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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group   -   Sección:   Opinión

Tortura con otro nombre

Kathleen Parker
Kathleen Parker
sábado, 25 de abril de 2009, 03:57 h (CET)
Hace bastantes años, pedí consejo a un veterano periodista.

“Estoy intentando aclarar si tengo un conflicto ético," empecé la conversación.

“Si tienes que preguntar, es que tienes un conflicto," dijo.

Tan simple como eso. Al formular la pregunta, con frecuencia estamos revelando la respuesta.

Aplique el mismo mecanismo a la tortura. Si tenemos que preguntar, es que probablemente sea tortura.

Aún así, como hemos descubierto a través de la reciente desclasificación de los memorandos del Departamento de Justicia relativos a las técnicas de interrogatorio, los asesores legales de la administración Bush torturaron la lengua inglesa para intentar justificar lo injustificable.

El "interrogatorio ampliado" en realidad no es tortura, decidieron, mientras el dolor provocado no acabara en "la muerte, el fallo orgánico o la destrucción grave de las funciones corporales.”

Según esa definición, la asfixia mediante ahogamiento -- la técnica de ahogamiento simulado predilecta de los Inquisidores españoles que se dedicaban a buscar herejes debajo de las piedras -- no es tortura. Las víctimas pueden sentir que van a morir, pero en realidad no iban a morir, y por tanto…

En otras mutaciones ya familiares, los detenidos bajo custodia en realidad no eran prisioneros, sino "detenidos" o "combatientes extranjeros," y por tanto no tenían derecho al trato humano dispensado bajo la Convención de Ginebra.

Claro, ahora es fácil distanciarse y juzgar moralmente repugnantes estas definiciones y memorandos. No es tan fácil situarnos en la mentalidad que dominó a la nación inmediatamente después del 11 de Septiembre y que guió a la administración Bush a la hora de intentar evitar futuros ataques.

Pero también se nos recuerda que aquellos que se opusieron vigorosamente a las definiciones descafeinadas de tortura y el descarte del respeto a la justicia incluso en el caso de los "combatientes extranjeros" eran aquellos más familiarizados con la guerra y los interrogatorios, incluyendo al Senador John McCain y el entonces Secretario de Estado Colin Powell. Mientras los abogados buscaban vacíos legales, nuestros guerreros más admirados defendieron el respeto a las leyes de la guerra.

Pocos lo han expresado con mayor claridad que el Senador de Carolina del Sur Lindsey Graham, que también es coronel de las Fuerzas Aéreas e instructor veterano de la Escuela JAG de las Fuerzas Aéreas, y ha formado parte de relevos en Irak y Afganistán. En una entrevista en 2006 para Newsweek, Graham decía: "O vamos a utilizar la tortura, o no. Y en el momento que usted dice que no utilizaremos la tortura a menos que pensemos que es verdaderamente necesaria, [en ese momento] dejamos de ser una nación en Estado de Derecho.”

Se reduce a eso. O somos una nación en Estado de Derecho -- o no lo somos. No podemos inventar definiciones de tortura para un tipo de personas que no serían aceptables en el caso de otra, sin importar lo mucho que digamos despreciarla o desconfiar de ella. En palabras de Graham: "Los terroristas no me entusiasman, simplemente amo lo que defienden los estadounidenses.”

Mientras tanto, ¿hasta qué punto son de fiar las confesiones de los torturados? No mucho, según los familiarizados con el tema.

Más importante aún, a duras penas nos podemos presentar como jueces y protectores de los derechos humanos cuando violamos selectivamente los derechos de aquellos bajo nuestra custodia, sin importar lo atractiva que sea nuestra causa. Cuando analizamos las definiciones de "dolor mental" o "sufrimiento," empezamos a recorrer una espiral descendente de ambigüedades morales en la que el engaño encuentra compañía entre los muertos.

Los juristas que redactaron estas resoluciones ya desclasificados claramente buscaban formas de huir de dilemas morales -- cómo cuadrar medios y fines. Y muchos estadounidenses sin duda convendrán en que proteger a Estados Unidos de ataques terroristas justificaba casi cualquier método.

Casi a diario recibo una cita reciclada del profesor de Derecho de Harvard Alan Dershowitz en 2002, que en una entrevista en "60 Minutos" defendió que la mayoría justifica la tortura bajo determinadas circunstancias:

"¿Alguien no utilizaría la tortura para salvar la vida de su hijo? Y si usted lo haría, ¿no sería egoísta por su parte decir, 'vale, es por la vida de mi hijo, pero no es igual de correcto empleada para salvar las vidas de 1.000 desconocidos?' Esa es la forma en que la gente pensará en ello.“

En su libro "Dar la alarma: las libertades civiles en una era turbulenta," Dershowitz propone que teniendo en cuenta que la tortura es tolerable bajo esas circunstancias concretas, entonces debería haber "órdenes de tortura" autorizadas por un juez.

Lleva razón al decir que la mayoría de nosotros haríamos cualquier cosa por salvar a nuestro hijo, probablemente hasta torturar a un secuestrador. De igual forma, si tropezáramos con alguien que intenta hacer daño a un ser querido, mataríamos al atacante si fuera necesario para impedirlo.

Pero ambos son entornos profundamente emotivos. Es con la cabeza fría que ideamos nuestras leyes. Y es con esa misma cabeza fría que juzgamos nuestras acciones.

Cuando preguntamos si algo es tortura, la respuesta es otra pregunta: ¿qué tipo de gente somos?

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Diario SIGLO XXI dispone de los derechos de publicación en exclusiva para medios digitales españoles de este y muchos otros columnistas del Washington Post Writers Group.

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