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The Wall

Ángel Ruiz Cediel
Redacción
miércoles, 6 de mayo de 2009, 11:01 h (CET)
Siempre me gustó mucho Pink Floid no sólo por su excelente música, sino, sobre todo, por su profundo contenido y su carácter visionario. En “The Wall” hizo profesión de apostasía de las dictaduras en un tiempo de aparente democracia, un poco a la forma y modo de George Orwell, pero de forma mucho más armónica y aguda. Una obra en la que, a pesar del tiempo transcurrido desde el 1979 de su edición, puede ver uno reflejada a la sociedad en la que vive y a los líderes que, amparándose en supuestas protecciones de la ciudadanía contra los males del terrorismo, la enfermedad o una seguridad que en absoluto está siendo atacada, legislan para coartar, tendiendo alrededor del hombre un altísimo muro que le convierte en prisionero del sistema. Poco a poco, ley a ley y artificio a artificio, los ciudadanos somos uniformados, nos sentimos forzados a aceptar como correcta la aberración y estamos obligados a marcar el paso de la oca al tiempo que aparecen por doquier mampuestos de leyes coercitivas, mampuestos de cámaras de vigilancia, mampuestos de una sociedad policial, mampuestos de sistemas informáticos que registran cada movimiento bancario, nuestro ADN, los incidentes de nuestra salud, los lugares que visitamos e incluso los sitios de Internet que frecuentamos. Tal vez no haya cruces gamadas en el horizonte que vislumbramos, pero sí hay estrellas flamígeras y triángulos.

Con el pretexto de pandemias tan inocuas como inexistentes, se promueven leyes de emergencia con las que retener a cualquiera contra su voluntad y sin haber cometido delito alguno; con el de los pavores terroristas, a perpetrar matanzas en cualquier rincón del mundo y aun detener a quien les parezca bien indefinidamente sin acusación, e incluso practicar la tortura impunemente; con el de la delincuencia, a atestar las calles de cámaras susceptibles de convertirse en los ojos del Gran Hermano, y policías, muchísimos policías; con el del orden, a coartar las manifestaciones con legiones de impiadosos antidisturbios; con el de la salud, a forzarnos a que nuestra conducta y nuestros hábitos sean los que algunos quieren, desean o les conviene; con el del hambre y las patentes, a convertir a la naturaleza en una propiedad de algunas industrias, eliminar los productos naturales y convertir a la población en devoradores de alimentos transgénicos... producidos por ellos; y con el de la racionalización de medios y sistemas, a apilar meticulosamente toda la información vital de cada individuo, convirtiéndola en un registro donde hay de todo, menos libertad. Podemos, en fin, cantar un réquiem por la libertad, o, mejor todavía, un gorigori.

Desde los procederes más sociales a las conductas más íntimas, todo va siendo legislado, cuadriculado, introducido en una celda de altos muros: The Wall. Nadie puede escapar al control del sistema, y, lejos de atenuarse o crearse espacios de libertad individual o colectiva, todo va cayendo de parte de la celda: hay más cámaras, más agentes, más sistemas de control, más información individual retenida, más listas blancas y negras, más estadísticas, más leyes que irrumpen en lo doméstico, en lo personal, en lo íntimo, al tiempo que se promueve la demonización de lo ético, de lo religioso, de lo moral. Las ideas ajenas al sistema son peligrosas, y no se tardará, sin duda por razones de seguridad y de salud, en proscribirse y aun en perseguirse. El adoctrinamiento desde la primera infancia no es ya un hecho descabellado de lejanas o antiguas dictaduras, sino simplemente una asignatura más, recayendo ya la fundación del carácter de los futuros ciudadanos sobre los funcionarios del Estado: lo mismito que en The Wall.

Con cara de buenas gentes, empuñando bellas palabras y enfática oratoria, y con el propósito aparente de salvarnos de terribles males, se nos da a elegir entre el control y la inseguridad, entre la restricción de la libertad y el terror, y entre el enclaustramiento voluntario dentro del muro y el pánico a las crisis económicas artificiales o a las pandemias artificiosas. La seguridad de la sociedad actual está dentro del muro, lo mismo que en el The Wall de Pink Floid: el futuro ya está aquí. Todo queda definido y tutelado por el Estado, porque el sistema sabe qué y cuándo conviene qué cosa a cada individuo: qué y cuándo pensar de qué, cómo reciclar, de qué manera tratar a nuestros hijos, qué consumir, cuándo fumar, cómo comportarnos ante esta o aquella situación... La doctrina oficial dicta qué es moral y qué no lo es, así desde el simple lenguaje hasta el acto más íntimo o trascendente.

Pero no, no lo ha hecho un dictador que ascendió al poder con garrote y las manos tintas de sangre, sino políticos de lindo rostro, engolada urbanidad y palabra suave que aseguraban buscar nuestro bien. Amistosamente el lobo se metió en el rebaño, y gradualmente se va quitando la máscara. Pronto, sin embargo, caminarán los martillos, los emblemas de las hombreras adoptarán geometrías siniestras, los muros se convertirán no en murallas defensoras, sino en los opresores muros de una prisión, y su recorrido se extenderá por todo horizonte, conteniéndonos. Muchos creyeron en las buenas palabras y consideraron que los progresos técnicos servirían para mejorar las condiciones de vida, que los transplantes serían para todos, que los transgénicos mitigarían el hambre del mundo, que las cámaras darían seguridad o las leyes de confinamiento nos protegerían de los perversos o los enfermos... Muchos soñaron con que cediendo libertad amanecería un mundo mejor, pero pronto despertarán, y no será precisamente un cómodo despertar. ¿Qué remedió o atenuó de cuanto nos restó libertad?... Vea, vea The Wall y dígase si no identifica a su sociedad: ¡qué miedo!

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