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Tags: Opinión · Con el telar a cuestas · Ángel Sáez
La verdadera senda del saber


Ángel Sáez


Ángel Sáez Ángel Sáez
viernes, 17 de abril de 2009, 10:33
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(¿PARA ENMARCAR Y RELEER?)

“La virtud no habita en la soledad: debe tener vecinos”. Confucio


Un pipiolo, deseoso de aprender, liberal en el esfuerzo, se acercó donde se hallaba su maestro y consejero, que, a la sazón, andaba ocupado en su tarea habitual (formar cestos con tiras de caña, que vendía por lo que los compradores de los mismos juzgaban justo pagar), y le solicitó con especial encarecimiento (que no miento) que le enseñara la lección que más acelerara su aprendizaje en el estudio de la filosofía y supusiera, mientras durara su peregrinaje por este valle de lágrimas, un gran salto en su currículum vitae; a ser posible, el mayor de sus avances en el arduo camino del saber.

—Vete a la ciudad (más cercana) y pide allí el puesto de trabajo que sea, vox pópuli, el más oneroso y peor remunerado de todos. Reparte el capital que vayas ahorrando entre quienes te hayan menospreciado, poco o mucho. Da la mayor cantidad o parte a quien fue más injusto contigo —le recomendó.

Transcurridos dos lustros del consejo, el maestro marchó a la urbe y preguntó por su antiguo alumno. Éste se había convertido en la persona más sabia o más tonta (la gente discrepaba en relación con el caso) de la ciudad, amén de en un perito cebador de cerdos. El novato de entonces, que ahora andaba enseñando filosofía de balde, por amor al arte, a un grupo de imberbes, al vislumbrar en lontananza el hábito raído y marrón que solía vestir su guía y mentor, le propuso a su alumno más aventajado que insultara gravemente a aquel forastero, que encaminaba sus pasos y sandalias hacia donde ellos se encontraban. Salieron de la mui del aprendiz bienmandado, predilecto, sapos y ofidios de diversa especie. Al comprobar que quien cubría su cocorota con largas greñas de pelo cano ya había llegado a la altura de los concurrentes, y ni se inmutaba, al ser preguntado al respecto, sentenció, como el rayo, sin ambages, lo que dedujo, que el anciano estaba sordo como una tapia. Fue entonces cuando despegó sus labios el vetusto viajero y dijo:

—Sólo el hombre al que no le incomode lo más mínimo lo bueno o malo que puedan decir de él los demás, o sea, le importe un bledo o comino escuchar o leer encomios o denuestos dirigidos a su persona o a su trabajo conseguirá ingresar o poner un pie, por mérito propio, en la verdadera senda del saber.

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