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Etiquetas:   Buñuelos de viento   -   Sección:   Opinión

Sarko, je t'aime

Pedro de Hoyos
Pedro de Hoyos
@pedrodehoyos
jueves, 30 de abril de 2009, 07:19 h (CET)
El primer viaje que realicé al extranjero, pagado con mi primer sueldo, fue a Francia. Ustedes perdonen si paso por encima de la francesada de 1808 y de las judiadas que nos hicieron y me declaro francófilo perdido. Mis limitaciones literarias y mi falta de memoria me impiden trasmitirles aquel maremagnum de sensaciones que inundaron mi ánimo en aquella ya lejana ocasión. Franco acababa de morir pero salir al extranjero seguía significando mucho más que traspasar una frontera física. Había algo de rebeldía emocional, algo espiritualmente prohibido, en aquel acto de pasar en tren por Hendaya. No les digo ya cuando con mi inmensa juventud a cuestas puse pie en la estación de Austerlitz.

Sí, sí, ya sé las mil y una que nos han gastado tradicionalmente, me conozco
como todos la rivalidad histórica entre las dos naciones, pero en 1978
Francia era un sueño político y cultural que mis escasos primeros ahorros
habían puesto a mi alcance y eso era lo que importaba. Pensé en tantos otros
españoles que habían alcanzado el mismo destino pero obligados por
circunstancias laborales o políticas de las que ya resulta difícil
acordarse.
Y ahora ha venido Sarko y nos ha enamorado a todos. Miren lo de la Bruni,
sus trajes y sus posados me trae al pairo. Me produjo vergüenza cuando
subiendo las escaleras con la esposa de nuestro presi se giraba
continuamente para mirar a las cámaras y posar, mirar y posar, mirar y
posar. Con lo rapidito que subió Sonso. Y me dio vergüenza de la estupidez
nacional, de la simpleza de algunos españoles, de su tosquedad y de su falta
de espíritu crítico, cuando tanta atención prestaban a quien en esas
circunstancias no era más que un superfluo florero. Por muy bien puesto que
tuviera el culo.
Pero, ah, Sarkozy... qué bien puestos los tiene. El caso es que no se
recuerdan muchas ocasiones en que nuestros parlamentarios aplaudieran tan
unánime, fuerte y entusiastamente. Hasta ahora Francia nos separaba de
Europa y ahora puede ser el puente que nos lleve hasta ella. Nos guste o no
dependemos de Francia para muchas cosas, estamos situados geográficamente
donde estamos y eso es irremediable, no hay más cáscaras. Carreteras,
túneles, vías férreas y otras infraestructuras paneuropeas dependen de la
voluntad de quien gobierne en Francia. Y pasadas las feroces épocas de
gilipollas excelsos como Giscard ahora gobierna un amigo de España. Pero si
hasta le gustan los toros, si yo estoy dispuesto a olvidar que a alguien le
gusten los toros, esa salvajada que nos ha hecho famosos, es a un gabacho,
máximo si tiene el mando en plaza que tiene éste.

Sarko los tiene muy bien puestos quizá porque los franceses en general los
tienen muy bien puestos, aunque este argumento valga en sentido contrario
según a qué presidente de la república nos refiramos, y al otro lado de los
Pirineos no se andan con determinadas chorradas que para nosotros son
cuestiones vitales. La energía atómica, por ejemplo. Entre las
infraestructuras de las que dependemos de Francia están las centrales
nucleares. Como nosotros somos tan exquisitos que no las queremos, ay, cómo
se pondría la izquierda, tenemos que comprar a los gabachos la energía
eléctrica que producen sus centrales nucleares. Toma incongruencia.

Y los nacionalismos. Si algo envidio a Francia, rechazando de plano su
jacobismo extremo que aquí sería impensable, es lo bien integrados que tiene
los nacionalismos. Existiendo una Cataluña francesa... el nacionalismo
catalán del otro lado de los Pirineos es ridículamente incomparable con el
que existe en la Cataluña española. ¿A qué se debe, cómo han sabido
montárselo los franceses, cómo han hecho para integrarlos en una república
tan centralizada? Y del nacionalismo vasco o bretón podríamos decir casi lo
mismo, aunque con ciertas diferencias. Prácticamente inexistentes.

Y todo ello manteniendo unas cotas de progreso envidiables, con una
influencia en el mundo político y cultural que ya quisiéramos, y con un
ejército poderoso. La última cosa que el espacio me permite añadir es que a
los franceses no les da vergüenza ser franceses ni manifestarse con su
bandera ni decir en público que aman a su patria. Parece ser que eso en
Francia no es considerado algo fascista. Ah, L'Espagne...

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