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Pablo Hernández: a veces, el fútbol hace justicia, aunque sea en el tiempo de descuento

Herme Cerezo
Herme Cerezo
lunes, 20 de abril de 2009, 09:42 h (CET)
Pablo Hernández Domínguez nació en Onda (Castellón), allá por el año 1985. Tras pasar por el Castellón jugó en el juvenil del Valencia, anduvo luego por el Onda, Mestalla, Cádiz y Getafe, con cuyo equipo marcó un golazo de falta directa al Sevilla el día en que el malogrado Antonio Puerta se retiró del terreno de juego con la consciencia perdida, una circunstancia de la que, por desgracia, ya nunca se recuperaría. El verano de 2008, Pablo volvió al club del que nunca debió salir. Recuperar sus servicios le supuso al equipo "xe" aflojar un millón de euros, una bromita para como andan las arcas de los de Mestalla. Pero como en el Valencia reconocer los errores propios cuesta bastante, Pablo regresó a casa poco menos que de incógnito, casi por la puerta de atrás, eclipsado por el fichaje de Renan, auténtico culebrón del pasado estío merengue, la recuperación de Manuel Fernandes y los malos rollos con el teutón Hildebrand.

Pablo Hernández es un jugador de aspecto ensimismado, ojeras pronunciadas y no muy alto. Malas lenguas dicen que no ha tenido más bola en el Valencia por su carácter reservado e introvertido. Como si todo el mundo tuviera que ir de feliz y extrovertido por la vida. Sin embargo, lo innegable, es que el castellonense cada vez que sale al campo se vacía y vuelca esa supuesta introversión en su trabajo: crear peligro por la banda derecha, desbordar, centrar, pases de la muerte incluidos, y de vez en cuando meter golazos. Porque los goles de Hernández, don Pablo, no son churros, son goles con todas las de la ley. A pesar de que ha cuajado buenas actuaciones, especialmente ante el Rosenborg en la copa de la UEFA, siempre ha tenido por delante a Joaquín, jugador con prestigio, eterno candidato a internacional que, sin embargo, en el Valencia no está dando la medida de rendimiento que de él se esperaba.

A causa de las ausencias del andaluz, el ex del Getafe entró en el equipo ante el Recreativo de Huelva, donde volvió a marcar y a demostrar que sabe jugar al fútbol y también actuó de inicio ante el Santander, el Getafe y el Gijón. Pero esa titularidad apenas le ha durado dos misas y un réquiem, porque, Emery con su, al menos, singular política de alineaciones, le volvió a relegar el domingo al banquillo del desquicie ante el Sevilla, desperdiciando así una gran oportunidad de demostrar que confía en Pablo ante un equipo grande, como es el propietario del antiguo Nervión. Sin embargo, la desdibujada actuación de Joaquín, que no dio ni una a derechas, ni a izquierdas, durante todo el partido, hizo que Pablo ingresase en el campo antes del primer cuarto de hora del segundo periodo. Desde ese momento la banda derecha fue banda derecha y al Sevilla le vinieron los dolores de cabeza, las dudas y los agujeros negros. El castellonense culminó su brillante actuación (centros, pases, regates, progresiones por banda) en el tiempo de descuento, cerrando un contraataque valencianista con el tercer tanto, un gol que llevaba todo su sello y carácter... y su rabia. De ahí su camiseta enarbolada a la grada y la tarjeta amarilla del árbitro (un rincón oscuro y absurdo del Reglamento de Partidos y Competiciones que jamás llegaré a entender). El fútbol, a veces, hace justicia, aunque sea en el tiempo de descuento.

Hace mal Unai Emery en olvidarse tanto de Pablo. Muchas de las grandes alineaciones del Valencia de todos los tiempos han contado con un jugador castellonense en sus filas. En la década de los ochenta, con otro ondense, Saura, don Enrique, el club de Mestalla se alzó con una Copa del Rey, una Recopa de Europa y una Supercopa. Con Mendieta, en los noventa, los de Mestalla sumaron otra Copa del Rey, una Supercopa de España y dos finales de Champions. La historia de los clubs se escribe no sólo para vender bonitos libros, que está muy bien, sino sobre todo para tenerla en cuenta. Y si no, que se lo pregunten a los equipos ingleses que incluso preparan finales de la Champions del mismo modo que lo hicieron sus antecesores muchos años antes. La experiencia no se olvida, se acumula y se hace servir cuando es menester.

Hacía mucho tiempo que no escribía de fútbol, en especial del equipo de mi tierra. Pero ya no podía aguantar más tiempo mordiéndome la lengua. Las situaciones injustas hay que denunciarlas. Y corregirlas que es lo importante.

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