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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

¿Enterraremos las leyes de la naturaleza junto a Montesquieu?

Miguel Massanet
Miguel Massanet
viernes, 17 de abril de 2009, 08:33 h (CET)
Es algo incontestable. Para algunos podrá haber sido fruto de la casualidad, de la coincidencia aleatoria o de las mutaciones del caos –que, dicho sea de paso, me gustaría que alguien me pudiera explicar qué fue lo que existió antes de este vago, inconcreto y descorazonador concepto, para que llegara a tener la categoría de algo existente –, para otros, los creyentes, tuvo un origen metafísico, algo procedente de un ser sobrenatural con poderes omnímodos de cuya obra surgió; pero, en todo caso, el hecho incontrovertible es que la naturaleza existe, formamos parte de ella y se rige por sus propias reglas a las que, queramos o no, todos los seres racionales o no, estamos supeditados. Sea por el inconformismo de Eva, su deseo de curiosear donde no debía o por el innato instinto humano de bucear en lo desconocido o fuere porque el primer homínido surgido de la evolución predicada por el darwinismo, se comenzó a sentir superior a los otros por haber descubierto que, con una tranca potente, podía destrozar todo lo que se pusiera por delante, fueran animales o seres de su misma familia. El caso es que, en la especie humana, las facultades cognitivas y la conciencia de cada individuo que la integra, al estar dotado de facultades para intentar cambiar o modificar las reglas de la naturaleza, sin preocuparle poco ni mucho las consecuencias que ello pudieran tener en su futuro y el del resto de criaturas vivientes, que nos acompañan en este planeta; lo convierten en el máximo depredador conocido desde que existen documentos o tradición oral, sobre lo que ha sido la historia de los hombres. Lo único de lo que nos podemos vanagloriar, lo que parece que ha servido para que nos ganemos el apelativo de “reyes de la naturaleza” ha sido, lamentablemente, la cantidad de guerras, matanzas indiscriminadas, crímenes abyectos, torturas, injusticias, genocidios, robos, violaciones, vicios, esclavitudes, tiranías y toda una interminable retahíla de maldades que nos han llegado a poner en la cima de la pirámide en cuanto a despropósitos y autodestrucción.

Resulta ser obvio que la busca de la autosatisfacción, física e intelectual, ha llevado a los hombres a intentar justificarse ante cada nueva infracción perpetrada contra las normas naturales –lo que constituía para los romanos la esencia del ius gentium, que se definía como “lo que la razón natural establece para todos los hombres” a lo que no se le podía oponer la “razón civil –. De este modo, no debemos de extrañarnos de que, en esta deriva de la humanidad hacia su propia degeneración, hayamos alcanzado cotas que sólo hace unos años nos hubieran parecido una aberración suprema pero que, gracias a estos nuevos modelos de sociedad que se han puesto de moda, a este culto a la libertad que se identifica, a su vez, con el olvido interesado de cualquier cortapisa natural o moral; surgen con una fuerza inusitada, como rebeldía y revancha contra el sentido común y el razonamiento lógico; dos fuertes corrientes de lo que pudiéramos llamar “progresismo de izquierdas” que se propagan, en una metástasis maligna, a través de todos los estamentos civiles y públicos de la sociedad, con el único objeto de reivindicar, la una, la equiparación de la homosexualidad con la heterosexualidad y, la otra, el “descubierto” derecho de la mujer a disponer de su cuerpo aunque, para ello, deba sacrificar el fruto concebido como consecuencia de la práctica sexual voluntariamente realizada.

En efecto, tanto gays como lesbianas, han logrado que, en amplios sectores de la ciudadanía, se los considere como una forma más de la expresión del “amor”, de parejas normales con derecho a contraer matrimonio y, para más escarnio, a adoptar hijos o a engendrarlos, en el caso de las lesbianas o de aquellas que han cambiado de sexo, por medio de técnicas de inseminación. Los efectos que las intensas campañas llevadas a cabo por estos colectivos, el apoyo de determinados partidos políticos y la creciente permisividad que la sociedad muestra ante prácticas sexuales contra natura y donde ya se empieza a admitir el incesto y la zoofilia como medios legítimos de practicar esta mal llamada libertad sexual. Lo peor de todo ello es que, los políticos, siempre a la caza de votos, han empezado a descubrir lo rentable que les resulta apoyar a estos colectivos y no tiene embarazo alguno en darles alas y promocionarlos para que los voten.

Pero no nos olvidemos de la otra corriente, la de las defensoras/es del aborto que pretenden legitimar un acto criminal, un vil asesinato de un ser con derecho a nacer, en base a términos tan alambicados como “derechos reproductivos” (como si el practicar un aborto se pudiera considerar como tal) o “servicios de salud reproductiva y salud sexual y reproductiva”. Lo curioso es que, en la propia ONU, se acogen a grupos de presión, empeñados en que de dicho organismo salgan recomendaciones en el sentido de invitar a abortar, como uno de los medios del control de la natalidad y, en este misma tendencia , la Comisión de Población y Desarrollo tuvo que superar ( gracias a Irán, todo hay que decirlo) un intento de colar expresiones ambiguas ( tales como: aborto seguro, como si el aborto fuera un procedimiento totalmente libre de riesgos médicos y psicológicos), que permitieran involucrar a aquel organismo, aunque fuera indirectamente, en la cuestión del aborto y en la limitación del derecho de conciencia de los facultativos que se niegan a colaborar en tales actos. Afortunadamente, por esta vez, fueron rechazados dichos intentos.

Son métodos, todos ellos, encaminados a intentar justificar las máximas aberraciones, los actos contrarios a las leyes naturales y las prácticas hedonistas, como si fueran derechos inherentes a la propia naturaleza humana, cuando es evidente que, todos ellos, tienden a subvertir los principios de la naturaleza; forzar, en una interpretación retorcida, la práctica de la sexualidad (en muchos casos con evidentes peligros para la salud como ha ocurrido con el Sida), de forma opuesta a los principios y reglas de la naturaleza, por los que se rigen la complementariedad de los sexos y la reproducción de las especies. Buscar el reconocimiento social a tales formas de entender la sexualidad, puede llevarnos a tener que admitir, como actividades normales, el realizar sexo con animales, el incesto, la pedofilia o cualquier otra modalidad monstruosa, cuyas consecuencias genéticas y morales se presentan como absurdos, difícilmente ininteligibles para cualquier persona de mente equilibrada y con un mínimo de sentido común.

Pero, no olvidemos que España se está convirtiendo en uno de los países donde más se ha fomentado la homosexualidad y en la que más facilidades se pretende darles a las que quieran abortar; por lo que nos hemos convertido en una de las naciones del mundo donde más facilidades se les dan a estos grupos de la sociedad, que no se conforman con el libertinaje que ya tenemos en nuestra sociedad, sino que, además, quieren conseguir nuevas metas, como la de un aborto libre sin tener que dar explicaciones a nadie ni pagar ningún peaje penal por haber sido los responsables del asesinato de una criatura inocente. La degradación del pueblo romano fue consecuencia del debilitamiento de sus ejércitos, entregados al vicio y la lujuria; el ocaso de la humanidad actual se deberá a la temeridad de quienes han querido prescindir de la ética y moral que recibimos de nuestros antecesores, para implantar un nuevo orden basado en el relativismo y en el egoísmo de quienes han preferido prescindir de cualquier freno moral para entregarse a sus propios instintos.

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