210.000 millones de dólares a lo largo de la próxima década.

Suena estupendo -- y así es como se difundió la noticia. “Obama Pone Miras en Evasores Fiscales a Ultramar," titulaba The Washington Post. Pero la realidad es más lóbrega; la retórica acusatoria del presidente perpetúa muchos mitos.

Mito: ayudadas por esos lobistas de bolsillos saneados, las multinacionales estadounidenses están escasamente gravadas -- menos que sus homólogas extranjeras.

Realidad: la diametralmente contraria. La mayor parte de los países no gravan en absoluto los beneficios ingresados en el extranjero que registran sus multinacionales. Suponga una multinacional suiza con operaciones en Corea del Sur. Paga el impuesto de sociedades coreano del 27,5% y puede ingresar en sus cuentas lo demás completamente libre de impuestos. Por el contrario, una empresa estadounidense afincada en Corea paga el impuesto coreano y, si repatría los beneficios, se enfrenta a un tipo fiscal del impuesto de sociedades estadounidense del 35%. Las empresas estadounidenses pueden evitar el impuesto estadounidense no repatriando los beneficios (como es natural, muchas lo hacen), y cuando son repatriados, las empresas obtienen una rebaja en concepto de impuestos abonados en el extranjero. En el caso que nos ocupa, pagarán la diferencia entre el tipo fiscal coreano (el 27,5%) y el tipo estadounidense (el 35%).

Mito: cuando las multinacionales estadunidenses invierten en el extranjero, están destruyendo puestos de trabajo estadounidenses.

Realidad: no es así. Claro, muchas firmas estadounidenses han clausurado fábricas estadounidenses y abierto plantas de fabricación en otros sitios. Pero la mayor parte de las inversiones realizadas a ultramar por empresas estadounidenses están orientadas a los mercados locales. Sólo el 10% de su producción extranjera es reexportada a Estados Unidos, explica el economista de Harvard Fritz Foley. Cuando Wal-Mart abre unos almacenes en China, no cierra otros en California. Haciendo cuentas, todas las ventas extra del extranjero generan puestos de trabajo estadounidenses en concepto de gestión, investigación y desarrollo (casi el 90% del I+D de las multinacionales americanas tiene lugar en territorio estadounidense) y exportación de repuestos. Un estudio de Foley en colaboración con los economistas Mihir Desai, de Harvard, y James Hines, de la Universidad de Michigan, estima que por cada incremento de la nómina a ultramar de las multinacionales estadunidenses de un 10%, sus nóminas estadounidenses se elevan casi el 4%.

Mito: tapar vacíos fiscales corporativos de las sociedades que operan en el extranjero mejorará de manera dramática las perspectivas presupuestarias mientras las empresas abonan su parte "justa”.

Realidad: ni en sueños. El aumento proyectado de 210.000 millones de dólares en las arcas públicas a lo largo de los 10 próximos años -- un dinero incluido ya en los presupuestos de Obama -- apenas representa la sexta parte del 1% de la recaudación fiscal de la década estimada en 32 billones de dólares, según proyecta la Oficina Presupuestaria del Congreso. Lo que es peor, la Oficina calcula que los déficits sin fin en los que incurrirá Obama durante la década alcanzarán en total la sobrecogedora cifra de 9,3 billones de dólares.

Si las propuestas de Obama llegarán a generar o no algún puesto de trabajo en Estados Unidos es una cuestión en el aire. Siendo puristas, Obama subirá los impuestos a los beneficios de las multinacionales estadounidenses registrados en el extranjero limitando el uso del aplazamiento del pago de impuestos de hoy día y la deducción por pago de impuestos en el extranjero. Gravar de manera más acusada la inversión en el extranjero, reza la teoría, daría prioridad a la inversión en Estados Unidos.

Pero muchos expertos están seguros de que su propuesta destruirá en la práctica puestos de trabajo estadounidenses. Al estar más fuertemente gravadas, las empresas multinacionales estadounidenses tendrán problemas para competir con sus rivales europeas y asiáticas. Algunas operaciones estadounidenses en el extranjero se podrían vender a empresas extranjeras que disfrutan de ventajas fiscales. De cualquiera de las formas, las operaciones de apoyo dentro de Estados Unidos pagarán el pato. “Se pierden parte de los buenos puestos de trabajo profesionales y de dirección en lugares como Chicago y Nueva York,” afirma Gary Hufbauer, del Instituto Peterson.

Incluyendo los impuestos estatales, el tipo fiscal corporativo máximo de América supera el 39%; entre las naciones ricas, sólo Japón está por encima (por poco). Sin embargo, el tipo fiscal estadounidense que se impone se ve reducido mediante ventajas -- nacionales en su mayor parte, no extranjeras -- que también hacen más complejo el sistema y lo encarecen. Como sugiere Hufbauer, Obama habría hecho mejor bajando el tipo máximo poniendo fin a muchas de las ventajas. Eso rebajaría los costes de conformidad e implicaría menos distorsiones. Pero esta clase de propuesta sería mucho más difícil de vender. Obama sacrificó el contenido en aras del continente.

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Diario SIGLO XXI dispone de los derechos de publicación en exclusiva para medios digitales españoles de este y muchos otros columnistas del Washington Post Writers Group.

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