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Etiquetas:   Carta al director  

¿Y a quién le importa?

Marino Iglesias Pidal
Redacción
jueves, 23 de abril de 2009, 06:55 h (CET)
No sé ni por dónde empezar. Mientras el inconsciente hace el trasvase, puedo decir que no creo que estas líneas lleguen a más de, como mucho, media docena, de ojos, y que, desde luego, ni un sólo par de ellos sentirá el mínimo interés por lo que diga.

¿Por qué escribo entonces? Simple desahogo, ni más ni menos. Quién sabe si esta espita me libre de algún padecimiento.

A mi modo de ver, tengo una sensibilidad ¡tan exquisita! para la injusticia – para el maltrato a los animales también -, que la considero patológica. Recuerdo que, desde muy joven, en función de las tantas veces oída negativa influencia de la rabia, la indignación, en el estómago, intestino…, con frecuencia me repetía que era imposible que yo me librara de algún padecimiento en alguno de estos órganos. El presagio acabó por hacerse realidad. Sería casualidad.

Paralela a esa contrariedad, entre otras, surgió una que tomó protagonismo en la producción de bilis, y que hoy, diez años después, vuelve a cobrarlo para darle nuevos bríos al contumaz pensamiento: Tanta indignación por fuerza ha de causarme un nuevo desaguisado en las tripas.

Recuerdo muy bien las visitas de los políticos de turno en los Centros o Hermandades de españoles, y cómo, en el tono grandilocuente que les es propio, cantaban sus “logros”, entre otros el convenio de los Seguros Sociales entre España y Venezuela.

He trabajado, y cotizado, ¡ininterrumpidamente!, durante 44 años, 22 en España y 22 en Venezuela, hasta que la enfermedad me impidió continuar. Cuando solicité las prestaciones, ¡después de… 3 o 4 años de espera! y de tragarme m3 de bilis ante la ¡pasotería absoluta! de los entes españoles: “Es cosa de Venezuela, si de allá no contestan, nosotros no podemos hacer nada”, gracias a un amigo que se tomó la molestia en Venezuela, ambas “Seguridades Sociales”, decidieron. La de Venezuela, que no tenía derecho a la prestación de invalidez porque había tardado 6 meses en hacer la solicitud – con un trozo menos de tripa y el “cariño” de la quimioterapia, como para acordarme antes estaba yo -, y la de España concederme una pensión, en aquel momento, de trescientos y pico euros.

Hoy, no voy a enrollarme aún más contando lo que a ello me llevó, puesto que sobrepaso el número de cotizaciones y de años que exigen sus leyes, he ido a la correspondiente oficina de la Seguridad Social para ver de hacer la solicitud de la prestación que, ahora mismo, no podría negarme Venezuela. La señora que me “atendió” no me dejó ni explicarme, quería decirle que tenía la documentación en la que los S.S. de Venezuela reconocían mis años de cotización…, pero no hubo manera. Debería hacer, exactamente, los mismos trámites que antaño hice. Opté por una pregunta final: ¿La pensión que me otorgara Venezuela afectaría la cuantía – jajaja, por no llorar – de mi pensión de aquí? Me pide el DNI. y mira en el ordenador. Le pagan a usted 292 euros de… no-sé-qué, más que de jubilación; claro, de ahí le quitarían lo que le pagaran en Venezuela.

Naturalmente, no voy a solicitar nada. Seguiré “disfrutando” de los “magníficos” quinientos y pico euros de mi pensión española. Pero desde que me levanté de la silla que me enfrentaba a la amable funcionaria, me vengo repitiendo: ¡Esa vaina me vuelve! ¡Seguro que me vuelve! ¡Mis tripas no resisten esta…!

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