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Etiquetas:   Perspectiva de Levante   -   Sección:   Opinión

La desestabilización de la sociedad del bienestar

Domingo Delgado
Domingo Delgado
lunes, 27 de abril de 2009, 05:27 h (CET)
Resulta frecuente encontrarnos con quejas personales y sociales sobre la injusticia en el mundo, y cada día más sobre la reivindicación de pretendidos derechos, muchos de ellos ni siquiera consolidados. Pero pocos son los que valoran la generosidad que nos brinda la vida a muchos, por el mero hecho de haber nacido en unas determinadas latitudes geográficas, especialmente en el hemisferio norte, más rico, desarrollado y estable que la mayoría de los Estados del hemisferio sur, mucho más pobres, inestables y subdesarrollados.

Hasta tal punto es así, que el norte rico –especialmente el norte occidental- se ha ensimismado en sus propias circunstancias de vida, holgada, estable, protegida, dando lugar incluso al invento del Estado Social –gran logro de modelo organizativo, que debería ser exportable-, pero lejos de hacerlo extensivo a otras latitudes, nos lo recreamos como si sólo existiéramos nosotros sobre la faz de la tierra, y nos dedicamos incluso a dar prédicas a los que andan soportando injusticias, atraso social, analfabetismo y pobreza. Lugares que no tienen ninguno de los servicios públicos que tenemos en el “mundo rico” para prevenir situaciones de menoscabo económico y social, más allá de la mera caridad de la red que precaria, pero beneméritamente establecen religiosos y laicos en acciones de cooperación.

Pero resulta que la crisis económica, generada en el mundo de las finanzas ávidas de ganancia rápida, fácil, a veces despiadada, ha mostrado una vez más la versión hobbesiana de que el hombre es un depredador para el propio hombre. Y esa codicia ha llevado a una desestabilización de la sociedad del bienestar, que para que permanezca requiere estabilidad económica, social y política, habiéndose alterado ya las dos primeras, especialmente en nuestro país, donde el paro supera ya los 4 millones de personas, y donde se registró el cierre de 88.472 empresas entre enero y marzo. Y por si fuera poco, aparece una epidemia, con visos de pandemia, de gripe porcina, de la que parecen haberse detectado los primeros casos en España.

Esto tiene las dimensiones de plaga bíblica, que algunos interpretarán en clave escatológica. Pero lo que está claro es que nos hace presente la contingencia de lo humano, su caducidad, ante las falsas seguridades que aparentan las grandes Instituciones, el pertenecer al llamado primer mundo, incluso el ser miembro de la UE, en la que se nos aseguraba una estabilidad y un nivel de vida inimaginable hace cuatro décadas.

Por consiguiente, ese sentimiento de inseguridad, de inestabilidad, sólo equiparable a los de los grandes conflictos bélicos, es el que se empieza a palpar en nuestra sociedad, donde nada es fijo y estable si es producto humano, y mucho menos seguro. Esta civilización ha llegado a idolatrar el progreso, tanto en su vertiente científica –de la que estamos padeciendo sus excesos-, médica –si bien al final la persona acaba falleciendo-, político –si bien, democracia no es votar cada cuatro años, pues se reiteran los ejemplos de privilegios desde el poder y para el poder-, y económico –cuando se desestabiliza el bienestar en menos de un año, y peligran hasta las pensiones-.

Claro que esto, a lo mejor, nos hace ser más pragmáticos, menos confiados, y nos lleva a reelaborar las reglas de juego de la convivencia democrática, al tiempo que nos saca del hastío vital en que nos han ubicado desde culturas consumistas y hedonistas, y empezamos a ser más solidarios con nuestros congéneres, que de forma crónica carecen de ese progreso –aunque sea coyuntural-, ya que no pueden combatir epidemias por falta de dinero, y no salen de la pobreza porque en definitiva ese es el rol que parece se les ha asignado.

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