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La victoria de la tiranía

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
jueves, 7 de mayo de 2009, 06:12 h (CET)
Decía Thomas Jefferson que cuando los gobiernos temen a los pueblos la libertad estaba garantizada, pero que cuando eran las gentes las que temían a los gobiernos la tiranía había encontrado su victoria. Yo le temo a mi Gobierno, le temo a mis gobernantes, les temo a los funcionarios, les temo a los antidisturbios, temo las leyes antiterroristas y temo a la SGAE. Les temo a todos ellos porque coartan, imponen lo irracional de sus voluntades aun a contraley, manipulan la información según sus intereses, conspiran para beneficio de alguno o algunos, abusan del poder que teóricamente les hemos otorgado, se entrometen en nuestras vidas privadas y, sobre todo, asustan y amenazan continuamente.

Sé que debido a lo extremadamente violento de su sociedad no suelen ser frecuentes los casos de norteamericanos modélicos, pero en este caso, qué quieren que les diga, como que Thomas Jefferson expresó con memorable puntería lo que muchos de nosotros pensamos y sentimos. Aquí y ahora, traspongo lo de Thomas y no puedo sino constatar que habito una tiranía porque mi Gobierno me mete un canguelo que para qué cuento. No es sólo el hecho de que en su autismo siga abismo adelante despeñando a España por el precipicio de la incompetencia económica, el desempleo y el emborronamiento del porvenir —que ya es más que bastante—, sino en cada cosita que hace, ya sea tan atroz y nazi como el aborto, tan perverso pero aparente anecdótico como entrometerse en las relaciones familiares y la forma de educar a los hijos, tan manifiestamente aberrante como la discriminación positiva y negativa, tan inconstitucional como que el acusado deba demostrar su inocencia o tan irritantemente chanchullero como la cosa ésa de la SGAE, lo de la compra de votos o lo del alquiler de chupópteros en plan ceja y prebenda. Barbaries supuestamente democráticas impuestas sin referéndum ni consentimiento del pueblo, y desde luego no basta con las decisiones de un Parlamento en el que no se parlamenta, sino que se vota por cuota. Dejo a un lado, por desesperación, todo lo demás, como el desmadre autonómico —ya veremos en qué sangriento conflicto tiene su estación Termini todo esto—, lo del despelote de lo llamado Justicia, lo de la institucionalización de la corrupción, la conversión de España en un ente de servicios y la transformación de una economía industrial en otra especulativa, lo del caos de la educación y el fracaso escolar, lo del martirio de los titulados en lo de Bolonia, lo de su desapego de la realidad y las evidencias, lo de dar moralinas a diestro y siniestro cuando su historia de corrupción llevó a alguno de sus líderes, directivos y ministros a la cárcel —y no fueron juzgados todos lo que eran— y este brujuleo visceral por los planes económicos desquiciados y disparatados que está sumergiendo a España en un maremagno de incompetencia que ya ha producido cinco millones de parados y tiene en el horizonte tres o cuatro más. Miedo, no: espanto me da mi Gobierno.

Mi Gobierno me asusta mucho porque ejerce el poder contra toda lógica y razón, y cualquiera que ostente una cuota de él puede consagrarse a legislar según sus manías en plan dictador —no fumar, no beber, reciclar, no dar un cachete al niño cuando se desmadra, abortar a nenas, la mayoría de edad sexual a los trece años para mayor gozo de los pedófilos, pagar, multar, pagar más, pagar más todavía, etc.—, y, por si fuera poco, crear impuestos adicionales aberrantes que tienen ciertos tufos mafiosos, como la cosa antedicha de la SGAE, en la que una asociación mucho más que dudosa, a través de unos cobradores muchísimo más que dudosos y con unos métodos aún más dudosos todavía, han logrado poder cobrar tributos a costa de consagrar que todo ciudadano sin excepción es un delincuente nato que debe pagar previamente por los delitos que van a cometer después de adquirir un artículo informático-electrónico, todo ello para beneficio de unos cuantos supuestos autores y cantantes afines y sin tener que rendir cuentas a nadie. Toda una concesión de miles de millones de euros porque sí.

Tan centrada está la cultura oficial en este tipo de chanchullos que se ha convertido en anticultura. El cine, tan dado a las subvenciones, y los cantantes, tan dispuestos a obtener prebendas por sus incursiones políticas, serán lo que sean, menos Cultura. Son negocios de teta fofa que obligan a la rebeldía, como rebeldía mostramos a dictadores anteriores. No importa la cara que tenga el tirano, es un tirano ante el que hay que vencer el miedo. Por eso fumo mucho y no voy a ver películas españolas ni compro CDs, entre otras muchas cosas.

Mi Gobierno, en fin, me da mucho miedo porque no legisla ni gobierna ni sirve a los ciudadanos, sino que legisla, gobierna y sirve a algunos ciudadanos y a los demás nos considera poco más que una propiedad o una fuente de recursos, a tenor de lo que vemos cada día, como si pudiera hacer con nosotros lo que le dé la gana: se entromete en nuestra vida privada, nos trata como delincuentes, apalea impunemente a quienes protestan, coarta nuestras libertades civiles, impone a auténticos incompetentes al frente de cualquier institución, hace parcelación de la sociedad permitiendo que ciertos entes puedan imponer tributos a su antojo, da moralinas desde la indecencia y asusta con leyes coercitivas que irruyen allanando la libertad. Mi Gobierno me da miedo, muchísimo miedo. Quién iba a pensar que votando podríamos dar la victoria a la tiranía. Según recuerdo, ni Franco se atrevió a tanto.

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