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Etiquetas:   Madres   -   Sección:   Opinión

A mi madre

“Ser madre es dar hasta que duela y cuando duela, dar todavía más” Teresa de Calcuta
César Valdeolmillos
domingo, 1 de mayo de 2016, 11:31 h (CET)
La figura de la madre ha sido venerada desde los tiempos de la antigua Grecia, celebración que en el transcurso de los tiempos, se extndió a todo el mundo.

La madre es la única fuente inagotable de amparo. Tanto, que su ausencia hace que surja en nosotros el temor infantil a sentirnos desprotegidos. Las madres son inmortales, incluso después de haber dejado el mundo terreno. Y lo son, porque constituyen el germen de nuestra existencia.

Sufrir el infortunio de perder a la madre a tierna edad, cuando más necesaria nos es su presencia, su mirada y su consejo, causa un irremplazable vacío en lo más profundo de nuestro ser. Surge el miedo a lo desconocido, porque es como si nos encontrásemos en un mundo ajeno a nuestra propia existencia, sin guía, sin Norte y sin brújula.

La sed inagotable de ese amor incondicional que solo una madre es capaz de dar, con frecuencia nos convierten en esponjas emocionales de los afectos que nos rodean. Como si el exceso de hoy, pudiera suplir las ausencias del pasado. Como si las lágrimas de ayer, pudieran ablandar la dureza de la soledad.

La madre es ese ser, que asomada a la ventana de la vida, contempla vigilante la andadura de sus hijos por el sendero de su existencia. Quizá la distancia, no la del espacio, si no la del tiempo, no nos permita ver como como su mirada se pierde en la infinita melancolía de aquellos días en los que amorosamente nos rodeaba con su brazos mientras nos amamantaba; el recuerdo de aquellos atardeceres en los que vigilante siempre, contemplaba nuestros inocentes juegos infantiles; de aquellos momentos, en los que con paciente entrega, nos auxiliaba en el cumplimiento de nuestros deberes escolares. Imágenes tan lejanas en el tiempo y tan presentes en el corazón.

Hoy, cuando el paso el paso del tiempo ha tintado de plata su cabello; cuando las constantes renuncias y sacrificios han dejado la huella en sus deformadas manos; hoy la miro con la inmensa ternura que me produce su infinita abnegación, e intuyo ese mundo de ilusionantes proyectos de vida, que día a día, a base de entregarse incansablemente a los suyos, se fue perdiendo en la profundidad de los surcos que la vida aró en su rostro.

Son muchos los otoños que ha visto pasar. Quizá más de los que biológicamente cabría esperar. Como en un círculo, ha vuelto su niñez y vive en el mundo que para ella un día fue. Ya no me puede ver. No sabe que estoy a su lado, contemplándola con inmensa veneración por todo lo que ella me ha dado y por lo que representa en mi vida. Ya no puedo hacerle ningún regalo que pueda ilusionarla como aquellos dibujos que le hacía en mi infancia y que como un tesoro de incalculable valor, aún conserva en la profundidad de algún cajón entre los recuerdos testigos de su andadura. Solo puedo brindarle la dulzura de una caricia, en la esperanza de que la sienta en su corazón y al oído decirle: Madre, perdóname todas las angustias y zozobras que te haya podido proporcionar, y sobre todo, por todas las veces que no te dije ¡Te quiero!. Por su estado, sé que ella no puede oírme y sin embargo, cuando cojo su mano entre las mías, ella, que nunca dejará de ser madre, se estremece de alegría y exclama ¡Ay, mi hijo!
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