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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

Mi Presidente

Ángel Ruiz Cediel
Redacción
sábado, 2 de mayo de 2009, 16:06 h (CET)
Mi Presidente, primero que nada, es mi Presidente, y me gusta. No es feo, tiene los ojos claros —como en las pelis americanas— y le caracteriza un excelente sentido del humor. Ayer, sin ir más lejos, dijo ante el Parlamento europeo que su corazón y su cariño estarán con quienes se manifiesten el día uno de mayo, con los trabajadores, porque ellos son quienes han sido más castigados por la crisis, y que se debe salir de ella con ventajas para los currantes y un escarmiento para los que se enriquecieron a su costa, no dijo nada de porque él lo consintió ya que era el Presidente. Mi Presidente tiene un excelente sentido del humor, ¿lo ven?..., es un cachondo.

El único defecto que tiene mi Presidente es que le falla la memoria —un mal menor—, pero se le perdona porque es simpático, campechano y le caen muy bien los trabajadores y los quiere un montón. Él mismo es un trabajador de toda la vida, aunque de la buena, que no es tan buena como muchos creen porque aburre un poco. Es algo olvidadizo, en fin, y no se acuerda de que fue gobernando él cuando llegaron riadas de inmigrantes a los que se puso por delante de los trabajadores nacionales a los que tanto quiere, y que por ellos se degradó en muy buena medida los derechos de los trabajadores nacionales; tampoco se acuerda de que gobernaba él cuando se implantó lo grueso y desaforado de la política del ladrillo y se enladrilló España, de que se levantó un farallón de bloques en torno a todas las costas que escandalizó a Europa, de que el precio de la vivienda se escapó de las posibilidades de los trabajadores españoles a los que tanto quiere, a no ser que se endeudaran durante cuarenta o cincuenta años, y de que al mismo tiempo los trabajadores españoles de la construcción a los que tanto quiere tuvieron que aceptar condiciones laborales de peones de Madagascar o Ruanda-Burundi; ni tampoco de que la mayoría de los desempleados de entonces eran casi todos trabajadores españoles que tanto quiere, a quienes ni siquiera se les concedían ayudas sociales de ninguna clase porque no eran extranjeros. No se acuerda ni lo veía entonces porque el amor ciega. Es lo que tiene el amor.

Pero quiere mucho a los trabajadores españoles, especialmente a los que están en el paro. Por eso ha permitido que vayamos ya camino de los cinco millones de trabajadores españoles sin empleo, para repartir más amor. Amor a manos llenas, de eso se trata. La memoria le traiciona a veces, pocas, y el olvido, que es muy malo, no le permite recordar que durante los muchos años de bonanza que hubo desde el otro descalabro, el del 93, que también acaeció bajo otro gobierno como el suyo, no hizo nada por los trabajadores españoles a los que tanto quiere, como eliminar los vergonzosos contratos temporales, por ejemplo, o todas esas trampas legales de mandar a la jubilación a miríadas de trabajadores españoles, a los que quiere muchísimo, estando en la flor de su vida laboral y con unas saludes de hierro. Lo hizo para que descansan los últimos de una aciaga vida de madrugones, y para que los primeros no cambiaran de costumbres así como así y continuaran con su tradición de infraempleados e infrapagados. En la bonanza no hubo memoria para retribuirles porque se apretaran el cinturón cuando lo del 93, ni siquiera expectativas para los jóvenes más allá de empleos precarios o no mucho más que becas y un horizonte de mileurismo para los titulados, pero los quería mucho a todos, y, lo que es más, les quiere todavía un huevete.

Mi Presidente, ya se ve, es muy cariñoso. Con dulces palabras y carita de buena gente mira a sus sindicatos, que también quieren un montón a los trabajadores españoles, por eso están como están, y les pide que no la líen, que hay que salir de la crisis a como dé lugar, aunque, eso sí, sin renunciar a las políticas sociales. El desempleo le viene muy bien para repartir cariño y ayudas sociales. Ni considera siquiera que sería mejor que no hubiera parados, porque de no haberlos no podría hacer políticas sociales ni repartir cariño, y a él lo que gusta es repartir amor del bueno a manos llenas, ya se ve. Mi Presidente es un tipo estupendo, y, ahora que la cosa está peliaguda, de quienes primero se ha acordado es de los trabajadores a los que tanto quiere para pedirles que arrimen el hombro, que él les entiende, que se aprieten el cinturón y que compren los productos españoles de las empresas que les marginaron, explotaron y les enviaron derechitos al desempleo. El amor, al final, se demuestra perdonando a los enemigos, a los que les hirieron, a quienes es mejor que mejor ofrecerles la otra mejilla. Mi Presidente en esto, aunque no sea muy cristiano que se diga, tiene sentimientos muy cristianos.

Tan bueno y tan estupendo es mi Presidente que piensa extender su amor a toda Europa, ahora que va a hacerse cargo de la Presidencia Europea. Se van a enterar los europeos de lo que es amor a paletadas. Como les quiera como a nosotros, están listos, y pronto van a poder sentir cómo mi Presidente derrama su amor sobre millones y millones de europeos desempleados, repartiendo ayudas sociales y cosas por el estilo. Hasta es posible que haga muchos videos Obameros para que sepan que es un amoroso de masas en plan mesiánico. Mi Presidente tiene amor para eso y mucho más. No hay más que ver cómo está dejando España, y eso que todavía no ha terminado de quererla porque le quedan por delante tres años más siendo mi Presidente. Está cambiando para siempre la geografía del amor en España, de modo que se prepare Europa porque allá va, aunque —¡pena!— sin abandonarnos.

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