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Etiquetas:   Ver   juzgar y actuar   -   Sección:   Opinión

Reflexión y fidelidad

Francisco Rodríguez Barragán
Francisco Rodríguez
miércoles, 22 de abril de 2009, 05:31 h (CET)
Fuimos de excursión un grupo de mayores y entramos a visitar un monasterio de monjas de clausura. Salió a recibirnos una religiosa que, además de explicarnos cómo y cuándo se erigió el monasterio, su estilo y sus obras de arte, nos informó de que ellas eran mercedarias de clausura, que la Orden de los Mercedarios fue fundada por San Pedro Nolasco, en Barcelona, a principios del siglo XIII con la misión de rescatar a las personas que eran hechas cautivas en las guerras o en actos de piratería en el Mediterráneo y que eran libertadas a cambio de dinero, encargándose los monjes de negociar su rescate y aunque hoy no hay cautivos de guerras que rescatar, sigue habiendo en nuestro mundo personas cautivas del alcohol, las drogas o el juego y que ellas oraban por la liberación de tales personas.

Uno de los asistentes le preguntó si ella podía salirse del convento cuando quisiera y su respuesta sonriente causó impresión. Dijo que veía en el grupo muchas parejas mayores, lo que indicaba que eran matrimonios fieles a su compromiso conyugal y que ella también quería mantener sus votos, que hizo después de un periodo de reflexión que se llama noviciado. Al final de la visita hubo un fuerte aplauso para la monja.

Cuando volvíamos en el autobús comentaba con mi esposa que la fragilidad de los matrimonios actuales se produce porque ha desaparecido de las parejas la idea de un compromiso permanente, sustituido por otro de provisionalidad: estar juntos mientras les vaya bien o hasta que cualquiera de los dos encuentre otra persona con la que iniciar una nueva relación. Casarse para toda la vida exigía, pasada la fase del enamoramiento, una reflexión seria por parte de ambos, acerca de si el otro sería la persona adecuada para la larga travesía de la vida.

Las actuales uniones en las que se piensa permanecer “mientras dure”, no sé si el amor o el placer, y que pueden romperse en cualquier momento, es normal que no necesiten ningún periodo de reflexión para conocerse. Quizás creen que con acostarse rápidamente y averiguar como funcionan en la cama es suficiente para convivir.

Contraer matrimonio en serio y formar una familia no puede estar sujeto al albur del divorcio exprés y la sustitución casi automática de una persona por otra. La fidelidad exige dominio de sí mismo, algo que se lleva poco, desde el noviazgo, que tampoco se lleva.

Pero muchas veces uno de los dos desea que la unión permanezca, que no se rompa, bien porque siente un amor auténtico hacia el otro, que no es correspondido, o por el bien de los hijos pequeños o porque la ruptura va a destruir su vida sin remedio. Se produce entonces una situación de violencia, de frustración, de odio y el odio aparecerá como fuerza destructiva, larvada o manifiesta.

Pienso que no se resuelven los problemas de rupturas, separaciones, divorcios o violencia doméstica creando más juzgados de familia sino promoviendo activamente que las relaciones entre la gente se basen en el mutuo respeto y el dominio de sí mismos y se erradiquen las incitaciones a una sexualidad irresponsable y una búsqueda insaciable de placeres.

La fidelidad que descubría la monja en las parejas de mayores que la escuchábamos y la que ella estaba dispuesta a mantener como monja de clausura, son valores que nuestra sociedad necesita recuperar cuanto antes.

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