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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group   -   Sección:   Opinión

La rentabilización de la "política identitaria"

Marie Cocco
Marie Cocco
miércoles, 6 de mayo de 2009, 11:02 h (CET)
En mis casi dos décadas de cubrir al incontrolable ex Senador de Nueva York Alfonse M.D'Amato, el acuerdo entre nosotros ha sido, dicho cortésmente, raro.

Pero hubo un momento extraordinario en el que la buena gestión pública y la buena política coincidieron para conducirme a la alianza con el antiguo senador. Fue el ascenso de Sonia Sotomayor a la segunda circunscripción del Tribunal de Apelaciones de Nueva York -- un cargo que ahora la sitúa en la corta lista de candidatos a ocupar la vacante en el Supremo motivada por la jubilación de David Souter.

Sotomayor creció en el complejo de viviendas del Bronx, hija de una viuda que crió a dos hijos con el modesto salario de una enfermera. Con becas y por lo menos una suma igual de confianza en sí misma, consiguió licenciarse por Princeton y asistir después a la Facultad de Derecho de Harvard. Tras licenciarse, Sotomayor dejó admirablemente a un lado el atractivo de la lucrativa vida de bufete para iniciar una carrera en la fiscalía de Manhattan.

Tenía fama de inteligente, trabajadora, inflexible y personalmente accesible. En 1992, el Presidente Republicano George H.W. Bush la nominó para ocupar un puesto en el tribunal federal de distrito. Tras un mandato ejemplar como juez disciplinar, el Presidente Bill Clinton intentó ascenderla a apelaciones. Como era costumbre por aquel entonces, los dos senadores de Nueva York, el Republicano D'Amato y el Demócrata Daniel Patrick Moynihan cerraron filas para apoyar a Sotomayor.

Ningún gesto de cortesía parecido marcó la respuesta de la dirección Republicana en el Senado. En lugar de eso, un aire de anonimato impregnó lo que se suponía iba a ser un ascenso rutinario. Y el Partido Republicano retrasó la votación más de un año. ¿La razón? Pensó que el ascenso de Sotomayor a la corte de apelaciones daba a Clinton la oportunidad evidente -- si se presentaba -- de nominarla al Supremo dando al Partido Demócrata la oportunidad de llevarse el mérito por elegir al primer juez latino.

D'Amato, que hacia el otoño de 1998 se encontraba inmersa en un difícil enfrentamiento, que acabó perdiendo, por la reelección, estaba siendo intensamente presionada desde los colectivos hispanos entre otros (y el periódico de su ciudad natal, Newsday) para desmarcarse del nombramiento. Con el tiempo lo hizo, aunque a través de una muestra bastante vehemente de tenacidad estilo Nueva York.

Menciono todo esto a estas alturas porque los medios están a rebosar de debates de la consideración evidente por parte de Barack Obama de valerse de lo que se denomina "política identitaria" a la hora de elegir el sustituto de Souter. El término se utiliza con frecuencia con desprecio y es lanzado por los conservadores que afirman, con impecable cara de póker, que factores tales como el sexo o la etnia no deben ser tenidos en cuenta.

Pero los Republicanos del Senado que intentaron bloquear el ascenso de Sotomayor no cuestionaron sus cualificaciones. Ni, en general, afirmaron que fuera demasiado progre. Cuando se convocó la votación, hasta Jesse Helms apoyó a Sotomayor.

Esencialmente, los Republicanos intentaron ejecutar la pirueta de rentabilización de la política de identidad: intentaron impedir que una jurista preparada ascendiera de forma que con el tiempo un presidente Republicano pueda llevarse el mérito político de elegir a un hispano para ocupar un puesto en el Supremo.

Que George W. Bush, que tuvo el privilegio de elegir a dos jueces, colocara a dos hombres blancos en el alto tribunal no fue producto de su desprecio hacia "la política de identidad.” Su primera elección para ocupar la vacante dejada por Sandra Day O'Connor fue otra mujer, Harriet Miers. Su nombramiento fue imposibilitado por activistas conservadores enfurecidos porque Miers carecía de cualquier antecedente de oposición al aborto. Los mismos activistas recibieron con gran entusiasmo la nominación del afroamericano Clarence Thomas para ocupar la vacante dejada por el pionero de los derechos civiles Thurgood Marshall.

El nombramiento de Thomas es, de hecho, una refinada muestra con la que juzgar la indignación de la derecha con el candidato de Obama aún por anunciarse.

Obama ha dicho que va a considerar la lucha vital del candidato y la capacidad de empatía para tomar su decisión, comentarios que ya han escandalizado bastante. Pero el ascenso de Thomas de una comunidad deprimida de la Georgia rural hasta los enrarecidos pasillos de la jurisprudencia resultó fundamental para la estrategia de marketing Republicana orientada a su nombramiento. “Este hombre comprende de primera mano las dificultades de la vida," decía de Thomas el Senador Orrin Hatch, R-Utah. “Él ha tenido una vida difícil pero ha salido adelante. Cualquiera que le desafíe en el terreno de los derechos civiles está desafiando al nieto de un oprimido.”

Si se nomina a Sotomayor, ¿nos dirán que su biografía de progreso desde las urbanizaciones deprimidas es irrelevante? Probablemente. Porque si hay un solo elemento predecible en las luchas por la nominación judicial, es que no hay hipocresía demasiado evidente.

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Diario SIGLO XXI dispone de los derechos de publicación en exclusiva para medios digitales españoles de este y muchos otros columnistas del Washington Post Writers Group.

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