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Etiquetas:   Ver   juzgar y actuar   -   Sección:   Opinión

El bien común

Francisco Rodríguez Barragán
Francisco Rodríguez
miércoles, 29 de abril de 2009, 05:23 h (CET)
Hay palabras que dejan de usarse y su significado también parece desaparecer del ámbito de la realidad. Hoy es difícil encontrar en los medios de comunicación alguna referencia al bien común. Las palabras que actualmente se cruzan formando una extensa red se refieren a crisis y medidas anticrisis, programas, objetivos, memoria histórica, análisis económicos o electorales, economía de mercado, intervencionismo, derechos reproductivos, corrupciones y corruptelas, divorcios, preservativos…

Pero pienso que lo que nos pasa es que nadie se ocupa del bien común sino de sus propias apetencias y caprichos o de sus intereses económicos, o de sus ansias de tener, de dominar, de poder, sin ninguna preocupación por las vidas y necesidades de los demás.

Por bien común hay que entender el conjunto de aquellas condiciones de la vida social que permitan a los grupos y a cada uno de sus miembros conseguir más plena y fácilmente su propia perfección. Afecta a la vida de todos y exige prudencia por parte de cada uno y más aún por la de aquellos que ejercen la autoridad. El móvil que dirige la actuación de los políticos es, a mi parecer, la de obtener y gozar de los beneficios del poder, configurando y manipulando a los ciudadanos imponiéndoles conductas y valores de su propia ideología, en lugar de mantener un escrupuloso respeto a la persona para que pueda actuar de acuerdo con la recta norma de su conciencia y su justa libertad en materia religiosa.

El bien común exige un grado de bienestar suficiente para que cada persona pueda llevar una vida verdaderamente humana en cuanto a alimento, vestido, salud, trabajo, educación, cultura, información adecuada o derecho a fundar una familia. Para hacer posible todo ello es necesaria la actuación respetuosa de la autoridad a favor de la totalidad de los ciudadanos, especialmente de los que resulten más necesitados, y la colaboración de todos. Nadie puede buscar un disfrute parasitario de los beneficios sociales, sin su propia aportación al bien común de acuerdo con sus posibilidades.

El bien común implica también que exista una situación de paz, dentro de un orden justo y corresponde a la autoridad establecerlo para seguridad de todos. Mantener la paz exige de todos, gobernantes y gobernados, excluir situaciones de lucha y enfrentamiento por motivos de clase, ideología, raza o religión. Los gobernantes no pueden apoyar ninguna situación de violencia pero tienen que defender los derechos inalienables de todos los ciudadanos.

Hay que volver a situar en el primer plano de la sociedad esta idea del bien común, más aún en tiempos de crisis y de problemas. La sociedad entera debe tomar parte más decidida en la consecución del bien común y usar el derecho a votar para expulsar de la vida pública a los partidos y a los políticos que no lo busquen.

El orden social y el verdadero progreso deben subordinarse al bien de las personas, a su desarrollo, bienestar y cumplimiento de sus fines. Hay que basar este orden en la verdad, edificarlo en la justicia y vivificarlo por la amistad y el amor entre todos los hombres, por encima de sus diferencias de opinión.

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