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Etiquetas:   Opiniones de un paisano   -   Sección:   Opinión

A propósito del obituario de Javier Ortiz

Mario López
Mario López
viernes, 1 de mayo de 2009, 06:46 h (CET)
Este es un país de alcahuetes. Lo mismo se filtran los detalles más escabrosos de un asunto sujeto a secreto de sumario, como las íntimas relaciones de un presidente regional con un rumboso empresario con grandes mostachos ¿Por qué narices nos han tenido que desvelar que Javier Ortiz tenía escrito su obituario desde hace dos años? ¿Qué hay de malo en creer que lo redactó en los últimos instantes de su vida?

A muchos de sus lectores nos cuadra perfectamente esto último. Pero no. Lo que para unos es una confesión llena de humildad, rigor y cariño, repartidos a partes iguales, para otros es una humorada. En su primera acepción, humorada significa “que tiene humor”. Pues, mire usted, el obituario de Javier Ortiz tiene mucho más que eso. En su segunda acepción, humorada significa “Dicho o hecho festivo, caprichoso o extravagante”, cosas todas ellas absolutamente impropias para valorar la carta póstuma de Javier. En su tercera acepción, humorada es “breve composición poética, de aspecto paremiológico, que encierra una advertencia moral o un pensamiento filosófico, en la forma cómico-sentimental propia del humorismo. Tanto el género como su denominación fueron introducidos por el poeta español Ramón de Campoamor”. No entiendo una sola palabra ni pienso perder el tiempo en entenderlo, pero estoy seguro de que eso no tiene nada que ver con el obituario, máxime si nos sugiere que comparemos a Javier Ortiz con Ramón de Campoamor. Hasta ahí podíamos llegar. El caso es que yo me había hecho a la idea de que hoy, día 29 de abril, la prensa nacional iba a cerrar los quioscos en su honor y el Gobierno iba a decretar un día de luto. Para mí es lo menos que se merece un hombre de su calidad humana e intelectual. Pero, en fin, quizá sea yo un exagerado. Es curioso, recordando su enorme respeto a las culturas periféricas, me viene a la cabeza una anécdota que ha ocurrido esta misma mañana y que a Javier seguro que le hubiera hecho mucha gracia. En el periódico La Vanguardia han publicado una carta del novelista Tom Sharpe en la que agradece a una señora el detalle de haberle avisado de que se había dejado su máquina de escribir en la cinta transportadora de equipajes, en el aeropuerto de Barcelona. También agradece a un auxiliar del aeropuerto el empeño puesto en su recuperación. Esto ya es bastante simpático –habida cuenta de que no creo que Tom Sharpe tenga problemas económicos para comprar una máquina nueva-. Pero es que, además, la carta está escrita en catalán ¿Cómo es posible que españoles de pura cepa como Rosa Diez y compañía padezcan auténtica alergia a los idiomas españoles y un señor inglés los utilice para dirigirse a la ciudadanía a la que les son propios? En fin, que lo que para algunos es ambrosía, para otros es aceite de ricino. Seguro que Javier Ortiz, desde donde le haya dado por aterrizar, me dará la razón en todo esto que aquí acabo de contar.

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