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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

¡Subida de impuestos a la vista!

Miguel Massanet
Miguel Massanet
sábado, 25 de abril de 2009, 02:32 h (CET)
La verdad es que estaba cantado. Ningún gobierno que base su política en el gasto público y que utilice, como remedio para paliar una crisis económica, una política de subvenciones a las empresas que tengan dificultades económicas, en lugar de facilitarles el camino para que, por ellas mismas, superen sus problemas de índole productiva, rentable, organizativa y competitiva; no hace más que trasladar a la ciudadanía el peso de una gestión inadecuada, de una política equivocada de ventas o de una falta de anticipación de los directivos privados que no han querido o no han sabido prever, con tiempo y eficacia, la posible llegada de una contracción de la economía; intentando sacar el máximo provecho de una situación peligrosa en aras de intentar buscar la mayor ganancia especulativa. Lo deleznable de un gobierno, que no duda en gastarse el dinero de los impuestos de los ciudadanos en favorecer a entidades mal gestionadas o a especuladores de las finanzas, es que en lugar de exigirles cuentas a aquellos que se salieron de la recta ortodoxia económica, que buscaron el lucro sin tener en cuenta a quien podrían perjudicar con sus ingenierías financieras; cuando ha llegado el momento de favorecer a los más perjudicados; de premiar a aquellos que mostraron una mejor gestión de sus patrimonios; de ayudar a los que fueron dañados por la insolvencia de aquellos a los que ofrecieron sus productos o sus servicios; de acudir en apoyo de las pequeñas empresas familiares o de buscar empleos sustitutivos a los que se perdieron en empresas desaparecidas, impulsando la creación de nuevas empresas innovadoras con perspectivas de futuro y bien gestionadas; han optado por entregarles el dinero a aquellos que más directamente han contribuido al desastre financiero que padecemos: las entidades financieras, bancos y cajas.

Por desgracia, en Europa y, recientemente, en los propios EE.UU, se han impuesto las doctrinas keynesianas que intentan relanzar la economía de los países afectados por la crisis mediante un endeudamiento del Estado, basado en ir repartiendo, a mansalva y sin una política bien definida, los millones de las arcas públicas para ir solucionando los problemas de los diversos sectores que, en cadena y de forma previsible, han ido cayendo a medida que la recesión se ha ido mostrando más profunda. Las consecuencias de este tipo de políticas son predecibles y, si bien a corto plazo pueden producir un efecto placebo que induzca a algunos a pensar que han sido efectivas, no tardarán en percatarse de que, sin resolver los problemas de fondo, sin aplicar una cirugía que acabe de raíz con las carencias y los tumores de incompetencia que padecen muchas de nuestras empresas financieras e industriales; todo el dinero que se utilice en intentar salvarlas sólo servirá para acabar de hundir nuestra economía, empobrecer a los ciudadanos y “premiar” a aquellos que han sido los directamente responsables de que España sea una de las naciones más perjudicada por la gran hecatombe que se nos ha venido encima.

Las inmediatas consecuencias de las fórmulas de la izquierda no tardarán en hacerse patentes. En realidad, lo que está ocurriendo tanto en España como en los propios EE.UU del señor Obama, es que se ha llegado a un endeudamiento del Estado tal que ya comienza a ser una utopía pensar que vamos a conseguir emitir deuda pública que sea admitida en el extranjero y, más todavía, si nos fijamos en como las entidades de calificación de riesgos cada día que pasa van rebajando los ratings confianza de países que, como Irlanda y España, van entrando en una espiral de incontenible gasto y su consecuente efecto de endeudamiento que nos acerca, cada vez más, a una situación de insolvencia respecto a nuestros compromisos contraídos respecto a nuestra deuda pública. Así las cosas, y fruto de una política basada en mantener lo que, algunos, denominan los “beneficios sociales de los trabajadores”, se ha optado por ponernos la venda delante de los ojos fiando en que la crisis será corta y pensando que, tapando agujeros, conseguiremos alcanzar la recuperación sin que nadie salga mal herido del trance. Lo que ocurre es que, el mayor beneficio que se le puede garantizar a un ciudadano es poder trabajar y, para ello, es preciso que haya puestos de trabajo, y empresas con gente capaz que las dirija y mercados que consuman los productos que fabrican y… otros ciudadanos que tengan dinero para gastar ¡la pescadilla que se muerde la cola!

Pero ¡cuidado! que, cuando se agotan las arcas del Estado, los ojos codiciosos de los gobernantes se vuelven hacia la ciudadanía, esta fuente inagotable de recursos a la que tan sabiamente han sabido esquilmar siempre que ha hecho falta, con el método infalible de ¡subir más los impuestos! Señores, el señor Brown en Inglaterra, el señor Obama en EE.UU y el ministro de economía irlandés (otra nación que está en una situación parecida a la de España), señor Brian Lenizan, ya están afilando la cuchilla del fisco para entrar a saco en los bolillos de los ciudadanos. Vean la sinrazón del sistema: se tienen que apretar las clavijas a los que más tienen para ayudar a los que peor han empleado sus recursos que son, a la vez, los que emplean a los trabajadores que, (por culpa de la mala gestión de aquellos) se encuentran en desempleo y que, como no podía ser de otra manera, cobran una subvención que, previamente, se les ha descontado de los salarios de los trabajadores que trabajan y de las empresas que todavía sobreviven a la crisis. ¿Ustedes se aclaran?, ¿no?, pues yo tampoco. Sólo sé que, como siempre, acabamos siendo los mismos los que terminamos siendo objeto de la voracidad del fisco, sin que, por justo y racional que pudiera padecer, tengamos el más mínimo derecho a cuestionar la forma con la el Ejecutivo decide gastarse el dinero que le hemos confiado con el pago de nuestros impuestos.

Preparémonos pues, por aquello del dicho, a: “Cuando veas las barbas de tu vecino rapar, por las tuyas a remojar”. No quiero ser agorero, pero la situación ha llegado a tal extremo de deterioro que, cuando el señor Zapatero pretende dar una bocanada de optimismo lo único que logra es que, a todos, nos coja la llorera. El señor Zapatero se ha convertido de hecho en un super ministro de Economía y no tardaremos en ver que los dispendios que cada día nos anuncia, como si los fondos del Estado fueran inagotables, van a pasarnos factura a los españoles ( incluso a los catalanaes) y, miren el día en que se lo digo, no vamos a pasar mucho tiempo sin que tengamos que pasar por las horcas caudinas de ser objeto de nuevos ataques a nuestros bolsillos que, ¡cómo no! se justificarán como lo hacían los bandoleros de la Edad Media, con el demagógico argumento de robar a los ricos para ayudar a los pobres pero que, en realidad, no es más que intentar perpetuarse en el poder a costa del pueblo, este que siempre recibe las bofetadas, vengan de la derecha o de la izquierda.

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