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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group   -   Sección:   Opinión

El candidato fantasma

Marie Cocco
Marie Cocco
sábado, 9 de mayo de 2009, 08:42 h (CET)
Nunca entendí el atractivo de John Edwards. No espero por tanto que el nuevo libro de Elizabeth Edwards, o el cansino bombardeo mediático que acompaña a su publicación, cambien de pronto mi forma de pensar.

Vi por primera vez a Edwards en uno de sus primeros actos de campaña presidencial en New Hampshire durante el verano de 2003, y quedé desconcertada. Había detenido su autobús de campaña frente a una pequeña plaza de ladrillo rojo, niños adorables por doquier y, según recuerdo, "Small Town" interpretada por John Mellencamp sonaba como música de fondo. La canción estaba pensada para atraer a los votantes rurales y era extraño escuchar una oda a la vida en el campo en plena hora de comer en el centro de Manchester, que no es una ciudad particularmente pequeña, ni rural, ni del Sur. Pero el hijo del obrero pobre era el fetiche de Edwards para la campaña de 2004, y siguió utilizándolo.

No había mucho que distinguiera a Edwards del resto de la clá Demócrata, excepto que tenía menos experiencia administrativa que sus principales rivales, John Kerry y Howard Dean. No estaba vinculado a una causa, como lo estaba Dean a la oposición a la guerra de Irak, ni Kerry, que inició su carrera política como militar contrario al conflicto de Vietnam. Edwards no había redactado legislaciones importantes, y no había impulsado una propuesta de campaña que era cualquier cosa menos genéricamente Demócrata.

Edwards no había finalizado su primer mandato de senador de Carolina del Norte cuando se presentó a presidente, de manera que contaba con escaso apoyo de la opinión pública. Casi todo lo que se sabía de él procedía de su propio historial de su apasionada representación de las familias defraudadas a las que representaba como picapleitos, una opción que le había hecho rico.

Nadie supo predecir que la vida política de Edwards terminaría en una debacle tan espectacular, con el descubrimiento de que había tenido una aventura -- y probablemente un hijo -- con una especialista de imagen de la campaña. Él y su esposa externamente noble Elizabeth ocultaron esto a los votantes, al personal de campaña y a los donantes incluso cuando él hacía campaña en 2008 como hombre de familia que valoraba, en particular, su relación con su esposa que se debatía con un cáncer. Ahora sabemos que Edwards está siendo investigado por canalizar fondos de campaña a la amante, y ha difundido una declaración calculada al milímetro que afirma que "ningún dinero de mi campaña" se utilizó incorrectamente. Eso no descarta puntualmente que a partir del laberinto del resto de las organizaciones políticas pudiera haber salido algún dinero. Estoy segura de que la fiscalía federal terminará solucionando todo el embrollo.

Aún así no debería preocuparnos Edwards, como los demás políticos absortos en sí mismos que toman parte en comportamientos autodestructivos. Más me preocupaba que Edwards se convirtiera en un doble aspirante presidencial y candidato a vicepresidente en 2004 basándose en poco más que su propio bombo.

Esto fue suficiente para dejar de piedra al conglomerado mediático-político, no una vez sino dos veces.

Pocos profundizaron en la decisión de Edwards de renunciar a la campaña de reelección en Carolina del Norte -- donde las primeras encuestas sugerían unas inciertas posibilidades de victoria. Hacia el final de las primarias Demócratas de 2004, Edwards había ganado tan sólo dos rondas en Carolina del Sur y Carolina del Norte, donde su victoria en el Comité se produjo después de haber abandonado formalmente. Aún así fue tomado lo bastante en serio para ser promocionado (por él mismo y por los promotores de la opinión mediática generalizada y demás parásitos) como candidato Demócrata compañero de lista de Kerry.

Edwards era un sureño y un buen activo de campaña, y los Demócratas necesitaban ganar en un estado del Sur, rezaba el argumento. Por alto se pasaba el hecho de que el candidato presidencial del partido en el año 2000 era Al Gore, un habitante del Sur que había luchado por la región, como la mayor parte de los Demócratas contemporáneos.

Cuando Edwards se volvió a presentar en el año 2008, otra idea volvió a ser pasada por alto: había fracasado a la hora de decantar a su estado natal por los Demócratas en el año 2004, y en la práctica es que ni siquiera estuvo cerca. Esto solía considerarse un pecado de proporciones considerables, pero de alguna manera Edwards escapó de rendir cuentas. Ello no hizo que muchos de los tertulianos mediáticos ni organizadores civiles ni el lobby de los activistas de Internet se detuvieran en el hecho de que un candidato incapaz de ganar compromisarios en Carolina del Norte en el año 2004 no podía ganar a nivel nacional en el año 2008.

Lo que Edwards sí fue considerado siempre en las altas esferas de los candidatos de 2008 era una broma pesada.

La imagen y la manipulación están en todas las campañas. Pero desmontar la imagen se ha considerado siempre tarea de los medios, o al menos solía ser así. Que nosotros ayudáramos a encumbrar a Edwards como figura de carácter nacional y ahora hagamos la promoción del libro de su mujer como historia digna es una muestra no sólo de lo que ha salido mal con ellos, sino de lo que no funciona entre nosotros.

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Diario SIGLO XXI dispone de los derechos de publicación en exclusiva para medios digitales españoles de este y muchos otros columnistas del Washington Post Writers Group.

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