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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Cuerpo a cuerpo

Fabricio de Potestad
Redacción
viernes, 1 de mayo de 2009, 16:35 h (CET)
En este cuerpo a cuerpo entre socialistas y populares, uno que no renuncia a la estética penetrante del romanticismo político de otrora -pese a ser inevitablemente posmoderno- intenta denodadamente dar a lo cotidiano el interés y el apremio de lo urgente, mezclando el saber tierno, fatigado y taciturno de la calle con la inaccesible pero necesaria erudición de los instruidos. Quizá por ello, cuando escribo estas líneas no puedo evitar un cándido sentimentalismo unido a una cierta ironía que busca denodadamente mostrar que es lo que habla la catedral del dinero, ese edificio neoconservador e interesado situado en la calle Génova. Y la respuesta es clara: el PP no aplaude las medidas del Gobierno para combatir la crisis económica. Eso sí, exige recortar con decisión el gasto público, abaratar el despido y congelar los salarios. Pero ya puestos a hacer capitalismo manchesteriano y economía heavy, la verdad es que el PP se queda corto. En el fondo quiere congelarlo todo -incluidas las prestaciones sociales- mientras el dinero permanece amontonado en los paraísos fiscales y bajo secreto banacario. Y eso sólo para empezar, pues los temibles nietos de Popper -que a Keynes lo encuentran un poco rojo y cercano a la utopía de Tomás Moro- están decididos a hacernos a todos estadísticamente un poco más pobres y a más de cuatro millones de paisanos, desempleados, por lo que vamos oyendo. Y claro, ahora estamos comprendiendo, gracias al PP, qué se entiende por hacer frente a la crisis económica. Se trata de tomar las medidas de derechas que espera la derecha. Es decir, devolver el capital a los ricos y el pan duro a los pobres, pero sin hacer excesiva retórica sobre el primor del mercado. El PP ya hubiera expuesto cuarenta medidas capitalistas en una orla de palabras, en un estucado popperiano de euros y adjetivos, es decir, hubiera hecho la revolución inversa del dinero sin hacer demasiado ruido. Mientras, todo el gentío anda asustado, jodido y cada vez más atollado.

Y es que la política es una cuestión de perspectiva y, por lo tanto, mudable, sospechosa y patrañera. Casi siempre el discurso interesado y partidista suplanta al razonamiento real. Desde la perspectiva política del adversario -el PP- las palabras viven bajo sospecha, casi todo es sesgado o incluso falso, porque no tiene la honestidad de calificarlas de forma desinteresada o, mejor aun, constructiva. Las críticas llegan medrosas, veladas, traicionando su verdadero sentido, apaleadas por la expoliación y el descrédito, sumisas a la autoridad y a las proclamas de quien las sugiere, o destinadas al embrollo que nada resuelve. Pero no nos engañemos, el ciudadano de boina no se deja engañar, pues distingue perfectamente entre éstos y los otros, entre la izquierda que se afana en mantener intactas las prestaciones sociales y la derecha pija de talonario que se compra las joyas en Tiffany´s. El paisano de chabola hipotecada tiene siglos de caspa en la boina, muchas generaciones de caspa, y gracias a la boina ha soportado soles de injusticia, rayos de desdichas y fragores de pobreza, hambre, deudas y muchos meses de desempleo. Lo cierto es que la derecha nunca ha osado quitarle la boina para ver lo que hay debajo. Hay, sin duda, una aglomeración de siglos que sigue soñando con un poco de reparto del dinero, trabajo fijo, una vivienda digna, algo de sexo seguro -es decir con preservativo- aunque sólo sea para inquietar a los curas, y el partido del domingo. O sea.

Cuando el liberalismo económico, salvaje e incontrolado llega a las clases bajas y a los barrios periféricos que ya ni siquiera tienen nombre -salvo que conserven alguno franquista sin rebautizar- muestra que los pobres siguen con la despensa vacía, la ropa colgada del tendido eléctrico y las tejas llenas de excrementos de palomas mientras un niño orina en la sepultura de su hamstercillo muerto de miedo, pues seguramente intuía que la verdadera raíz de la crisis económica -más grave que la de 1929- no es otra que una gran infección del sistema financiero mundial ocasionado por un virus altamente contagioso, llamado subprime, cuyo reservorio principal se sitúa en Estados Unidos y el mecanismo de transmisión no ha sido sino la avaricia desenfrenada y fraudulenta de un capitalismo obsoleto. Los socialistas europeos han tomado nota de ello y con ganas de ver las cosas con ojos más solidarios han señalado una serie de condiciones para combatir la crisis, que resumidamente vienen a ser las siguientes: mayores inversiones para salvar a las pequeñas y medianas empresas; más crédito para apoyar a los desempleados; auxilio a las familias con mayores dificultades; ayudas para los excluidos socialmente y para los jóvenes que buscan su primer empleo.

Todos sabemos de qué va, el PP sabe de qué va, sin embargo va a seguir con su campaña de crispación que si por algo se caracteriza es por la toxicidad corrosiva con la que pretende desgastar al Gobierno y de paso mantener movilizado al electorado propio, erosionar a los votantes de izquierdas y sacar provecho de los indecisos, lo cual representa una tosca manipulación de los ciudadanos. Los componentes de esta estrategia irresponsable se reducen a la elección de la crisis económica como cuestión más rentable desde una perspectiva electoral, exagerar las consecuencias de la crisis en este país, atribuir la responsabilidad de esta particular y desmesurada magnitud a las acciones o inacciones de Zapatero y, finalmente, acosar al Gobierno mediante un lenguaje cáustico y arrebatado, repleto de insultos y descalificaciones como incompetente, mentiroso o irresponsable. Vamos, una campaña de manual que persigue ganar las elecciones europeas creando confusión en la opinión pública. En fin, Paul Auster, en su novela El país de las últimas cosas, pone de manifiesto lo falsarios y cicateros que podemos llegar a ser los seres humanos si nos ponen ante una situación particularmente intrincada.

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