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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group   -   Sección:   Opinión

Crímenes de odio y errores de nomenclatura

Kathleen Parker
Kathleen Parker
sábado, 2 de mayo de 2009, 03:18 h (CET)
Una vez que una causa como la legislación contra los delitos de odio se asocia con algo tan emotivamente devastador como el salvaje homicidio de Matthew Shepard en 1998, se vuelve difícil cuestionar los méritos del asunto.

Ese es un hecho lamentable.

Otro es que con demasiada frecuencia aquellos que formulan los méritos, o la ausencia de los mismos, nos hacen desear poder cambiar de planeta a cualquiera de nosotros.

Fíjese en la Representante Virginia Foxx, R-NC, que al cuestionar recientemente la necesidad de ampliar la legislación federal de delitos de odio para incluir los delitos relacionados con la orientación sexual, lograba imposibilitar casi por completo cualquier debate posterior.

¿Quién va a querer unir fuerzas con alguien que utiliza la palabra "broma" para referirse al asesinato de Matthew Shepard "que sigue siendo utilizado como excusa para aprobar estas leyes (que tipifican los delitos de odio)”?

No fue uno de los momentos más brillantes del Partido Republicano en un terreno últimamente propenso a la confusión.

Lo que quería decir Foxx, por supuesto, es que aquellos que defienden la ampliación a la orientación sexual de las protecciones dispuestas contra el discurso de incitación al odio con frecuencia citan el caso Shepard como justificación.

El odio como móvil es una defensa relativamente fácil de establecer en el horrible crimen de Shepard. Estudiante de 21 años en el primer año de la Universidad de Wyoming, fue captado en un bar por dos monstruos que haciéndose pasar por homosexuales le engañaron para que saliera del local con intención de robarle. A continuación le apalearon con tal violencia que falleció a causa de las heridas sufridas.

Los asesinos, que cumplen cadena perpetua, dejaron a Shepard atado a una valla, donde fue encontrado 18 horas más tarde. Durante el juicio, un detective de la policía declaró en su testimonio que uno de los asesinos provocó a Shepard diciendo "Es la Semana de Sensibilización Gay.” Las lesiones fatales sufridas por Shepard incluyeron gran cantidad de golpes en la zona de las ingles.

Por tanto, se puede concluir razonablemente que los hombres querían causar lesiones a Shepard por ser homosexual. No se necesita de una gran imaginación. Ciertamente (BEG ITAL)no(END ITAL) es ninguna broma. Y aquellos que quieren convertir en delito federal hostigar a los homosexuales ciertamente no precisan de excusas.

La verdadera pregunta que plantean Foxx y los demás enemigos de la legislación propuesta es ¿justifica la promulgación de leyes especiales destinadas exclusivamente para un sector de la población nuestra repulsa hacia los delitos motivados por el odio?

La ley federal de delitos de odio de 1969 ampara a víctimas especiales en los casos en los que los delitos estuvieron motivados de manera concluyente por el racismo o el odio a la etnia, el origen nacional o la religión de la víctima. La legislación que se examina ahora incluiría el odio a la orientación sexual, el género, la identidad sexual o la disfunción sexual de la víctima.

La excusa para estas leyes viene siendo que un delito contra una persona por cualquiera de las razones citadas arriba es en realidad dos delitos -- uno contra el individuo, y el otro contra el colectivo al que pertenece el individuo. Según esa interpretación, el asesinato de Matthew Shepard puede entenderse como acto terrorista contra todos los homosexuales, que como resultado se habrán sentido más aterrorizados.

Cuando los blancos linchaban a los negros con la aprobación tácita del estado, toda la comunidad afroamericana estaba aterrorizada. Nadie puede fingir lo contrario. Ese es el horror inmensurable que las leyes contra los delitos de odio pretenden paliar añadiendo otra capa de castigo al delito principal.

¿Qué persona de intenciones justas pondría objeciones? Por otra parte, ¿cómo se lee la mente de aquellos de nuestros peores conciudadanos? ¿Es posible decir de manera concluyente que estos asesinos estaban motivados por el odio, con la exclusión de los demás factores potencialmente confusos?

Éstas son dudas legítimas que merecen un debate racional sin las peroratas enfrentadas de ultrajes y exageraciones. En última instancia, ese debate conduce a asuntos de libertad de expresión -- libertad de expresión religiosa en particular -- y la verdadera cruz de la oposición.

Algunos grupos conservadores temen que las leyes contra los crímenes de odio conduzcan con el tiempo a restricciones en las iglesias y a la libertad de las organizaciones religiosas de citar textos sagrados que se puedan juzgar constitutivos de odio contra los gays. ¿Sería posible interpretar como conspiración para cometer un delito de odio, digamos, la invocación apasionada por parte de un pastor del Levítico 20:13, que condena las prácticas homosexuales?

De hecho, la legislación se aplica cuando tiene lugar una agresión física o agresión física en grado de tentativa. Y hasta el momento, la Primera Enmienda sigue protegiendo los derechos hasta del Reverendo Fred Phelps a recorrer el país en su gira "Dios odia a los maricones."

Pero en un país en el que comer bollos de nata puede ser una defensa de un delito -- y en el que se puede llamar "puta imbécil" a una concursante de Miss USA por decir que el matrimonio debe darse entre un hombre y una mujer -- cosas más raras se han visto.

Como principio rector, mientras tanto, parece más inteligente escuchar y examinar a los autores de los delitos de odio en lugar de criminalizar sus pensamientos y ocultarles en la clandestinidad donde sus demonios pueden campar a sus anchas y donde ninguna ley puede detener sus intenciones.

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Diario SIGLO XXI dispone de los derechos de publicación en exclusiva para medios digitales españoles de este y muchos otros columnistas del Washington Post Writers Group.

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