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Etiquetas:   Botella al mar   -   Sección:  

Máscaras

Fernando Mendikoa
Fernando Mendikoa
martes, 5 de mayo de 2009, 23:12 h (CET)
Desde tiempos inmemoriales, las máscaras han servido para ocultar el verdadero rostro de los seres humanos. Hoy en día, esa forma de pasar inadvertido/desapercibido/escondido también la proporciona un nick, tras el que cualquiera puede decir lo que le venga en gana: incluso mentir. A fin de cuentas, el anonimato es total: no es ese el caso de los que aquí escribimos, obviamente. Pero el propósito de esta columna no es, por supuesto, el de entrar en estériles discusiones, que además no van a mover posiciones iniciales (y la propia, aún menos), sino el de plantear cuestiones desde el prisma del deporte, aunque muchas veces (por desgracia, créanme) uno se vea en la obligación (ineludible como ser humano, entiendo) de acercarse a otros aspectos de esa misma realidad que conforman esta vida nuestra. Pero también entiendo el nerviosismo de algunos, a los que les va mucho mejor si la gente sigue tragando sin siquiera masticar.

Hay otras máscaras, y en este caso no elegidas por los que las portan. Precisamente relacionado con el asunto que les planteaba desde esta misma columna hace siete días, el de la "gripe porcina" y sus consecuencias en el deporte, el asunto de la visita de los Chivas mexicanos a Chile para medirse al Everton en la Libertadores dio aún más titulares de los que nos habíamos imaginado. Hasta ahora, habíamos visto de casi todo en un campo de fútbol, a la hora de acosar a un rival, en ese propósito por despistarlo y desestabilizarlo. Ahora tenemos una treta más: toserle, y amenazarle así con el contagio de la nueva peste, como hizo Héctor Reynoso con Sebastián Penco. A partir de ahí, los pasos habituales en estos casos: el castigo y las disculpas. Aunque (como también es hábito y costumbre generalizados) más bien todo ello de cara a la galería. Héctor no llevaba máscara. Los jueces tampoco.

A quien no le hace falta es a Rafa Nadal. La dictadura del balear va a pecho descubierto, y además para largo: a estas alturas sólo queda saber en cuánto dejará a sus rivales. Su última víctima, Novak Djokovic, intentó lo que se ha demostrado imposible: derrotar al número 1 del mundo. De manera que el serbio sólo pudo sonreír cuando, una vez cumplido el infalible oráculo que hablaba de forma diáfana e inmisericorde de su derrota, protagonizó su particular show, en el que imitaba a su verdugo: no es la primera vez, pero es entendible, puesto que hoy por hoy es la única forma de parecerse a él. Para poco más margen le dio Rafa en la final de Roma. Y claro: el peligro que tiene aplicar el rodillo, como tiene por costumbre hacer el mallorquín, es que acabas acostumbrando a la gente. Él se queja amargamente, y no es para menos: "Desilusiona un poco descubrir que cuando ganas un torneo la gente lo considera normal. Para mí, cada vez es un sueño". Por eso sigue ganando.

Y casi de tenis puede hablarse en referencia a lo que vimos en el Bernabéu. El Barça le hizo un set al Real Madrid, provocó una hecatombe en el eterno rival, y ya ve la liga en su mano. Algunas máscaras cayeron: en concreto, las que llevaban una mueca de suficiencia, y concretamente en color blanco. Pero lo único que se vio es qué equipo es el dominador absoluto de la liga española, sin discusión posible. El Madrid, por su parte, demostró que necesita una reparación urgente, y que sólo el bajísimo nivel de la liga hispana le ha proyectado a esa segunda posición en la tabla. Y ahora llega el turno de los candidatos a asaltar el sillón blanco, arremolinados sobre el enfermo, dándole ánimos y palmaditas, pero dejando claro que sólo su milagrosa pócima es la que le curará, y no la de los demás doctores que, asimismo, se prestan gustosos a lograr su plena recuperación. Que esto sea posible es ya otro cantar. Pero también para ello suelen venir bien las máscaras: algunas sonrisas forzadas quedan más tapadas, y se nota menos lo poco o nada que tienen que ver palabras y pensamientos. Al más puro estilo de la política.

A los que se les quedó cara de susto, hasta tal punto que no tuvieron otro remedio que coger una máscara con sonrisa de oreja a oreja para la foto, fue a los jugadores del CSKA ruso, que vieron cómo su hegemonía en la Euroliga de baloncesto llegaba a su fin. Bien es cierto que, al igual que sucede muchas veces, la gloria o el fracaso estuvieron separadas por muy poquito. El orgulloso balón se negó a pasar por el aro en el triple de Siskauskas, y permitió así al Panathinaikos alcanzar igual de merecidamente el olimpo.

De todos modos, fue quizás la mejor prueba de lo poco que distingue a veces al ganador del derrotado, aunque dichos matices no tengan sitio en las páginas de la Historia del deporte. Ni de la otra. Pero, demasiado a menudo, ambas han visto escritos en sus páginas los nombres de injustos vencedores, aunque hayan tenido que usar casi siempre máscaras para alcanzar sus victorias. Y es que, parafraseando a Benedetti, "la verdad no siempre está del lado de los victoriosos".

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