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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

Censura

Ángel Ruiz Cediel
Redacción
jueves, 30 de abril de 2009, 07:37 h (CET)
Que la censura existe y se aplica rigurosamente en nuestra muy moderna sociedad es algo que nadie en su sano juicio puede negar. No se utilizarán hoy las técnicas de antaño, ésas de persecución y cárcel u hoguera; pero se emplean contra los autores incómodos las técnicas de marginación, ninguneo y prohibición de acceso a las tribunas sociales. Ningún país del mundo tiene mayor número de premios y certámenes literarios que España, ningún país del mundo aportó más autores de encomiable calidad en casi todas las páginas de la Historia y, al mismo tiempo, ningún país del mundo es hoy más gris menor y tiene mayor vacuidad de pensamiento que nosotros, habiéndonos convertido gracias a la censura bajo cuerda en una nadería que se descuartiza entre el dime y el direte del racionamiento de lo que toca: o Jakim o Bohaz.

Cuando uno va a las ferias de los libros que en estos días nos asolan puede encontrar de casi todo..., pero sólo casi. Echa de menos enseguida la esencia libre del autor independiente o, al menos, la libertad de criterio y pensamiento está tan restringida que es necesario ser un auténtico espeleólogo cultural para encontrarla. Casi todos los libros —casi sesenta mil se editan al año en esta España donde más de la mitad de los españoles nunca ha leído un libro, y de los que quedan sólo la mitad ha leído más de uno— pertenecen al dime o al direte de los criterios oficiales, al inocuo y especializado libro de Ciencia o bien al orden de la banal dispersión de los best-sellers, mancias, autoayudas, profecías, pánicos varios o divos diversos. Se mentiría si negara que hay también obras con mucha calidad de autores disidentes de la pragmática oficialista, pero son raros, muy raros, por eso hay que buscarlos con enconado empeño.

Si le pregunta a cualquier autor novel o poco conocido que por qué no encuentra editor, la respuesta será siempre que no tiene padrino. No importa lo bien o lo mal que plumee: no tiene padrino, y basta. No importa las veces que se haya quedado a puertas de haber conquistado un premio de primer orden: no tiene padrinos, por eso ni ganó, ni tiene editor, y, aun suponiendo que se lanzara a la autoedición, tampoco tendría distribuidor. En vano, sin padrinos, es intentar editar en España: de nada vale participar en concursos, enviar originales a los editores o buscar un agente literario que esté en el ajo, porque jamás conseguirá editar su obra por ese camino. Precisa padrinos como condición sine qua non. Parece un contrasentido que una sociedad de pretendidas libertades y con más recursos de los que jamás tuvo en la Historia siga primando el chiringuito, la pertenencia a un grupo o el oportuno lametón, si es que no la venta previa de sus haberes ideológicos o morales; pero así están la cosas. No hay más que ver que entre toda la caterva de ganadores de premios y certámenes literarios sólo hay, o famosos de mucho nombre, o parientes, amigos o colegas de éstos o de los editores.

Sin embargo, la Literatura es algo mesurable, y, por ello mismo, se pueden confrontar obras sin incurrir en ninguna clase de agravio hacia los autores. Es difícil de entender por qué es académico de la Lengua quien no sabe puntuar sus escritos, quien tiene severos problemas con la ortografía o aún por qué es superventas quien tiene dificultades para hacer la O con el culo de un vaso, y tanto más cuando sus obras pasan filtros previos de filólogos a sueldo en las editoriales, además de varios correctores ortográficos y de estilo humanos e informáticos; pero ahí están, con todos sus horrores. El sistema no sólo quiere un tipo de autores comprometidos con la vacuidad que convierte a las poblaciones en domésticas, sino que procura degradarlas con sintaxis muy de campaña, muy limitada riqueza expresiva y una altura de ideas que los convierta en simples consumidores de historietas, evitando que puedan echarse por el despeñadero de la calidad. De promover la calidad o la cultura, sin duda, los mismos tinglados sociales de estos tiempos de freakys se desmoronarían, toda vez que quizás también quisieran los lectores capacidad y calidad en los demás ámbitos de la vida, así en la política como en la organización social. Basta y sobra con la apariencia, en fin, y para ello es preciso adoctrinar desde la incultura, convirtiendo a la Literatura en poco más que portadas, nombres famosos e historias.

Quienes llevamos muchos años en esto y contamos con una obra más o menos extensa sabemos qué se cuece en el mundillo de la cultura: dinero y opinión de masas. Todo lo demás son ganas de marear la perdiz. Hoy no hay menos censura que cuando la Iglesia o el Estado debían dar su consentimiento previo a la edición de una obra, o cuando durante la dictadura se ejercía la represión intelectual mediante grises y TOPs; es nada más que se aplica de otra manera. Si un autor es respondón o crítico con el sistema no se le niega la posibilidad de editar su obra, sino también los accesos a las tribunas sociales, así sean nada más que simples colaboraciones en diarios con pretendido subtítulo de independientes. Hay listas negras que circulan por los despachos de los editores y de los redactores jefes. Quienes a juicio de los jurados de todos y cada uno de los más importantes premios hemos sido considerados como ganadores pero nos han privado del galardón porque somos muy católicos, y aún nos han negado el acceso a ciertas tribunas porque la argumentación de nuestros artículos es políticamente incorrecta, sabemos un montón de todo esto. Tanto, que no solemos ir siquiera a las ferias de los libros. Como tantos otros españoles anteriores con calidad y fundamento, preferimos mantener nuestra independencia y calidad, aunque para que se nos haga justicia sea necesario que antes hayamos muerto. Quienes nos lean en el futuro, sin embargo, disfrutarán de obras que no fueron adulteradas.

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