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El ocaso de la corbata

Miguel Ángel Sánchez
Redacción
jueves, 7 de mayo de 2009, 06:13 h (CET)
Hoy cedo el espacio a la colaboración de una persona identificada y querida, quien por razones de pudibundez me pide publicar y guardar su anonimato. Los lectores apreciarán que estamos ante el texto de un experto que además posee un fino sentido del humor. El autor piensa que esta emergencia nacional dejará algunas cosas buenas, entre ellas un avance en la cultura cívica y de la prevención y otra… ¡la eliminación de la corbata!, esa prenda inútil y vana que normalmente se coloca alrededor de un gran ego. A mi me hubiera gustado escribir este texto, y sin problemas pude haber reclamado su paternidad, pero el pudor profesional me obliga a colocar este aviso. Vale.

Resulta que Fox no cometió uno más de sus memorables dislates cuando envió saludos a Berlusconi quien estaba enfermo de “influencia”: sólo hablaba en italiano antiguo.

Hacia el siglo XV, en italiano se empleaba la palabra para referirse al contagio de una enfermedad, entendido como la ‘influencia’ que la dolencia de una persona ejercía sobre otra. Durante algún tiempo mantuvo este sentido y también el de ‘brote’ de alguna enfermedad.

La palabra italiana, tomada del bajo latín influentia, ya era empleada con ese sentido en tratados de medicina desde el siglo XIV. Los historiadores recuerdan que en 1504 hubo en Italia una epidemia de fiebre escarlatina, que se llamó influenza di febre scarlattina (epidemia de fiebre escarlatina). Dos siglos más tarde, en 1743, surgió, también en Italia, una gran epidemia de gripe, que en poco tiempo se extendió por toda Europa, que se llamó influenza di cattarro (brote o epidemia de catarro), nombre que luego se abrevió a influenza y restringió su significado a la gripe.

Esta palabra ya había sido adoptada en el francés en 1782 como denominación de la gripe, y por la misma época llegó al inglés. En 1843 aparece por primera vez en esta última lengua bajo la forma flue, en una carta en la que el poeta inglés Robert Southey informaba que estaba afectado de gripe. Esta grafía pasó más tarde a la actual flu. En español, el registro más antiguo que encontramos data de 1895, en la pluma de Benito Pérez Galdós, en su Torquemada y San Pedro: “A las nueve, bajó Cruz del Águila, dando el brazo a su amiga Augusta, y por la escalera se lamentaban de que Fidela, retenida en cama por un pertinaz ataque de influenza, no pudiera asistir a la misa. Pasaron al salón, y del salón, juntas con las otras damas, a la capilla, ocupando sitios de preferencia en el presbiterio”.

En el Diccionario de la Academia, este nombre de la gripe sólo apareció en la edición de 1927 definido como “italianismo por trancazo o gripe”.

Hace una semana, todos estábamos en la zozobra... que provoca, sí, el enfrentarse a algo desconocido. Estamos de acuerdo en eso, mas no en que se exageraron las medidas o la percepción colectiva de riesgo...

¿Que el bicho ha resultado menos contagioso y letal de lo que se pensó en un principio? ¡Albricias! Lástima que más de 150 mexicanos no puedan decir lo mismo. ¿Que la influenza estacional mata a cientos de miles cada año? Todo un dato. Sin embargo, para una existe una forma efectiva de protección “extrínseca” (una vacuna), en tanto que para la otra sólo contamos -por el momento- con la capacidad de generar una cultura de la salud. El cólera dejó grandes enseñanzas en ese sentido. El miedo a contraerlo ayudó a disminuir las defunciones por Enfermedad Diarreica Aguda (EDA) en la mayor parte de los países del continente, particularmente entre los menores de 5 años. Insisto: no teníamos información de a qué nos estábamos enfrentando.

Creo, por otra parte, que esta experiencia nos debe dejar grandes enseñanzas. Si nuestras autoridades no están preocupadas por el altísimo nivel de desconfianza de la sociedad civil es porque son rotundamente imbéciles, sin duda. Si las autoridades de salud no están ocupadas en mejorar el sistema de vigilancia epidemiológica, tenemos un problema muy grave en nuestro país. Vean críticamente lo siguiente: la mamá de un amiga cercana enfermó de una fuerte gripa a principios de abril, se atendió en una clínica privada y se recuperó sin grandes problemas. ¿Supo de ese caso la autoridad sanitaria? ¡Por supuesto que no! Y bajo el supuesto de que haya sido por el nuevo bicho, ese caso puso en riesgo a un buen número de personas. Imaginen que su capacidad de contagio y letalidad fueran superiores a las mostradas hasta ahora. ¿Qué estaría pensando mi amiga si hubiera contagiado a algún miembro de su familia?

Por otra parte, este evento nos lleva a revisitar muchos de esos pequeños hábitos que conforman los grandes pilares en que se sustenta nuestra convivencia y estilo de relación con los demás en lo colectivo. Si la emergencia logró mejorar aunque sea un poco la percepción de riesgo y lleva a que la gente se lave las manos con más frecuencia, ya ganamos. Quizás tengo excesiva confianza en los humanos, mas sí creo que muchos no pensarán igual respecto a ciertas medidas básicas de higiene después de esto. Y desde lo individual es más complejo aún: muchos han visto coartada su libertad de movimiento, incluso a la distancia, como yo. ¿Cómo introyectas el hecho de que no puedes desplazarte a tu libre albedrío? ¿Qué hacer con tanto tiempo libre, sin recurrir a las opciones consumistas sobre las que se sustenta nuestro estilo de vida? ¿Cómo te comunicas con los hijos, con la pareja, con el perro, después de 48 horas de encierro, cuándo ya todos los posibles temas se han agotado? ¿Cómo lidias contigo mismo? El tedio es un mar aceitoso y oscuro que agobia a cualquiera. En fin... desde la distancia creo que hay mucho que aprender de este evento, sin duda. Y también, que una vez más quedó demostrado que pese a toda la tecnología y amenidades de las que disfrutamos hoy día, en el fondo seguimos siendo esos pobres cuasi humanos que temen profundamente a la oscuridad.

Molcajeteando…
Desde la bella Lima mi amigo y colega Juan Gargurevich manda la siguiente reflexión, titulada “El periodismo que nació con una peste”.

Daniel Defoe solo tenía cinco años cuando una terrible peste asoló Londres matando a no menos de cien mil personas, entre los años 1664 y 1666. Era pues un sobreviviente. Pero el impacto de la tragedia había marcado tanto la memoria londinense que el gran escritor no tuvo problemas para recoger testimonios, historias, y redactar el libro Diario del Año de la Peste que fue publicado en 1720.

Algunos tratadistas lo describen como el “primer gran reportaje” de la historia del periodismo, calificación difícil de aceptar porque Defoe no estuvo allí y sólo contó lo que le contaron, añadiendo de su imaginación lo necesario para convertir aquel relato en una novela, pero histórica. Ya lo había hecho poco antes con su célebre personaje “Robinson Crusoe”, que recogía la historia del marinero inglés Alexander Selkirk abandonado por castigo en un isla desierta (peripecia que recogió también Garcilaso de la Vega, como se recordará).

Defoe se enfrentó entonces al dilema de combinar el relato de cosas que efectivamente sucedieron con ingredientes literarios que enriquecieran el relato, creando así una pieza de clasificación difícil pero sobre todo sentando bases para lo que muchos años después llamaríamos “Nuevo periodismo”. Las herramientas de la literatura aplicadas al periodismo, ni más, ni menos. La historia es contada en primera persona por un personaje que es “inspector” y que recorre Londres. Va relatando los esfuerzos de sobrevivencia, los dramas de las familias que se encierran y van muriendo, los sufrimientos de los agonizantes, el problema del entierro de los infectados, la huída de los ricos y la Corte, el incendio al final de la plaga. Es en suma un relato estremecedor, redactado en desorden y sin los cánones actuales y que, efectivamente, se parece mucho a los relatos que presentan los cronistas actuales, aquellos del Nuevo Periodismo.
Hay otras novelas que tienen a la epidemia como eje de la historia, como la célebre La Peste de Camus, que comienza con una invasión de ratas en Orán, en 1940 y casi acaba con la población. Y varios films también, como El húsar en el tejado con Juliette Binoche, que dramatiza una peste en Francia. Pero el Diario de Defoe es una pieza magistral de literatura y periodismo que ningún aspirante a periodista se puede dar el lujo de no leer.

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Miguel Ángel Sánchez de Armas. Profesor – investigador en el Departamento de Ciencias de la Comunicación de la UPAEP Puebla. México.

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