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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

Los derrochadores

Ángel Ruiz Cediel
Redacción
viernes, 8 de mayo de 2009, 06:57 h (CET)
«El loco y su dinero nunca están mucho tiempo juntos», reza el aforismo británico para referirse a la conducta habitual de los nuevos ricos, y nada más apropiado que traerle a cuento para definir el proceder de algunos —casi todos— de nuestros dirigentes políticos, con especial hincapié en Zapatero y Gallardón. El otro aforismo que vendría a cuento es el que usábamos en los ochenta quienes nos dedicábamos a la alta dirección de empresas, el cual manifestaba que «Nada hay más peligroso en una organización que un idiota con iniciativa», pero no lo uso como cabecera en esta ocasión para evitar pieles finas, vanos orgullos y sensibilidades extremas que se fijarían más en el dedo del posible insulto que en las estrellas del contenido.

Malo es que no se deje de hablar en televisión de cocina, postres, tapas y exquisiteces culinarias en un país donde ya se va materializando el fantasma del hambre —imagínese en el mundo mismo, adonde llegan las ondas—, pero que además nuestros políticos se dediquen al derroche como si fueran nuevos ricos, dilapidando el futuro de al menos dos o tres generaciones nonatas, no deja de ser de una frivolidad que bien merecería no sólo su proscripción, sino también un poquitín de severidad justiciera. El espejismo de una supuesta bonanza económica de algo más de un decenio volvió locos a buena parte de la población, creyendo que el dinero era algo así como una infestación similar a la gripe o que les caía del cielo como un chaparrón, en el falso credo de que se lo merecían, entretanto lo grueso de la población, verdadera fuente de sus ingresos, se empobrecía y se endeudaba, trasplantando al presente de algunos treinta o cuarenta años de su futuro. La realidad, tan tozuda como implacable, se ha encargado de evidenciar el error, gritando con hechos que el de la boina sigue siendo el de boina aunque tuviera un respiro, y el inconsciente sigue siendo un iluminado aunque transitoriamente consentido por esta sociedad que en su enajenación optó por el espectáculo, aun en política, cuando pudo hacerlo por la capacidad.

Zapatero, en pleno uso de su recursos intelectuales ha decidido, después de incontables planes estrepitosamente fracasados, superarse a sí mismo invirtiendo la nada despreciable cantidad de cincuenta mil millones de euros (ocho billones y medio de las antiguas pesetas, o, lo que vale lo mismo, un tercio del PIB) en poco más que tirarlo a la basura, cuando en España hay más de un millón de familias que no tiene empleo ni derecho a prestación alguna, viéndose obligados, o a la mendicidad, o a la economía sumergida o a la delincuencia. Ya hemos visto que con los planes de las cejas y chupópteros aduladores de cazo y guiño, tan de moda en esta legislatura spokiana, se plantan flores, se arman y desarman aceras y cosas por el estilo, ninguna de las cuales puede crear futuro simplemente porque son pan para hoy y hambre para mañana, además de deuda para las futuras generaciones. Un despropósito, en fin. Ya hace tiempo, casi un año, en ésta y otras columnas apunté a una solución cuando menos interesante: la vuelta al campo, la creación de poblados agrícolas y ganaderos dotados de todos los implementos tecnológicos. Lo que parecía un plan exagerado ya se ve que no lo es tanto no sólo porque soluciona un problema para siempre, sino porque con una inversión semejante se podrían construir casi sesenta poblaciones de nuevo cuño (con sus tierras y tecnología punta) dando cobertura indefinida a más de medio millón de personas. Un plan con futuro contra otro derrochador que sólo genera dolor, gasto y deuda. Sin embargo, se opta por esto. Todo un lujo, y sólo es un plan más de Zapatero. Tal vez ahora, los que tanto se han quejado de que el gobierno no hacía nada comprendan a los que sosteníamos que la inacción era la mejor de posibilidades.

En cuanto a Gallardón, qué decir que no duela. A él le va lo faraónico, aun en las deudas, y, en un tiempo de carestía y fata de recursos, de desempleo y casi hambre, se dedica con su iluminismo tradicional a la francachela y a derrochar en lo que sea que le dé pote, intentando con el dinero de los demás hacerse un hueco en la Historia. Nada más español que los delirios de grandeza. Por segunda vez, con un gasto de locos y endeudando Madrid hasta más allá de sus posibilidades, se obstina en convertir la capital en sede de los JJOO haciendo navegable el Manzanares. Un desquicio de dimensiones inenarrables no sólo por cuanto la misma historia dice que los JJOO no se celebran dos veces en el mismo continente, sino porque además no puede competir con Brasil o Chicago en estos tiempos de espectáculo político, y en ambas ciudades hay actores-presidentes en la picota de la moda, en tanto España ha salido por la puerta de atrás del espectáculo político internacional. No hay posibilidad alguna de ganar —todos lo sabemos—, y todos esos millones que derrocha más y mejor utilidad tendrían creando empleo con su inversión en nuestras empresas, o en los mercados internacionales en los que todavía tenemos alguna oportunidad.

Nada raro, en fin. El decadente espectáculo de la televisión-basura y la prensa-basura llegó a la política y se endiosó a pillos, plumíferos y divos de linda imagen. Así está el mundo, y de ahí la crisis que nos encenaga. Dentro de ellos, sin embargo, como en el otro espectáculo, no había nada, y estos son los resultados. Tal vez tengamos suerte a pesar de todo y la siempre pertinaz crisis dure lo bastante como para que la enajenación colectiva remita, recobremos el juicio y volvamos a optar por el contenido sobre la apariencia. Ahora no estamos sino pagando el cheque de nuestra locura. Queríamos espectáculo, y lo tenemos; tuvimos la oportunidad de construir desde los haberes, y optamos por hacerlo desde la risotada y la lindura: ahora hay que pagarlo. Nada es gratis en la vida: nada.

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