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Opinión

Etiquetas:   La linterna de diógenes   -   Sección:   Opinión

Humo de paja

Luis del Palacio
Luis del Palacio
martes, 5 de mayo de 2009, 07:27 h (CET)
(A Pablo Lizcano, in memoriam)

¿Han pensado Vds. alguna vez cómo sería el mundo si no hubiera medios de comunicación?

¡Qué pregunta! ¡A estas horas de la mañana, quizá de la tarde; cuando apenas acaba de comenzar la semana y unos salen de la resaca del “puente de mayo” y otros de la debacle del Madrid frente al Barça; bien por la alegría del triunfo, bien por la decepción de la derrota! Y es que hay cuestiones que no deben plantearse; sobre todo desde un medio de comunicación. Y, sin embargo, la pregunta, una vez lanzada, se debe tratar de responder: un mundo sin medios de comunicación sería, sin duda, mucho más tranquilo; gozaría de la paz que nace de la ignorancia de hechos que muchas veces exceden el conocimiento del ciudadano normal y, desde luego, de su capacidad para “hacer algo”, de reaccionar.

Ante determinadas noticias sólo nos cabe opinar; la mayoría de las veces sin elementos de juicio para llegar a alguna conclusión medianamente satisfactoria. Dimes y diretes. Murmuraciones de patio de vecindad, ampliadas en progresión geométrica por las televisiones y las radios, la prensa de papel y la digital, los “blogs”…

Crear opinión se ha convertido en el fin único de la mayoría de los informadores, y las empresas a las que sirven se empeñan en ofrecernos la noticia “aderezada”, desviada, manipulada hacia los intereses comerciales, políticos o religiosos que las sustentan. Crear opinión no es informar, deber sagrado –acaso el único- del periodista.

La alarma suscitada a raíz de un brote de fiebre porcina, cuyo supuesto foco se halla en México, no parece ser sino la enésima variación de aquel ensayo mediático que iniciara Orson Welles con “La guerra de los mundos”. Existía un precedente trágico en la llamada al patriotismo lanzada por el diario del que era propietario William Randolph Hearst, quien, a la sazón, había urdido un complot para acusar a los servicios secretos de españoles de haber colocado la carga explosiva que llevó a pique al buque armado norteamericano Maine; lo que provocó el estallido de la Guerra de Cuba, en 1898. (Vaya paradoja que fuera el propio Welles quien interpretara el personaje de Hearst, en uno de los hitos de la historia del cine: Ciudadano Caine) Esta artera calumnia tuvo consecuencias funestas para España y detrás de ella sólo se escondía un mezquino interés comercial: vender más periódicos a costa de lo que fuese.

El tinglado que se ha montado alrededor de la gripe porcina no nos debería dejar caer sin más en teorías de oscuras conspiraciones, pero hay una serie de indicios que dan mucho que pensar: Según dicen los expertos, el virus que produce dicho tipo de gripe no ha sufrido últimamente ninguna mutación; es decir, es el mismo que había hace un año o hace un mes, ¿qué provoca, entonces, su rápida e inesperada propagación entre la población de un país –México- que cuenta con un más que aceptable sistema sanitario y de prevención de epidemias? Misterio; nadie, hasta el presente, lo ha aclarado. El propio presidente Calderón parece haber contribuido al equívoco. Se habló de 157 muertos por la enfermedad, cuando en realidad son sólo siete, hasta la fecha, las víctimas en el país azteca (recordemos que en España mueren cada año cerca de tres mil personas por la gripe común, sin que cunda el pánico) Por su parte la OMS ha actuado con una irresponsabilidad intolerable al comparar este brote con la epidemia que diezmó Europa en 1918. Es como si se hubiera querido comprobar cómo reacciona la población ante una señal de alerta. ¿Para qué?

Los malpensados –cada día somos más- suelen aplicar esa “prueba del algodón” que resume perfectamente un latinajo: “Qui prodest?” (¿a quién beneficia?) Y, mira por dónde, resulta que en esto sí hallamos varias respuestas: la situación beneficia enormemente a las compañías farmacéuticas que elaboran la vacuna y la profilaxis contra el virus; beneficia una vez más a los medios de comunicación, que “agitan” con lo que ahora se llama “alarma social” un mercado editorial harto de información sobre la crisis y ávido de novedades; y, por último y sin que nadie lo esperara, ha servido para que los musulmanes se froten las manos ante la perspectiva de aniquilar a cientos de miles de cerdos, que simbolizan lo impuro y despreciable. La minoría copta en Egipto se ha lanzado a la calle para defender a sus pobres gorrinos de una caza de brujas orquestada por no-se-sabe-quién y aquí en España nos alegramos pensando: de aquí a un año, Jabugo para todos. Tampoco convendría olvidar que el perjuicio de unos es inversamente proporcional al beneficio de otros: el turismo que brille por su ausencia en México durante los próximos meses, revertirá a otros lugares; y la caída de las exportaciones de productos del cerdo incrementará las de bovino, ovino etc.

Pero, con todo, los beneficiarios son demasiado heterogéneos y dispersos para que pueda sostenerse la teoría de la conspiración. La situación recuerda más a una divertida película de Stanley Kramer, El mundo está loco, loco, loco, en la que al final todos los billetes salieron volando.

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