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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

La tolerancia

Alberto López Palanco
Redacción
miércoles, 22 de abril de 2009, 04:56 h (CET)
Cuando yo era joven, allá por los 55/56 que andaba por los veinte y pocos, tuve la oportunidad de conseguir una beca de trabajo en una gran empresa de Israel, Solel Boneh Ltd. en la rama de mi futura profesión, ya que había ingresado en la Escuela Sup. de Arquitectura de Madrid poco antes.

Esta beca me situaba en Haifa, y debería, según mi opinión, proporcionarme conocimientos de técnicas y tecnologías más avanzadas de las que se utilizaban en nuestro país, como así fue.

Pero con lo que no contaba, porque no lo sabía, era con la experiencia humana, que supondría vivir por mi cuenta en un país de hábitos, costumbres y usos tan distintos a los nuestros, y que para mayor agravante estaba en aquellos momentos en plena formación, pues sólo hacía diez años que se había creado.
A través de la “Sociedad Internacional de Intercambio para Estudiantes de Enseñanzas Técnicas” ( IAESTE, según sus siglas en inglés ) nos íbamos a dar cita en ese país estudiantes no sólo de diversas ramas de la técnica, sino de diferentes países, lenguas, razas, credos y nacionalidades, aunque también es verdad que no siempre coincidíamos en las mismas tareas, empresas o zonas de trabajo.

Sin embargo la Delegación de la IAESTE en Israel, preparaba reuniones, excursiones, visitas, en resumen, actividades, no sólo para enseñarnos el país, que supongo que también, sino para hacernos sentir menos extraños en nuestra situación, al poder comparar la nuestra con experiencias ajenas.

Ese fue mi primer descubrimiento. Como personas que veníamos de tan diversos sitios : Suecia, Alemania, Francia, España, Italia, Bélgica, etc. nos entendíamos a la perfección a primeras de cambio, y casi, casi, nos hacíamos inseparables, hasta el punto de ayudarnos en nuestras pequeñas o grandes dificultades de adaptación.

Pero el gran recuerdo que aún conservo, con gran repeluzno cada vez que encarta referirlo, o que salta a mi memoria, sucedió en una de esas excursiones.
Ya digo que yo vivía en Haifa, donde nos recogía el autobús que salía de Tel-Aviv, ya que se trataba de visitar la zona norte del país, es decir, esencialmente Galilea.
Recuerdo perfectamente que no íbamos al completo, pues sólo éramos 35 ó 40, así que disfrutábamos de un confort y comodidad poco usuales.
El Delegado del IAESTE que hacía de guía, nos iba presentando en tres o cuatro idiomas, los diversos lugares por los que íbamos pasando, resaltando su historia, su importancia, hechos más importantes en relación con el mismo, hasta que, de pronto, mandó parar el autobús en un punto determinado.
Era pleno campo, en medio de la carretera, sin casas, y sólo había a la izquierda un montecito redondo, no muy alto, con sus laderas no muy inclinadas. Estaba todo cubierto de hierba verde, a pesar de ser ya muy entrado Agosto.

Se levantó de su sitio al lado del conductor, se colocó en el pasillo, y con voz muy clara que aún resuena en mis oídos, dijo casi literalmente : “Señores, hemos parado aquí, porque éste es el lugar donde se pronunciaron las palabras más hermosas y sugerentes que se han podido decir a lo largo de toda la humanidad. Permítanme que se las lea, para lo cual pido a todos ustedes tengan la bondad de ponerse de pié, y escucharlas y meditarlas en su corazón, independientemente de cual sea su credo, su religión o su posición personal ante el Altísimo.”

Y nos leyó, en inglés, las Bienaventuranzas, en un librito pequeño, que sacó de su enorme cartera de mano.

Cuando terminó se hizo un significativo silencio. Nos dio las gracias sencillamente. Y seguimos el viaje.

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