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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

"Cambio" no me gusta como sinónimo de "evolución"

Marino Iglesias Pidal
Redacción
miércoles, 29 de abril de 2009, 14:27 h (CET)
Hay vocablos que me tienen un tanto en discordia. Un ejemplo es “Evolución”, del que el diccionario da “cambio” como sinónimo.

Me alivia un tanto el pensar que, como todo, lo de “sinónimo” también es relativo. Entre palabra y palabra, por muy sinónimas que sean, siempre habrá un matiz que las diferencie.

Pero bueno, a lo que iba. Debe ser porque, quizá, es muy probable, “evolución” me llegó en el mismo lote que Darwin y sus cosas, y me la hicieron ver como definición para una versión mejorada del estadío anterior de adaptación al medio. Por simple lógica, a una versión empeorada le estaría negada la subsistencia, considerando que el medio, antes de la aparición del sapiens sapiens, era la “simple” naturaleza.

Una naturaleza, estúpidamente calificada de inteligente, que no pasa de ser un ente absolutamente indiferente. Se limitaba, y se limita, a estar ahí, con toda su complejidad, para que todo lo que en ella esté se arregle como pueda para estar. Así pues, hasta que le cayó esta peste encima – el hombre, quiero decir -, la consigna era: adáptate o jódete. La peste llegó para responderle: te voy a joder a ti para adaptarte a mí.

Y es tan jodedora la descontrolada peste, que hasta se jode a sí misma, ¿cómo? rompiendo el orden natural en su propia sociedad. Un orden natural que ponía a cada quien en su lugar.

En un principio, cuando el hombre aún no se había echado a perder, porque el ordenamiento era imprescindible para la subsistencia, tenía la batuta el más adecuado para dirigir la orquesta, la circunstancia era imperativa: o gobernaba el indicado o hasta aquí hemos llegado.

El “aquí” se fue alejando y con él las virtudes que lo alejaban. Asentada sin competencia en la cúspide de la creación, sin bichosaurios ni otros bichos con los que competir para sobrevivir, la unión de la especie como estrategia para el bien común, fue dando paso a las individualidades para, sin importar los medios, alcanzar el nuevo fin señalado por la ambición: a costa de los más pendejos vivir un vidón.

Puestas así las cosas, la inteligencia con decencia no tiene mucha opción contra la astucia con marramucia.

De ahí que no siendo los dirigentes los que son, uno de ellos piense que el otro “puede que no sea muy inteligente”, y, considerando la duda que encierra el “puede”, cuando la simple imagen evidencia las cortas luces y el largo morro del referenciado, forzosamente hemos de darnos cuenta de que el uno no va mucho más allá que el otro; vaya dúo… Si les pegamos el vecino de la derecha, ¡un trío como para, sin saber nadar, tirarse al río!

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