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Etiquetas:   Cristianismo originario   -   Sección:   Opinión

En un trasplante al receptor llega algo más que un órgano

Teresa Antequera
Vida Universal
martes, 21 de abril de 2009, 04:56 h (CET)
La escritora Renate Greinert en su libro “Donación de órganos: ¡Nunca más!, detalla exhaustivamente algunas experiencias vividas por personas que ante la dolorosa situación de tener un familiar moribundo, consintieron que sus órganos les fueran extraídos con el fin de ser posteriormente trasplantados. Las iglesias, también algunos políticos declaran que la donación de órganos es un acto de amor al prójimo, a pesar de que posiblemente nunca se hayan visto confrontados con una situación así.

Las personas implicadas deben estar informadas con acierto antes de tomar una decisión de esta magnitud, por lo que los consejos dados por otros, no importa si los da la iglesia, son al fin y al cabo una influencia ajena, que en ocasiones producen un arrepentimiento posterior en los familiares que han dado su consentimiento sin ser plenamente informados. Al paciente, al que se diagnostica muerte cerebral, le serán extraídos todos sus órganos útiles, sin embargo reputados médicos en EE.UU. cuestionan que se deba considerar a alguien en este estado como muerto. Sin ir más lejos el premio Nóbel sir John Eckels se ha declarado abiertamente como detractor.

¿Pero que sucede con el receptor? De esto se habla poco, aunque se sabe que el sistema inmunológico de un trasplantado rechazará el órgano implantado de por vida, lo que debería ser un indicio sólido de que la naturaleza no había previsto esto que la medicina moderna fomenta. Además las personas trasplantadas son más propensas a infecciones como el Sida o herpes, generando con mayor rapidez enfermedades tumorales. Por lo que la calidad de vida con que estas personas soñaron puede quedar en entredicho. Si el cuerpo no puede “expulsar” el órgano extraño debido al tratamiento, este se queda forzadamente dentro y ha de ser asimilado de alguna forma. Los doctores Paul Pursal (Universidad de Hawai) y Linda Russek (Universidad de Arizona) han recopilado numerosos y sorprendentes informes de personas trasplantadas, demostrando que no sólo se quita un pedazo de carne a alguien y se pone en otro lugar, al parecer algo personal del donante va acompañando al órgano, lo que se manifiesta a lo largo de la vida del receptor.

Las iglesias institucionales quienes valoran sobre todo la vida terrenal, animan a la donación, incluso al trasplante de órganos de animales en personas, ¿pero saben realmente lo que dicen?, ¿No debería ser para ellos más importante la vida en el más allá que la vida aquí, la que es sólo pasajera?, ¿No han dejado acaso la consideración del alma totalmente a un lado? Se debería ser muy consecuente con lo que se aconseja, entendiendo que por ejemplo un joven de 20 años que cuelga de un aparato de diálisis y necesita un riñón nuevo, desde un punto de vista humano produce una gran tristeza, sin embargo la solución que se busca con el trasplante puede tener dimensiones inimaginables para su alma, aspectos que los que dicen representar a Dios desconocen, pero que el receptor debe saber.

Siempre la decisión la tiene que tomar cada uno, para ello se debe estar completamente informado y actualmente se elude informar a los familiares del donante todo lo que hay que saber sobre la muerte cerebral, porque ¿qué médico puede asegurar que no se puede producir un regreso a la vida en ese estado? También el receptor debería ser informado de la realidad completa de esta práctica médica, la cual cambiará en gran medida la biografía del resto de su vida.

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