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Etiquetas:   Cesta de Dulcinea   -   Sección:   Opinión

Bufones

Nieves Fernández
Nieves Fernández
sábado, 2 de mayo de 2009, 08:13 h (CET)
Es curioso como al tiempo que la televisión a todas horas nos inyecta soluciones y recetas varias para torear los grandes problemas nacionales e internacionales, pero muy personales, como la cacareada crisis o la futura y temida pandemia, nos muestra programas de humor para entretenernos con aburridos más que divertidos bufones.

Son los humoristas que, bien en pareja o en solitario, intentan alegrarnos la vida con sus chistes y zarandajas muy necesitadas de risas y aplausos de lata.

Prueben, prueben si no a aguantar la risa en los llamados programas de humor. Es tan fácil resistirse ante tantas simplezas, ante tanta tontería televisada, ante tanta repetición de frases necias con la pretensión de entretener al personal, que se entiende que los bufones de siempre no sirvan ni para eso, y hayan de claudicar para dar paso a otros bufones que entretendrán mejor al vulgo ignorante o sea a nosotros los telespectadores.

Entonces tu risa ya no será una risa sino una mueca ante tanto bodrio reunido en pantalla que esperan llegue al gran público. Y lo que es peor, que repitan sus gestos y sus frases ocurrentes que ni por asomo han tenido el éxito esperado al ser emitidas machaconamente en pantalla.

Suponemos que esperan que lleguen a un público tal vez mayor, o no tanto, tal vez de pocos estudios, o con algunos que todo lo ríen sólo por el mero hecho de que las risas enlatadas y los rostros de los “payasos de la tele”, por supuesto no nos referimos al grupo de payasos de la televisiva familia Aragón, sino a los actuales “payasos” que pueblan los platós de la televisión con programas infumables. Lo peor de todo esto es que a lo mejor piensan que cumplen con una función social y es por eso que les contratan para hacer reír o mejor para hacer llorar.

Me van a decir que existe un dedo y un mando para cambiar los programas, por supuesto, pero si esos programas se hacen en las cadenas públicas y con el dinero público, entonces los bufones se parecen a los antiguos bufones de las cortes medievales que a golpe de estrujar sus gracias ya no daban para más y desaparecían sin más misterio.

Sería bueno que se ahorrara en maquillajes y vestuario, y en contratos para los mismos actores del humor que de tanto oírlos se repiten. Para hacer reír sólo hay que tener gracia, y mucha gracia no tienen las televisiones últimamente, pues los programas de humor emitidos son refritos. ¿De verdad no hay nada nuevo tanto en ideas como en nuevos bufones que nos hagan reír un poco ante tanto catastrofismo imperante como viene por ahí?

Si es que son necesarios estos ases del humor, habría que buscarlos quizá en las colas del paro, si es cierto que las crisis acelera la inventiva y no recurrir siempre a las mismas caras. La verdad es que hace falta reír a mandíbula batiente ante tanta tristeza de pantalla.

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