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Las Baleares bajo el cetro catalán

Miguel Massanet
Miguel Massanet
jueves, 23 de abril de 2009, 05:54 h (CET)
Es muy difícil para un mallorquín que, por cuestiones de trabajo, tuvo que trasladarse hace cincuenta años a vivir a Barcelona, el poder aceptar el cambio que algunos de sus paisanos han querido imprimir a la política balear. Me cuesta reconocer en estos fanáticos del separatismo, impositores de la lengua única y machacadores de las libertades y derechos de los ciudadanos en materia educativa, específicamente reconocidos en la Constitución; a los descendientes de aquellas personas amables, abiertas a todos los idiomas, nada dogmáticas y más bien tranquilas, que practicaban la sabia filosofía, propia de los isleños, de tomarse la vida no demasiado en serio, contemplando sus vicisitudes desde un prisma mitad burlesco y mitad fatalista, como si se aceptara sin demasiado esfuerzo un cierto determinismo que, no obstante, procuraban compensar con una vida apacible, sencilla, calmosa, practicando la sorna cazurra y con una concepción naturista de la existencia, basada en la contemplación seráfica de las incomparables bellezas del entorno paradisíaco de las islas.

Es evidente que los tiempos han venido a demostrar que aquella especie de prevención, de tipo atávico, de los mallorquines hacia los que fueron sus conquistadores, los catalanes, a los que se les achacaba el pasearse por la isla como si fueran sus amos y mirando a los oriundos con una cierta conmiseración, sin comprender que el carácter isleño tiene un componente muy arraigado de comunión con la naturaleza, de tomarse los problemas y las vicisitudes desde la perspectiva de que, las prisas en intentar solucionarlos, son un serio handicap que puede conducir a tomar decisions equivocadas. Fuere lo que fuere y dejándonos de concepciones bucólicas sobre tiempos pasados, lo cierto es que, aunque parezca imposible, las actuales generaciones han claudicado ante la influencia catalana. en aquellos puntos en los que, precisamente, más diferían durante los tiempos de mi juventud. En efecto, han dejado en la cuneta los dialectos de las islas, el mallorquín, menorquín e ibicenco, que durante siglos se usó, incluso durante la guerra Civil y la posguerra, sin problema alguno de censura (me refiero al idioma hablado, no al escrito) para dejarse atrapar por el cepo de los separatistas catalanes, que les han imbuido el virus del separatismo y del catalán de Catalunya, que han preferido adoptar en sustitución de sus variedades locales.

Lo curioso es que, estas nuevas tendencias, en modo alguno son mayoritarias y únicamente se sostienen en pie gracias a una ingeniería política gestada a contranatura por una pequeña minoría, apenas un 10% de los votantes de las islas, que se unieron para conseguir desalojar del poder al partido mayoritario, gracias a los milagros de la Ley D’Hont. Las minorías radicales nacionalistas consiguieron, con su apoyo al PS, desbancar a la amplia mayoría del PP que, tradicionalmente, consigue obtener el apoyo de una gran parte de los votantes. Lo peor de esta situación es que, en este caso, los aprendices están superando a sus propios maestros, los del Tripartit catalán, y están logrando, con sus desaforadas e insensatas cacicadas, que el idioma castellano desaparezca de la enseñanza, sustituido de forma integral por el catalán. Sin embargo, tampoco podemos darles a ellos todas las culpas debido a que, la famosa ley de Normalización Lingüista de 1986, fue aprobada en tiempos en que gobernaba el Gobierno Autonómico el señor Cañellas del PP. Tampoco su sucesor, el señor Matas, supo o quiso impedir que los atentados contra el castellano se fueran incrementando y generalizándose en todas las islas; pese a que, una gran mayoría de los ciudadanos, está en contra de una inmersión en el catalán, cuando, ni tan siquiera, es la lengua vernácula y vehicular de los isleños; que siempre la han compaginado con el español. Así se produce la imposición, de hecho, de la subordinación a la Generalitat catalana que ya nos ha absorbido en lo que ellos denominan como los Paisos Catalans, sin que los detenga ni la Constitución ni las denuncias constantes de aquellos padres que luchan, infructuosamente, para que sus hijos puedan estudiar en castellano.

Por tanto, ya no es solamente en Catalunya donde a los niños se les impone el catalán, incluso en tiempo de recreo ( como en un colegio de Cornellá, el de Betania, donde se les obliga a comunicarse en catalán en el patio, durante el tiempo de ocio), sino que en un colegio de Ibiza, un colegio público que, para más INRI, se llama “Cervantes”, se ha impedido a un alumno de 11 años y, por añadidura, disléxico, que pudiera realizar sus exámenes en castellano. Cuando su padre protestó, recordando que el castellano era el idioma de la nación, se le dijo que su hijo no había sido discriminado; aunque la profesora le había dicho anteriormente al niño que: “era una vergüenza que un ibicenco hable en español a sus hijos” ¡Vivir para ver! Al final la dirección acusó a los padres del niño de querer “levantar polémica”. Y esto, señores, está sucediendo en un país, España, donde se presume de ser un “Estado de Derecho” donde la Justicia hace que se cumplan las leyes, ¿Cuáles, las de la Generalitad, las del Gobierno Autónomo o las del Estado? Se han olvidado de las normas constitucionales que señalan, claramente, que todos los españoles tienen el derecho y el deber de hablar en castellano. Nadie parece recordar que, la citada Constitución, tiene mecanismos legales para que el Gobierno central pueda suspender los derechos autonómicos cuando se infringen principios fundamentales o se contravienen las leyes comunes a todos los españoles.

Sin embargo, el grado de obcecación, intransigencia y exacerbación de quienes se han hecho con el poder en las Baleares ha permitido que, el Gobierno Autonómico del señor Antich, haya llegado a tal punto de degradación que no han dudado de imponer, a todos los médicos, por medio de un Decreto (decretazo para muchos ciudadanos) el deber de sepan el catalán todos los médicos de la Sanidad Pública como un requisito para poder ejercer su profesión en las islas. Los efectos ya se han hecho sentir cuando, un número de médicos, unos 39, ya han dicho que si se implanta tal requisito abandonarán sus puestos para trasladarse a otras comunidades. Murcia ya se ha ofrecido a acogerlos si deciden marcharse de las Baleares. Los argumentos de los facultativos no pueden ser más aplastantes: “queremos que el catalán sea un mérito y no un requisito” o “lo que piden los enfermos es que les diagnostiquemos, que les digamos qué es lo que les pasa y cuanto antes” o “mi bisturí no entiende de lenguas” sentenció un cirujano. Para los autores del desaguisado, como suele ser corriente es aquellos que primero deciden antes de pensar en las consecuencias de su decisión, “no hay problema con la lengua” ¡Muy bien, pues si tan seguros están de ello, que hagan un referéndum respecto a la enseñanza en catalán y veremos los resultados que obtienen! Pero el Rey, en persona, inauguró un centro público, en las islas, en el que está proscrito el idioma de Cervantes. ¡Muy oportuno!,y me permitiría añadir, ¿quién es el que aconseja a SM?, ¿acaso el señor Antich? Pues, le felicito.

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