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Etiquetas:   Momento de reflexión   -   Sección:   Opinión

Hablando con Dios

Octavi Pereña
Octavi Pereña
miércoles, 6 de mayo de 2009, 08:53 h (CET)
“Creo en Dios, pero no sé como hablarle”, afirma el periodista Michael Greenberg. Esta afirmación tan contundente nos transporta a la experiencia que tuvo el apóstol Pablo cuando encontrándose en Atenas recorría la ciudad contemplando los lugares sagrados que había en ella. En su itinerario descubre un altar que llevaba esta inscripción ‘Al dios desconocido’, ¿Cómo es posible que alguien adore a un dios desconocido? La duda se le presenta también al escritor norteamericano citado. ¿Cómo se puede creer en Dios y no saber cómo hablarle? Es un contrasentido que afecta a mucha gente y que es muy conveniente evitarlo. Jesús, en el Padrenuestro, enseña a sus discípulos a orar al Padre. Lo que sucede es que se nos ha enseñado a recitar como un loro esta oración modelo y no nos aporta, hacerlo de esta manera, la convicción de que hayamos hablado con Dios, el Padre celestial. Al Dios verdadero, el único Dios, el creador de todo lo existente , no se puede ir directamente porque es el Santo y nosotros pecadores. No podemos presentarnos delante de Él y hablarle con la naturalidad con que se hace con un amigo. La luz y las tinieblas no pueden intimar. ¿Estamos destinados a la desesperación por no poder dialogar con el Dios con quien queremos hacerlo? No.

Jesús, en cierta ocasión dijo a sus discípulos que iría a preparar para ellos un lugar en la casa del Padre “y os tomaré a mi mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis. Y sabéis a donde voy, y sabéis el camino” (Juan,14:3,4). Antes de la resurrección de Jesús y la venida del Espíritu Santo, los discípulos no entendían muchas cosas de las que les decía el Señor. Por esto, cuando Tomás le dice. “Señor, no sabemos a donde vas, ¿cómo, pues, podemos saber el camino? Jesús le responde: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida, nadie viene al Padre sino por mí”. Felipe, otro de los discípulos, le dice: “Señor, muéstranos al Padre, y nos basta”. Entonces es cuando Jesús hace la declaración trascendental que elimina la ignorancia de no saber hablar con Dios. “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre”.

A la fe en Cristo como Salvador que es una regalo de Dios, le acompaña la presencia del Espíritu Santo en el corazón del creyente que le da la convicción de ser un hijo de Dios y, que lo capacita para decir a Dios “Abba, Padre” (Romanos,8:15). ‘Abba’ es una expresión aramea que expresa el balbuceo con que un niño cogido de los pantalones de su padre llama a éste ‘pa, pa’. El mismo Espíritu que confirma que el creyente en Cristo es un hijo de Dios es quien le permite hablar con el cara a cara y con la confianza con que lo hace un niño a su padre cuando le pide un caramelo. En Cristo, Dios deja de ser un Dios desconocido y lejano para convertirse en algo tan cercano como el Padre celestial a quien se le puede hablar con toda naturalidad.

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